Yo, yo, yo, yo, yo. Sí, ¿y qué? Me da igual lo que digan. Al cabo, yo soy más popular, tengo más amigos/-as. Nadie va a creer a esos perdedores. Ya me encargaré de ello. ¿Es un defecto cuidar de uno mismo/-a? Vete a saber dónde está la frontera entre ser bueno/-a y dejar que te tomen por gilipollas, y que te quiten el queso, y las fresas, y hasta el plato y el cubierto. Esto me lo he ganado yo. Por mis meritos. Porque lo valgo. Y punto. Y estas mierdecillas humanas se creen que van a llegar de primeras y pueden decidir en lo que a mí me compete. Seguro. Mucha titulación, mucho mérito, mucha roña, eso es lo que tienen. Seguro que se duchan en cubículos donde la pera está encima del retrete. Por Dios, qué asco de gente y de maneras. Cuando lleven años sumergiéndose en una bañera con sales perfumadas como yo, así porque me apetece y nada más, que se atrevan a acercárseme y a abrir sus bocas apestosas y purulentas. Joder, creo que tengo algo en los dientes. Contrólate. No es nada. Le daría una hostia de buen grado a ese personaje impertinente, pero para qué voy a mancharme... ya se la darán por mí. Yo no sé dónde vamos a llegar, a lo que se atreven últimamente. Tengo que buscar a alguien con quien descargarme. A ver, quién está por aquí... bah, qué aburrido es todo esto; si no fuera por mí. Poco me agradecen todo lo que he hecho por este lugar. Tantos años trabajando aquí, tantas caras que han pasado sin dejar huella, y encima con malos gestos y reproches, que si yo tengo la culpa, que si yo hice, que si dije...yo qué sé. Me cago en todo lo que dije e hice, peor para ellos si me hicieron caso. Qué bueno. A veces me doy miedo a mí mismo/-a. Pero que sepan que yo no olvido. Faltaría más. Te regalo una sonrisa, qué pícaro/-a, ¿eh?, y aprieta el culo, que por donde menos te lo esperes te viene doblada. Tengo experiencia. Sé cómo mover los hilos. Joder, qué listo/-a soy. Me pongo a cien sólo de pensar en montarla otra vez, ¿por qué no? El morbo es divertido. Y a mí nunca me cojen con los pantalones bajados. Más quisieran. Hubo quien incluso lo intentó con una grabadora, o una mierda de esas. Como para hacérsela comer a patadas. Bueno/-a soy yo. Tengo la magia, el toque, el don de gentes, el carisma, el físico y a tu puta madre comiéndome de la mano. Así que agacha la cabeza y díme que no hay problema, por la cuenta que te trae. Y si no tienes nada bueno que decir, esfúmate de mi vista, subnormal. Los que dicen que soy una persona tóxica sólo hablan desde su envidia. Si estuvieran en mi lugar, harían exactamente lo mismo. Porque todos somos iguales, ¿verdad? ¿O es que tú te crees mejor? Insolentes e hipócritas. Ya les daré medicina de humildad, hasta que les salga por las narices y las orejas. Y más luego. ¿Sadismo? No, práctica. Funciona así. O eso, o no funciona. Así que nunca te bajes de tus trece, y si aflojas la mano, que sea únicamente para humillar. El olvido es de imprudentes, y el perdón de débiles. Qué poco duran esos en estos puestos. Pobrecitos. Como aquel...ay, mejor ni me acuerdo, si me da hasta pena...ja, ja, ja. Soy un pedazo de pan, en el fondo, todo corazón. Voy a comprar más chocolatinas y galletitas para la próxima reunión para reforzar este punto. Eso es. Bien pensado. Soy la leche, no se me escapa nada. Lagartijas. Me divierto cazándoos, viendoos corretear desquiciadas sin cola, animalitos aterrados. Eso sois para mí. Porque yo tengo la última palabra sobre vuestra existencia cuando cruzáis la puerta de este edificio. Y fuera también, claro. Para eso están los teléfonos. La voz, además, no deja pruebas. Me encanta. Si Maquiavelo hubiera sido escultor, me hubiera esculpido a mí. Lo importante no es convencer, sino que te den la razón. ¿Consecuencias? Bah, eso no existe. No importan. Mira qué bien vivo. Y de los que se fueron, nadie se acuerda en este círculo. Porque yo no lo permito. Lo que hay que recordar es otra cosa: mi cumpleaños, las cosas que me gustan, los chistes que me hacen reír, los problemas de mis hijos... porque aquí somos como una familia, ¿eh? Suerte que tenéis de trabajar con alguien como yo. Queredme y os querré de vuelta. Contrariadme y... vale, ya está. Creo que estoy listo/-a. No necesito seguir mirándome al espejo. Todo en orden. Mi orden. Maravilloso. Voy a darme un paseo por estos habitáculos de mi reino, a ver si encuentro algo con lo que entretenerme hasta media mañana. Para eso me pagan, ¿o no? Ostia, que cachondo/a soy, si hasta sentido del humor tengo. Yo tengo de todo. Y tú nada, piltrafilla. Como tiene que ser. Como lo digo yo. Yo, yo, yo, yo y yo...
Monday, October 19, 2026
Friday, October 16, 2026
Oración a la bondad
La maldad es natural, te dirán. Un instinto. Es un impulso primitivo, el del depredador que ha detectado a su presa. Pero es más, diferente; es el impulso de un estómago ahíto que no quiere sentirse satisfecho. Es el afán de crecer, de superar a los demás. Es el triunfo de las vísceras, las tripas como modelo de conducta. Es el animal que se ríe de la civilización y sus ínfulas alambicadas. Es una boca con dientes sucios masticando carne, sangre y saliva mezclándose. Esa sangre en exceso, innecesaria, que llega a las narices, a los ojos, al cerebro, que se desparrama por las aberturas del cuerpo y nos rebosa, como lo ha hecho durante miles de años antes. Sin importancia, porque no es nuestra. La maldad tiene límites claros y definidos, y fuera de ellos la oscuridad y el vacío lo cubren todo. Más allá del yo no existe el dolor. No debemos preocuparnos entonces. Incluso más obsceno, la maldad puede refinarse, entrenarse, volverse un objeto de veneración cultural; especialmente en tiempos decadentes. Puede disfrazarse de necesidad, de contradicción aparente. Puede volverse trampantojo o truco de prestidigitación que demanda el aplauso de una muchedumbre amorfa y desensibilizada. Puede oscilar hipnótica como las piernas del ahorcado, perfumando su hedor con la recompensa del ascenso social. Puede convertirse en objeto de estudio y examen; en argumento depravado, pero cubierto de afeites sugerentes. Puede ser un veneno legal, recomendado bajo la mesa del doctor. Puede empapar una ciudad, y dejar que se mueran sus habitantes, mientras los altos cargos observan con desdén y ríen desde las almenas y azoteas de sus palacios y mansiones. Peor, puede ser objetivo perseguido, de forma metódica y compulsiva. Por eso sólo la bondad debe merecer el esfuerzo del cultivo y el reconocimiento. Por eso, sólo la bondad debe dejar de ser un misterio que nos azora para convertirse en una vía obligada de trascendencia. La maldad es una propiedad privada, necesitada de leyes y legisladores que la protejan. Pero la bondad es un bien común, un caldo colectivo que se consume con humildad, sin necesidad de dar gracias, sin absolución ni eucaristía, porque es todo esto en sí y mucho más. Sólo la bondad puede salvarnos; aún cuando la espada, el fuego y el látigo la dobleguen. Quede la maldad para los que ocultan su sarna moral en oropeles y llenan su vacío vital con el cadáver del prójimo. Que la cultura enferma y sus sicofantes no nos engañen, sólo las buenas acciones merecen levantar la vista y llevarnos la mano al corazón. Así sea.
Sunday, October 4, 2026
La bovina y los hilos
Hoy, mientras viajaba en el metro, una familia con un pequeño desesperado y convulso ha entrado en mi vagón. El niño lloraba y gritaba con la desesperación obtusa que solo puede tener un infante, ignorante de sus posibilidades de éxito o consolación. A su alrededor, otros niños reían y jugaban esperando el fin del viaje. Solo la infancia puede resistir tal intensidad emocional, pasar de la tragedia al juego sin apenas transición, me ha dado por pensar. Volvernos adultos nos hace más frágiles porque nuestras expectativas ya están formadas, y de alguna forma intuimos y aceptamos las limitaciones de nuestro entorno. Sabemos de dónde venimos, y creemos tener una idea suficiente de nuestro destino. El pasado y el futuro nos empujan, a veces contradictoriamente. Pero los niños carecen de futuro porque carecen, al mismo tiempo, de pasado. Su conciencia en blanco es un presente total, despreocupado y feliz, al que no le pesan las consecuencias ni le abruman las perspectivas. Quizá ambos, pasado y futuro, van extendiéndose como un hilo de dos direcciones en la bovina de nuestra vida, de forma simultánea pero opuesta. Y cuando esa distancia, ese equilibrio inestable es excesivo, nos rompemos por necesidad, por una tensión insufrible, y caemos en el abismo insondable de un pasado que nos parece infinito, abrumador, pero que no es más que el alejamiento definitivo y final de ese hilo del futuro que se nos ha agotado.
Monday, September 28, 2026
La Ciudad de la Violencia (XXVII)
Una mañana, los habitantes de la Ciudad de la Violencia se encontraron el siguiente edicto clavado en las plazas y entradas de ministerios, comisarías, colegios, bibliotecas, gimnasios y casas de apuestas. Con un pitido estridente, los móviles resonaron con un aviso urgente que anunciaba así:
“Por orden gubernamental, se prohíbe a partir de la fecha presente toda muestra de empatía, lacra social que reblandece y confunde, así como la acción o su voluntad manifiesta de ayudar a quien demande socorro. Es necesario, para el rápido avance hacia una raza más resiliente y perfeccionada, descartar viejos vicios del alma tales como la solidaridad o la ecuanimidad. Solo la brutalidad entrenada nos hará más fuertes, como grupo, como región y como nación. Al que fomente la diferencia y sus confusiones, se le expulsará o se le enterrará a patadas. En el vestir, en el arreglo capilar y en la interacción en lugares públicos, será obligatorio seguir las normas dictadas por la autoridad competente, bajo pena de linchamiento o mutilación. Se perseguirá a los samaritanos y a los pedigüeños que no demanden con la hombría valiente y violenta de nuestra sangre. Se escupirá a los misericordiosos y se gritará con rabia a todos como saludo y advertencia simultáneos en las calles, plazas y demás vías. No se cederá el paso para evitar ejemplos de debilidad, y la sumisión sólo se tolerará entre categorías sociales pertinentemente definidas. Se permitirá y fomentará la resolución de conflictos a través de la fuerza física, siempre y cuando se respete el mobiliario público. Es bueno que un pueblo ventee sus frustraciones con ejemplaridad y eficacia. Las fuerzas del orden darán buena muestra de esta nueva convivencia tantas veces como se considere necesario. La vigilancia vecinal se organizará entre ciudadanos nombrados por su destacada labor cívica, y se les permitirá exhibir y portar trofeos de anteriores ejercicios de seguridad cuando se den situaciones de descuartizamiento o mutilaciones parciales. La buena coexistencia será la de la obediencia y la denuncia. Todo acto sedicente que impida o cuestione la libre manifestación de fervor patriótico y lealtad a los estamentos podrá ser objeto de juicio sumarísimo y castigo inmediato en el propio lugar de los hechos. Aquellos carentes de un permiso de circulación o estancia no tendrán derecho a la queja o la autodefensa; la ilegalidad es un peligro real para la estabilidad nacional, y combatirla y erradicarla debe ser prioridad colectiva. Quienes colaboren activamente en tal actividad de mantenimiento del orden público serán consecuentemente recompensados e integrados dentro de las milicias de buenos súbditos. Solo en la unidad de sangre y acción encontraremos el destino glorioso de un pueblo inmaculado de excrecencias ajenas.
Postdata: algunos barrios quedarán exentos de esta nueva normativa, y las patrullas ciudadanas necesitarán permiso previo y vigilancia de cuerpos especializados para actuar en dichas zonas. Los ataques contra aquellos que hayan comprado y porten una tarjeta de excedencia por alta membresía no serán tolerados. El objetivo de las nuevas normas es la limpieza física y moral, no el libertinaje. No queráis morder la mano de vuestro amo.”
Sunday, September 20, 2026
La puerta del monasterio en la colina (Cheung Ha)
Esa abertura. Recuerdo obsesivo. Hueco magnético que es principio y fin en sí. Casi oculta, en la esquina derecha del patio central. Es tan fácil no saber que existe. Pero, una vez descubierta, la fascinación es insoportable. Columna superior dorada, y papeles de tinta amarilla sobre fondo rojo a los lados, cuatro caracteres recordando las bondades del corazón, o quizá advirtiendo de la cercanía del infierno a nuestro mundo. Ramajes y rocas abombadas anunciando el abandono casual. Y al otro lado, la nada, piedra escarpada y arbustos, caída al abismo de otra vida. Absurdo sin función. Quizá como nuestro existir. Un jeroglífico sencillo e imposible a la vez. Sería fácil cruzar el dintel...¿o no? La ausencia de suelo produce un vértigo demoníaco. Y eso, en la paz del templo, es inadmisible. ¿O quizá no tanto? Tras el pabellón central, las escaleras ascienden a un pequeño cementerio vertical. Si hubiera algún nexo o punto de unión, probablemente no estaría lejos de aquí. No puede ser casualidad. Cada fragmento del escaso espacio tiene una utilidad. La zona de descanso, liviana. El pabellón de la madre misericordiosa, raíz reconfortante. Las espirales colgantes de incienso, la respiración de los muertos en su ensoñación eterna. La estatua del sabio en el patio central, guardada por el inmenso árbol cuyo tronco se bifurca en dos direcciones. El tenderete de parafernalia funeraria, para que los que partieron no nos olviden, a nosotros que todavía vivimos entre brumas. El camino a los aposentos privados de las monjas celadoras, flanqueado de macetas con plantas hermosas, escondido en la parte trasera. El templo entero juega al escondite con nuestros sentidos, ya desde esas escaleras de entrada que mezclan la insignificancia y la solemnidad, y en las que un monje panzón y sonriente nos pregunta desde el suelo: "¿Para qué?". Incapaces de responder, la mayoría dejará unas cuantas monedas junto a su descascarillada figura. Ay, si supieran lo poco que le suele importar el dinero. Pero los óbolos, en todas partes, siempre los óbolos... Y ya en el interior, sorprendidos de que las casas del pueblo escondan silenciosas, cortinas cerradas, semejante estructura, encontramos esa puerta, atisbada justo cuando estábamos a punto de irnos. Su mera presencia nos ofende y angustia. Atravesarla es anatema. Es abandonar el cuerpo, traicionar las leyes de nuestra existencia. El castigo es casi inconcebible. Y sin embargo, la atracción, la tentación de hacerlo, se intensifica. ¿Será el acto en sí o su consecuencia lo que más debemos temer? Esas sombras al otro lado. Alguien tendrá que atreverse, tarde o temprano. O quizá no. Levanta la vista y observa esas torres inmensas al otro lado del río, viviendas de protección oficial, repetidas, onerosas, anti estéticas. La realidad, tu realidad, te llama. Es compacta, aplastante, demasiado grávida para alzar el vuelo. Sal del templo, vuelve a tu mundo y no quieras atisbar otros estadios de conciencia. Confórmate con la pobre simiente de ceniza que eres y serás.
Saturday, September 12, 2026
Lo que flota en el ambiente (I)
Pero cuánto/-a arribista con alma de lameculos (y viceversa) que aterriza en/genera esta ciudad. Y qué poco necesitan para echarse flores entre ellos y escupir bilis a quienes no les siguen la corriente. Claro, debe ser el sistema...
En el próximo capítulo, trataremos cómo acaba, a largo plazo, una buena parte de esta fauna laboral. Permanezcan honestos consigo mismos hasta entonces.
Tuesday, August 18, 2026
La reunión
La sala de reuniones, amplia, refulgente, estilizada, había sido preparada de forma impecable. La larga mesa rectangular y las cómodas sillas giratorias de cuero estaban ya dispuestas para la llegada del panel de altos consejeros y asociados. Pequeñas botellas plásticas de agua extraída en las montañas de Fiji acompañaban cada asiento. Equidistantes del centro, marcando una partición invisible, dos cestas plateadas reposaban, repletas de frutas: plátanos, higos, uvas y bayas variadas. El encargado del catering en el edificio sonrió: con un poco de suerte, el derramamiento de sangre se podría evitar en esta ocasión. Estas reuniones de directores y ejecutivos, mal diseñadas, podían acabar siendo apocalípticas. El orden debía prevalecer sobre los instintos animales.
La secretaria encargada de ejercer de copista y transcribir la reunión se encogía temblorosa, sentada en un sillón bajo al que habían añadido una mesita ligeramente inferior, casi a la altura de sus rodillas, de forma que se veía obligada a inclinar su cuerpo hacia el frente para tomar notas o usar el pequeño ordenador portátil sobre la mesita, adoptando así una posición casi de ruego. Corrían rumores sobre la triste suerte de la secretaria en la última reunión general, y los esfuerzos por congelar la expresión en una sonrisa dócil y diligente se hacían obvios en el rostro de la presente. Si no fuera porque necesitaba el dinero...
Una algarabía descontrolada en la que se mezclaban chillidos estridentes con fuertes palmadas arrítmicas y pisotones retumbantes anunció la llegada del panel de directivos. El encargado tragó saliva, dirigió una mirada entre cómplice y compasiva a la secretaria, y se lanzó a abrir las puertas de la sala antes de que el ímpetu habitual de los participantes las echara abajo. Su intento, un tanto torpe y desmadejado, fue inútil. Las puertas se abrieron de par en par, y un tropel desordenado pero decidido de cuerpos voluminosos, duros, imponentes, le empujó a un lado mientras un zumbido ronco de gruñidos, jocosos unos y admonitorios muchos otros, envolvía imparable el lugar. Tras varios balanceos grotescos para evitar perder el equilibrio (la presencia de tan insignes miembros siempre causaba este efecto en los movimientos de los empleados), el fallido maestro de ceremonias pudo recuperar la verticalidad, y por ende una parte de la dignidad arrebatada. Pese al caos aparente de la entrada, todos se habían colocado ya en sus posiciones habituales, empujándose y golpeándose el pecho y la cabeza para hacerse notar. Alguno intentó subirse a la silla y empezar a girarla (práctica favorita de muchos durante los momentos de estancamiento y distensión en estas reuniones), pero un manotazo brutal en la mesa hizo que todos redujeran abruptamente sus soniquetes de vocales repetidas y dirigieran la mirada, con una solemnidad sorprendente, al centro de la mesa. El presidente, descomunal en su tamaño y en la longitud de sus brazos y hombros (contrastada con la pequeñez de una cabeza casi diríase que reptiliana, de no ser por el abundante cabello crespo y negro) había dado la señal de inicio para la sesión de hoy.
Pálido, haciendo un esfuerzo profundo para controlar el miedo que viajaba de sus tripas hacia su sistema excretor, el encargado intentó avizorar humilde un gesto del líder que le indicara la falta de necesidad de su presencia, para así poder dirigirse a la puerta y abandonar este lugar que ahora semejaba electrizado, hechizado, maldito. Los ojos fulgurantes e implacables del presidente recorrieron la sala lenta, pausadamente, asegurándose de que nadie se atrevía a sostenerle la mirada. Cuando se fijaron en la figura del hombre casi lloriqueante situado a varios metros de la entrada, sonrieron con delectación. Nada más placentero que la sumisión para quien personifica el poder en la tropa. Tras haberse asegurado de haber atravesado de miedo el cerebro de este ser insignificante, condescendió con un ligero gesto del cuello y un gruñido ininteligible a autorizar su partida. El encargado, embargado por olas crecientes de alivio, aumentó el gradiente de su reverencia, miró al suelo, y se encaminó hacia el pasillo. Mientras iniciaba los pasos hacia su liberación temporal, sin embargo, cometió el error de levantar la vista y mirar al fondo del pasillo, donde el ascensor permanecía extrañamente abierto. En su interior, sentado en el suelo semi inconsciente, el ascensorista gemía y hacía vanos esfuerzos por levantarse. Su rostro y sus manos eran poco menos que una protuberancia deformada, púrpura, negra y roja, y pequeñas gotas de sangre caían en su destrozada camisa como las goteras tras la lluvia en un tejado semiderruido. "Mierda, otra vez" -pensó inmediatamente el encargado-, "A este paso no vamos a ser capaces de encontrar reemplazos para los botones en este puto edificio". De alguna forma, el disgusto se tradujo y escenificó en su cara por unos instantes, deslealtad intolerable, y el presidente pudo verlo antes de que el infeliz alcanzara las puertas. Con un chillido agudísimo y seco, señaló al hombre con su dedo índice. De forma inmediata, varios de los participantes en la reunión se abalanzaron sobre el pobre personaje, sujetándolo por los brazos y forzándole a darse la vuelta y encararse con un rictus de horror al grupo reunido. Las puertas se cerraron tras él sonoramente, y todos los presentes alrededor de la mesa comenzaron a expresarse en forma excitada y estridente, incluso golpeando sus sillas o el escaso mobiliario alrededor. La sesión acababa de iniciarse. Enmudecida y con los ojos desencajados, la secretaria escribía en su ordenador compulsiva, velozmente, incapaz de mirar a ninguna otra parte...
Saturday, August 1, 2026
Rostros en la ciudad
Esos rostros. Por todas partes. En las calles, en el metro, en los pasillos fluorescentes de los centros comerciales. Denotan sufrimiento, resentimiento, repulsión. Odio. Algo patológico. Una enfermedad colectiva. Un daño asumido, absorbido, exacerbado. El prójimo como un enemigo, como una molestia. Es el precio a pagar por ser competitivo, mienten los que se benefician, rastreros, de estos bajos impulsos entrenados. No; es el lubricante de la injusticia, de la desigualdad, del abuso. Es el espejo fragmentado en el que nunca podremos vernos como seres completos, ni reconocernos colectivamente. Esos rostros que interpretan una sonrisa como una amenaza, la empatía como un signo de debilidad, la inocencia como un estadio de la estupidez. Rostros adustos, severos, despreciativos, casi sádicos. Rostros ajados y oscuros que imitan la putrefacción moral de los amos. Rostros serviles, quizá secretamente avergonzados de sí mismos. Rostros amargados, asustados de las risas francas y abiertas. Rostros enfermos, agotados, derrotados, pero en constante fricción con los estímulos visuales que los han moldeado durante años, sin descanso, en esas pantallas deletéreas, en esos muros cubiertos de lemas hueros y martilleantes, en esos desfiles de números deshumanizantes. Rostros sangrantes cuando revientan bajo los puños apretados del compañero en desgracia que no soporta más lo que le rodea. Rostros supurantes de bilis, de humores oscuros y relucientes que se mueven diríase que con vida propia. Rostros que manifiestan el Mal omnipresente, y sin embargo lo ocultan bajo una pátina de caridad mascullada. Tantos hombres apiñados aquí; y, pese a ello, tan difícil reconocer esa belleza indescifrable de la bondad humana.
Saturday, July 25, 2026
La memoria
La memoria te va a perseguir por mucho que te esfuerces en desarraigarte, en escapar. La memoria te ha hecho y hará a tus hijos pese a la falta de conciencia, pese al manto negro que la esconde. La memoria es un ángel de espaldas que conoce los desastres de la Historia, pero sabe ofrecértelos troceados y dulcificados. A veces vuelve súbita como el fogonazo de un fotógrafo pretérito, y anuncia que el presente y el pasado pueden ser la misma cosa cuando las visitas llegan a la puerta de nuestras pobres, absurdas vidas cotidianas. La memoria se deforma y se estira cuando habitamos en latitudes que son un jarrón vacío de recuerdos, y se comprime, es una pequeña caja ajada de madera rebosante de miedos y cuentas pendientes, cuando volvemos a la tierra original de nuestras raíces. ¿Quién tiene posesión de la memoria? ¿Puedo yo apropiarme de la memoria de estos personajes extraños que forman una selva tupida de vivencias ininteligibles, casi impenetrables? Escondemos la memoria, la enterramos, la disfrazamos, la aturdimos; y, sin embargo, no volver a ella es quemarse las yemas de los dedos a propósito, y pretender acariciar después. Vivimos para no recordar, al menos intentarlo. Recordamos para justificar lo vivido. Y, entremedias, pasa todo lo demás.
Saturday, July 11, 2026
Anotaciones breves y veraniegas
Hong Kong, tanta riqueza material fluyendo en tus arterias, y tanta miseria humana envolviéndola. Quizá eso sea lo normal, y no una excepción; quizá, incluso, sea condición necesaria...
Wednesday, July 8, 2026
Geografías locales XIX
Salimos del metro, vomitados en hordas de familias coloridas, niños gritones cruzándose por todas partes, voces chillonas lanzando admoniciones en diversas variantes de la lengua china. El cielo es una enorme luz blanca de neón que rebota y se refleja por los numerosos pasillos y escaleras mecánicas del centro comercial. Visitantes llegados para bajarse del transporte, comprar y volverse a dondequiera que residan a la mayor velocidad posible, pululan frenéticos entre ancianos lentos de aspecto disgustado. Quizá alguno de ellos recuerde un tiempo en el que este distrito era diferente. Más tranquilo. Más humano. Más local. Había menos malls y más espacios públicos. Bienvenido a Sha Tin. Antigua ciudad satélite. Hoy punto señalado para el turismo de flash shopping. Joyerías, tiendas de bolsos, ropa femenina de alta costura, ropa deportiva de marcas internacionales, restaurantes de indiscutible sabor sínico. Los ya decrépitos habitantes de todas esas torres residenciales para ciudadanos desfavorecidos se mueven con un rictus amargo de descreimiento entre estas galerías de consumismo orgiástico y un punto pacato. Sus nuevos vecinos de las más estilizadas y elegantes torres privadas les resultan familiares y ajenos a la vez. Son aquel miembro lejano de la familia que se quedó al otro lado de la frontera, soportando penurias y miserias sin cuento, revoluciones, purgas, rectificaciones, expropiaciones, extorsiones, al que incluso dieron por muerto varias veces, y al que hoy observan con estupor llegar cargado de riquezas y ostentación, artificialmente fresco y vengativamente arrogante. Pero el flujo demoniaco de los pasillos no permitirá largas reflexiones. Es necesario moverse. Cambiar. Gastar o desaparecer. Un murmullo ensordecedor de frases inconexas e insustanciales martillea nuestros cerebros hasta la cefalea más monstruosa. ¿Alguien ha medido alguna vez la toxicidad emocional de estos engendros de la arquitectura moderna? Como en una maldición infernal y eterna, un corredor lleva a otro similar, una sucesión de tiendas internacionales a otra, el nombre grandilocuente de unos grandes almacenes a otro no menos chillón e hiriente. De ninguna manera esperes encontrar un asiento. Esos son secretos bien guardados por los condenados a no ver el sol bajo estos techos elevados. Fuera, entre explanadas de cemento y un calor inmisericorde, algún que otro pequeño refugio para los desheredados de esta tierra sobrevive. Un centro cívico con un interior muy poco civil y una biblioteca de baños escondidos e insuficientes quieren hacer las veces de clemencia para con los pobres. Las anchas escaleras de acceso que separan estos edificios de la parte comercial sirven de improvisado mosaico humano de empleadas domésticas buscando siquiera un rectángulo de huida de la opresión laboral en que su vida se convirtió al pisar las tierras de la prosperidad incalculable (al menos para ellas). Avanzamos hacia el río y los vestidos blancos y los trajes elegantes nos anuncian la aparición inesperada de un registro civil. Parejas cada vez menos jóvenes abrazan legalmente unos lazos que habrán de liberarles de la tutela paterna o asfixiarles de una manera no muy diferente. La felicidad que necesita consensuarse en contratos ha de acabar resultando tóxica al cabo. Unos pasos más, y frente al río se entrevén los arcos de entrada a un parque alargado, sorprendente por momentos, tierra segura para el que no tiene una tarjeta de crédito, simpleza en los gritos de alegría infantiles, humildad desparramada en las escasas sombras disponibles pese a la longitud. ¿Por qué hay más niños dentro de los centros comerciales que aquí? ¿Es realmente el clima? Quizá es algo más, una visión retorcida de la vida que desprecia lo natural. Más allá, grandes puentes de patriótica decoración cruzan las aguas y conectan con barriadas nuevas o con urbanizaciones dilapidadas que una vez fueron el extrarradio. Puede que incluso, incrustado, insignificante entre tanto rascacielos venido a menos, nos topemos con algún pequeño pueblo que encontró la triquiñuela legal para esquivar la demolición. Buena suerte frente a la avaricia de los amos de la ciudad. La justicia, aquí, se imparte a los que puedan pagarla, mayormente. Como en todas partes, dirán; pero no de forma tan exacerbada. Volvamos al metro, al laberinto de galerías y destellos cegadores. En algún nivel, hemos escuchado, hay una salida a varios parques infantiles en las azoteas. Solución vertical a la falta de espacio. Las grandes marcas para niños nos sirven de flecha direccional. También esos grupúsculos de críos hiper-excitados y padres de aspecto agotado y malencarado. Ese suele ser el efecto último de pasar demasiado tiempo en esta zona. Como no podía ser de otro modo, varios animalitos esponsorizados por consorcios multinacionales vigilarán y regularán la diversión de los pequeños. Nada debe quedar fuera del proceso de mercantilización. Los niños menos que ninguna otra cosa. Escapemos de aquí. Habrá otros lugares menos enervantes, menos masificados, menos desalmados que este. Y, sin embargo, sabes que tendrás que volver a Sha Tin. La comodidad. La pereza. La estupidez. El agotamiento. En el fondo, cualquier excusa valdrá. Los malos hábitos son difíciles de romper.
Sunday, July 5, 2026
La muchacha silenciosa
-Siu, ¿te pondrías estas mallas de cuero, este liguero y estas botas altas, y me azotarías un poco? No muy fuerte, al menos al principio. Luego, si no te importa, yo podría hacer lo mismo contigo…
-Váyase a tomar por el culo, jefe.
-Si es contigo, voy a donde sea. Si tú quisieras…
-¿Siu? ¿Sí, el último cheque, devuelto por el banco a tu compañía? Vaya, que despiste mío más tonto. Soy tan inútil… ¿Podrías pasarte tú por nuestra oficina a recogerlo? Mejor después de las seis. Sí, habrá alguien, yo te estaré esperando. Y, luego, si te apetece, conozco un restaurante coreano con un menú bien regado de vino que es una maravilla, ¿sabes? Eres una chica de tanto talento, estás perdiendo el tiempo en ese cuchitril con el puerco que tienes por jefe. Sí, yo sé cómo es, te entiendo, de verdad que sí…
-Métase el cheque y la cena por el agujero asqueroso de su ano peludo, estimado mandril-cliente…
-Siu, ¿te pondrías estas ropas de colegiala de primaria y te sentarías en esta banqueta? Me apetece echarte una buena bronca, hoy he tenido un mal día. Ah, y no se te ocurra replicarme, no seas mala hija…
-Váyase a la mierda, madre…
-Siu, después de fregar los cacharros de la cena, ¿te sentarías aquí conmigo y podríamos ver juntos el concurso de la tele, o el partido de la liga inglesa? Me gustaría abrazarte como cuando eras una niña y querías pasar todo el tiempo junto a tu viejo. Me recuerdas tanto a tu madre, de joven. Pero, ahora, esa vieja gárgola…ah, y tráeme otra cerveza, haz el favor.
-Friegue, beba, y magree el sofá usted solo, padre. Ah, y procure darse una ducha, porque no sé si se ha dado cuenta de lo mucho que apesta…
-Siu, ¿me podrías dedicar más sonrisas y atención? Hoy me han jodido bien en la oficina, estoy muy quemado. Quizá luego pueda darte unos cachetes en las nalgas, y se te ocurra algo para calmarme. Sé una buena chica y una buena novia…
-Vete a pudrirte al infierno, impotente de mierda.
-Siu, este mes me queda muy poquito dinero. ¿Podrías ayudarme y dar un poco más a papá y mamá en nombre de los dos? La vida se me está poniendo muy cuesta arriba, pero seguro que pronto mi suerte va a cambiar, hermanita. Ya verás…
-¿En qué puñetero vicio te has ventilado el sueldo esta vez, puto niñato malcriado? ¿Por qué siempre te tengo que tapar frente a la familia? Vete a…
-Siu…
La muchacha respiró hondo e intentó ocupar su cabeza con algún pensamiento positivo, tal como le habían insistido en la escuela que debía hacer. ¿Para qué servía ser buena persona en un mundo como este? ¿Toda esa diligencia y eficiencia, todos esos esfuerzos, resultaban al cabo en qué? Tantas respuestas que se tenía que tragar a lo largo de cada jornada… algún día, tarde o temprano, reventaría, estaba segura, y entonces podría ocurrir cualquier cosa, y todos lo lamentarían. Vaya que sí. ¿Pero dónde demonios estaba esa caja de caramelos japoneses que había comprado en la hora de la comida? Respirar hondo. Otra vez. Silencio. Otra hoja del calendario que caía en una espera vacía.
Saturday, June 27, 2026
Día festivo. Templo de Tin Hau
Día festivo. Marcado con tinta roja. En los ríos, las barcazas y sus remeros se preparan para las carreras anuales. Las ofrendas han sido adquiridas, y poco después se forman colas para entrar en el templo y postrarse ante la imagen principal. Hoy los dioses escucharán con más atención. Además, esas naranjas brillantes, ese pomelo de forma casi perfecta ayudarán a convencerles de que merecemos sus favores. Siquiera un día al año. El teatro de bambú ya ha sido erigido al otro lado de la carretera. Habrá sesiones de ópera china, y el concejal local distribuirá pequeños tentempiés y calendarios a los asistentes. Las puertas de la entrada principal están abiertas de par en par, los guardianes de aspecto fosco hoy parecen descansar escondidos a los lados de las jambas. Las varas de incienso aquí y allí producen serpenteantes columnas aromáticas que marean y estimulan a partes iguales. Los viejos intentan convencer a los jóvenes de la importancia de los rituales, pero estos prefieren abstraerse en el mundo insondable de sus teléfonos móviles, o en los momentos de caos sonoro y colorista que se suceden cual explosiones súbitas alrededor del recinto.
Varios individuos de aspecto musculado y poco amable piden paso, intentan crear un pasillo. La estridencia de los gongs y los tambores empieza a resonar en la distancia. Es el momento favorito de los niños. Los leones chinos se acercan curiosos y retozones, sacudiendo sus cuerpos como un dragón juvenil, y moviendo la cabeza a los lados para que nada ni nadie se les escape. Los sobres rojos en las manos temblorosas, unas arrugadas y otras carnosas y todavía en desarrollo, son su dulce favorito. Meses de práctica deben cristalizar en este juego de danza y captura perpetuado durante siglos. Dos cabezas gigantescas, una negra y blanca, roja y blanca la otra. Ojos de animal místico, hipnotizador. Boca abierta en un rictus burlón, que tanto puede ser amistoso como agresivo. Al poder siempre le gusta materializarse con símbolos ambiguos. El animal se contonea, avasalla, retrocede, salta aquí y allí bajo un ritmo de percusiones que son a la vez primitivas y elaboradas. Una vez recolectados los trofeos pecuniarios de entre el público presente, el león rendirá tributo ante las puertas laterales y los altares menores. Las numerosas guirnaldas y lámparas chinas se sacuden rítmicas ante el ajetreo de la criatura y su séquito musical. Finalmente, la entrada principal se abre solemne para que el león muestre toda su fuerza peligrosa y energía desatada. Tin Hau, La Diosa del Mar, observa impasible los contoneos y piruetas cercanos a la epilepsia, la boca enorme que pugna por desencajarse de la mandíbula en medio del frenesí. ¿Qué daño puede hacer un mero cánido crecido y melenudo salido de la tierra a la dueña eterna de las aguas, la que concede la gracia de la salvación a los pescadores desde tiempos inmemoriales? El animal no puede por menos que, agotado ya, bajar la testuz y rendir pleitesía a la patrona de los mares. El abad del templo le recompensará con un regalo final, y le dará permiso para que vuelva a las sombras de los bosques y la protección de las arenas. Adiós, majestuoso protector de reyes. Te veremos en otro día señalado del calendario, nuevamente. El ciclo ha de perpetuarse.
Más tarde, ya casi al anochecer, en el pabellón entre torres residenciales del complejo de viviendas de protección oficial, un grupo de mujeres vestidas de verde y amarillo se reunirá para entonar cánticos agudos e hipnóticos en una lengua extraña incluso para muchos habitantes locales llamada hakka, mientras ensayan un baile que remeda el contoneo de las palas hendiendo el espejo infinito de las aguas. El Festival de las Barcas de Dragón se deslizará en el horizonte hacia esa línea difusa que marca el inicio oficial del verano. Leones, diosas, peces extraños, hijas de marineros trágicos de hermosura mítica en su palor virginal, ofrendas pudriéndose bajo el sol cada vez más inmisericorde del estío, historias compartidas en geografías diversas -la dureza de la vida y de la mar es universal-. Quizá en un futuro aciago los propios pescadores no sean más que una leyenda brumosa surcando un océano muerto, limoso, sin redes ya que lanzar, sin vida que perseguir y capturar. La diosa de los mares llorará entonces sumida en la oscuridad de un templo cuya función ya nadie podrá recordar.
Thursday, June 18, 2026
Filos
El joven estudiante se subió al autobús con una mirada indiferente y abstraída. Cada día era lo mismo. Una larga cola de imbéciles demasiado pobres como para tener vehículo propio, arrastrando los pies hacia la puerta de entrada del mastodonte de dos pisos que les transportaría hasta sus cubículos de mierda. Toses, ruidos de gargajos, a veces contenidos y a veces no, eructos, discusiones de verdulería entre señoras chillonas y desaliñadas, miradas de frustración y odio. Y viejos, muchos viejos. Todo este detritus humano hacinándose para poner fin a otro día estéril de agonía y sinsentido. Y en el medio, él, obligado a formar parte de este mecano deslabazado y maloliente. "Esa escuela te conviene. Tiene buena fama. Los rankings online la colocan entre las cinco mejores de su distrito. Hay profesores extranjeros, y gente local de buenas universidades. Podrás hacer amistades útiles en el futuro. Es una buena elección para ti, ya verás." -había repetido su madre una y otra vez-. Él no quería ir a ese lugar. No conocía a nadie. Sus pocos amigos irían a otras escuelas de su distrito. Y el maldito viaje. Más de una hora en un autobús abarrotado por la mañana, y otra hora de vuelta. Una auténtica jodienda. Pero a los padres no se les discute; es la tradición, le replicaban. La tradición se merecía una sarta de navajazos, a ver si así dejaba de joder. Ya desde el principio, se sintió fuera de lugar en ese instituto. No entendía sus rituales, sus discursos hueros sobre responsabilidad social y el buen cristiano. Montañas de falsedades insignificantes. ¿Qué beneficio le iba a dar a él todo eso? Pero era fundamental fingir, mostrar interés y repetir las consignas. Eso lo aprendió rápido. No llames la atención, haz lo que se espera de ti, y quizá así te dejen en paz.
No le sirvió, sin embargo, para que le dejaran en paz a la salida del baño durante el descanso para la comida, a las pocas semanas de iniciado el curso. Un grupo de tres gilipollas se le había acercado a tocarle las narices, preguntándole quién hostias se creía que era y por qué no hablaba nunca con los otros, como si fuera superior a los demás. Unos cuantos empujones contra la esquina entre el baño y las escaleras secundarias, unas amenazas de agresión y varios insultos, y cuando respondió, instintivamente, al supuesto cabecilla del grupo, quien intentaba agarrarle de la camisa del uniforme, con un vigoroso empujón de vuelta, lo vio claro. Sólo su amigo metálico le sacaría indemne de allí. De hecho, lo había llevado en el bolsillo del pantalón escolar durante semanas, esperando un momento así. Con una velocidad y determinación que sorprendió a todos, incluido él mismo, sacó el cuchillo plegable, lo abrió y avanzó un paso hacia la cuadrilla de matones aficionados. Sus caras habían cambiado de una sonrisa de tarado cruel a la alarma de quien tiene frente a sí un peligro real. “¿Qué cojones es eso? ¿No sabes que es ilegal tener navajas en el interior del colegio?” -le espetó el cabecilla intentando mantener la compostura-. “Vuelve a intentar tocarme y te rajo aquí mismo” – fue su somera contestación, los ojos brillantes y un impulso ciego empezando a aureolar su figura-. “Déjale, este va a durar poco aquí” – contestó el chaval a la izquierda-. Y con un gesto de desprecio, los tres jóvenes cabrones recularon hacia su aula, manteniendo la mirada fija en la víctima transformada en potencial agresor. Varios estudiantes habían aparecido a través de las escaleras, pero ninguno quiso pararse a averiguar qué estaba pasando exactamente. Un círculo de soledad casi luminosa parecía rodear ahora al muchacho, sudoroso pero concentrado, casi engrandecido en su defensa descerebrada pero efectiva. Sintiendo que no debía exponer su arma secreta demasiado tiempo, cerró el cuchillo, lo volvió a meter en el bolsillo, y muy lentamente caminó a clase mientras el timbre infantilmente armónico del final del descanso envolvía la totalidad del pasillo. Esa noche, ya de vuelta en casa, en su habitación, observó largamente el cuchillo abierto, su hoja flameante, la rozó con la yema de sus dedos lenta y sensualmente, imaginó varios movimientos con los que alcanzar a su blanco con precisión de cirujano desquiciado, y dejó que la punta apretara su piel en varias partes de los brazos y el estómago, imaginando la sensación de penetrar en un cuerpo sólido, profunda e irremediablemente. Después, puso la hoja junto a su corazón, cerró los ojos, aspiró con fuerza, y dejó que una sensación de excitación primitiva le embargara. Fue un momento maravilloso, casi sexual. Cuando logró calmarse, guardó el arma, consideró la necesidad de llevarla con él a todas partes, especialmente a ese colegio de gilipollas alucinados, y sintió la angustia creciente de que alguien pudiera denunciarle después del episodio de hoy. El cuchillo debía permanecer oculto dentro de lo posible mientras estuviera en el horario escolar, pero también debía estar disponible para su uso en cualquier momento. Envuelto en esta bruma emocional de forma alargada, se durmió sintiéndose seguro y vulnerable a la vez.
Había encontrado ese cuchillo unos meses antes, paseando tras la cena por el barrio. Al pasar por los soportales del mercado callejero, una anciana pequeña, gorda, de aspecto rugoso y cercano al colapso, le había interpelado: “Hijo, ¿no te interesa nada de lo que tengo aquí en venta? Necesito hacer dinero para comprar mi desayuno mañana”. Frente a ella, en el suelo, en varias mantas, había desperdigados la usual colección de objetos usados, muchos probablemente tomados de casas de otros viejos fallecidos recientemente: platos, vasos, cubiertos, teteras, abanicos, destornilladores y tenazas cercanas a la herrumbre, ropa ya desgastada, servilletas de tela, y piezas de quién sabe qué, otrora elementos de un hogar hoy devastado. Nada más que quincalla. Todo, excepto ese cuchillo plegable, de buen aspecto todavía, quizá apenas usado. El estudiante no sabría explicar por qué, pero esa pieza lo atraía como si hubiera sido siempre suya. Lo tomó, lo pesó en su mano, abrió la hoja, la observó con aprobación, y le dijo a la mujer: “¿Cuánto por esto?”. “Eso no es un juguete para un niño como tú, ¿por qué ibas a quererlo?” – le respondió la anciana -. “No es asunto tuyo, vieja, dime cuánto quieres o me voy de aquí sin comprarte nada”. Con un gesto de desagrado, la mujer le pidió doscientos dólares. “Es una pieza de gran calidad. Única. Tú no podrías apreciar sus virtudes” – añadió -. Él no acertó a explicárselo, podría haber regateado, pero no lo hizo. Algo le impelía a hacerse con ese cuchillo cuanto antes, a casi cualquier precio. Sacó los billetes, se los entregó a la señora, y se despidió con rudeza: “Buenas noches, vieja. Disfruta tu desayuno mañana”. La anciana negó con la cabeza, volvió despaciosamente a su taburete bajo junto a las mantas, y advirtió al joven: “No seas soberbio y ándate con mucho cuidado, o ese cuchillo te traerá un mal detrás de otro. No es un juguete para niños, recuérdalo”. Mientras caminaba ya de espaldas al improvisado puestecillo callejero, el estudiante musitó: “Ocúpate de tus asuntos, vieja zorra. El cuchillo y yo vamos a ser uña y carne”. De vuelta a su casa, caminando por unas calles en las que la escasa iluminación formaba un claroscuro con las luces brillantes de los comercios aún abiertos, no paraba de preguntarse por qué se había gastado ese dinero en algo que, antes de salir del apartamento, no hubiera creído necesitar. Una súbita idea le hizo sonreír feliz de haber descubierto, creía, una gran verdad de la existencia: las cosas afiladas son siempre las más interesantes.
Todos estos pensamientos se mezclaban de manera fugaz en su cabeza, los ojos entrecerrados, dormitando mecido por el traqueteo irregular de un autobús casi lleno, pero repleto de cuerpos agotados que parecían preferir un estado vegetativo solo interrumpido por alguna esporádica conversación carente de interés (siempre las mismas cuestiones: ¿dónde estás ahora?, ¿sabes cuánto cuesta el arroz con verduras picantes y cerdo en ese restaurante?, ¿no sabes que en el supermercado de aquí o allá los huevos están de oferta esta semana?, no, no he visto a un médico todavía ni quiero verlo, la consulta es demasiado cara, cuando me reviente me iré a urgencias y punto, ¿este fin de semana?, no, no tengo planes, pero no quiero ir a Shenzhen, ya he gastado demasiado dinero este mes…), los frenazos frecuentes del vehículo ante el embotellamiento en la carretera, algún regüeldo o flatulencia que todos pretendían ignorar, o el sonido estridente de un videojuego centelleando ante la mirada compulsiva de algún adolescente o adulto de tendencias obsesivas en su uso del teléfono móvil. El estudiante, en realidad, estaba esperando el momento en que el autobús empezara a vaciarse, y la persona a su lado en la fila de dos asientos se levantara y se fuera. Hasta entonces, su mano había estado acariciando con fruición el cuchillo en el bolsillo de su pantalón, casi de forma obscena. Para lo que tenía planeado, los mejores asientos eran los de la parte trasera superior del vehículo, pues ahí podría controlar todos los ángulos a su alrededor, y saber si le vigilaban o no. Las interminables hileras de torres residenciales, gris y azul vidrioso, una calle tras otra, adormecían a los pasajeros. Después, la roca oscura y musgosa de las colinas junto a la autopista acentuaba el sopor visual. Pero una vez de vuelta en la zona urbana, las paradas comenzaban a sucederse, y el autobús a vaciarse. Intentando controlar los latidos de su corazón, el estudiante sacó el cuchillo plegable y lo abrió discretamente a un lado de sus piernas, en el asiento ahora desocupado. ¿Qué extraño placer podría extraer de rajar el mobiliario del autobús? Era difícil de explicar con palabras. Se trataba más bien de una excitación mezcla del poder de modificar y destruir lo que le rodeaba, junto a la trepidación de adentrarse en el terreno desconocido del comportamiento prohibido, una venganza contra las interminables restricciones y obligaciones que habían conformado su vida hasta entonces. El afilado filo del cuchillo tardaba escasos segundos en rasgar la tela del asiento, y la espuma del relleno se ofrecía obscena para el enorme placer visual del joven vándalo. Una vez causado el daño, era fundamental guardar el arma, y bajarse con celeridad antes de que el autobús alcanzase su última parada y las limpiadoras entrasen a deshacerse de toda la basura abandonada por pasajeros poco civilizados. Para el estudiante, el asiento destripado era una marca indisoluble de su existencia en este mundo, así como de su poder incipiente de afectarlo. Que no le hablaran de civismo, ni de responsabilidad colectiva. El rasgón era su grito de angustia existencial en un universo de reglas absurdas y obsoletas.
Al bajarse del autobús, la excitación le acompañaba, y caminaba rápidamente apretando con fuerza el cuchillo en su pantalón, a duras penas conteniendo los deseos de sacarlo y empezar a cortar cosas a su alrededor con él. En ocasiones, cuando creía que nadie le observaba en las zonas más tranquilas de las calles o parquecillos que atravesaba, cercenaba hierbas altas, flores, plantas o ramas de arbustos. Y fantaseaba con degollar a algún animal callejero: un gato o un perro perdidos o desprevenidos; o quizá algún pájaro impedido para alzar el vuelo y escapar. Se imaginaba la sensación de la sangre caliente regando y afilando su cuchillo, extendiéndose por sus manos, su muñeca, imbuyéndolo de un carácter de dios destructor en este mundo. Pero los peligros de atacar algo vivo e imprevisible le acobardaban y le hacían reprimir tales pensamientos, por el momento. Alguna que otra vez se sentó en un banco con tablones de madera para probar curioso la resistencia del material al metal de su herramienta ya inseparable. Incluso, se planteaba con la practicidad de un sádico el comprar cuchillas de afeitar, o agujas de coser, e intentar colocarlas en los asientos del autobús, a través de ínfimos cortes hechos quirúrgicamente para ocultar el instrumento de una venganza contra algo que no podía acabar de definir ni contornear, pero que percibía como algo existente y justificado, aunque con argumentos viciados y un tanto egoístas. Eso le llevaba indefectiblemente a la enumeración mental de objetos punzantes a su alrededor: las aristas frías y amenazadoras empezaban a obsesionarle. Quizá su propia fisonomía, pensaba, le ayudaba a desarrollar estos pensamientos. Era un muchacho de apariencia neutral, pero delgado y fibroso, sin apenas elementos romos en su cuerpo. Su pelo parecía peinado con una navaja, erizado y filoso. Su perfil anguloso, sus brazos y manos un tanto arácnidos, sus ojos que podían cerrarse en una estrecha rendija que igual podía denotar concentración como odio; todo él parecía hecho a través de cortes decididos y violentos. ¿Era acaso una persona violenta? Nunca había buscado una confrontación directa con nadie, pero los insultos y las amenazas hacían que la vista se le encharcara en un rojo intenso y todo su cuerpo se tensara en preparación para un ataque. Despreciaba la violencia física más infantil y primitiva, pero le excitaba y obsesionaba el juego un tanto suicida con la muerte y la mutilación. Cortar antes de ser cortado. Marcar fronteras de sangre. Y ese poder que aparecía y desaparecía fulgurante en la hoja del cuchillo. “La vida es una presión constante, inacabable. Aprende a cabalgarla antes de que te haga caer” -solía decirle su padre -. “La escuela. El trabajo. Las relaciones” -pensaba él -. “Sí, todo igual. La vida es presión. Y la presión es aguda, punzante, te afila o te mata. La vida era un cuchillo de filo interminable que te atravesaba de lado a lado, y todo era cuestión de ver cómo aguantábamos ese dolor”. Embebido en estos pensamientos, había perdido la noción de por dónde caminaba. Se detuvo y miro a su alrededor. Un muro de piedra y cemento que conducía a uno de los túneles peatonales en dirección a su urbanización de viviendas. Maleza, hierbas y algún árbol diseminado por parterres aquí y allí. Ruido de insectos, saltamontes, alguna rana probablemente moviéndose por el alcantarillado que discurría en las esquinas. Nadie alrededor. Luz mortecina de atardecer casi acabado. Sacó el cuchillo del bolsillo, lo abrió, puso su palma izquierda abierta junto a la mano que empuñaba el cuchillo, y, entonces, con un rictus de resignación inapelable, tomó la decisión…
Monday, June 8, 2026
El/La arribista
Tuesday, June 2, 2026
Los insectos (III)
Las puertas abiertas de par en par del almacén semejaban la entrada vejada de un paritorio. De las muchas cajas de productos secos, hierbas y carcasas de animales de facultades insospechadas que se apilaban a los lados formando un pasillo, brotaban interminables hileras de insectos de variados colores, aunque el ocre de las cucarachas y el rojo y el negro de las hormigas predominaba. Las filas en movimiento avanzaban en libertad por el pasillo, hacia el ascensor y las escaleras, en una sordina bisbiseante que, sin embargo, anegaba el cerebro de Liu y la impelía a la parálisis. Aún peor, tumbada en una silla reclinable, fofa y gelatinosa, con la parte inferior del abdomen rezumando un líquido verduzco y fosforescente, una descomunal cucaracha madre retorcía boca arriba sus patas mientras no paraba de dar a luz una y otra vez a decenas de pequeños insectos, los cuales una vez escupidos a este mundo correteaban desesperados en círculos buscando a su colonia, o un lugar oscuro y húmedo como aquel del que acababan de salir donde ocultarse y esperar. Un pensamiento de estúpida practicidad cruzó la cabeza de Liu: esto es imposible, las cucarachas son ovíparas. ¿Qué animal horrendo es este que tengo enfrente? Sin embargo, las hileras de insectos en fuga devoraron toda posible continuidad en el pensamiento de la mujer. Además, con un terror cerval, Liu adquirió la súbita certeza de que el animal en la silla la observaba concentrada, y la llamaba por su nombre, cual si fuera un familiar cuyo contacto se hubiera perdido mucho tiempo atrás. Abrumada por la mezcla de sensaciones, Liu gritó con todas las fuerzas que le quedaban y empezó a correr en dirección a las escaleras, sin importarle que le acompañaran en esa dirección miles de pequeñas criaturas.
Con respiración entrecortada y desigual, bajó los escalones de los doce pisos que separaban su oficina de la calle, adelantando en su apremio a todos sus rivales de más pero menos largas patas. En su cabeza se mezclaban una sensación de realidad absoluta y desoladora junto con la imposibilidad total, insuperable, de que lo que estuviera viviendo fuera cierto.
La calle registraba ahora un nivel de bullicio ligeramente superior al que tuviera hace un rato, cuando Liu salió de la boca del metro y se dirigió a su oficina. Sin embargo, para ella algo había cambiado radicalmente la esencia del lugar. No se sentía ya segura, integrada, entre estas moles de cemento, puesto que había descubierto quienes eran los verdaderos dueños del lugar. La verdad se ofrecía descarnada a sus ojos hinchados: insectos negruzcos, marrones, verdes, con alas, con antenas, larvas, gusanos, pululaban por todas partes; se subían a los vehículos que circulaban en la carretera por los huecos del chasis; formaban juguetones los nombres de los negocios marcados en los letreros; generaban bultos movientes dentro de las ropas de toda la gente que caminaba maquinalmente a su trabajo sin que esto pareciera molestarles lo más mínimo. Es más, se alimentaban de la cera de sus oídos, del flujo nasal solidificado en sus fosas; del agua viscosa que escondían sus cuencas ahora amarillentas. La simbiosis entre el paisaje y los insectos parecía monstruosa, enfermizamente perfecta. Y Liu no podía escapar a este escenario, a este sino que a su alrededor todos aceptaban como natural.
El picor cutáneo que le llegaba por oleadas desde que se despertara se había transformado en un ardor doloroso. Observó su piel, trabajosamente mantenida en un tono lechoso y en una textura tersa durante años, y vio cómo por momentos se oscurecía, o incluso llegaba a tonos cárdenos, y pequeñas hinchazones aparecían por sus cuatro extremidades. Tenía el convencimiento de que todo su cuerpo estaba sufriendo el mismo proceso. Varias hormigas habían comenzado a escalar sus tobillos, diríase que con un cuidado y una delicadeza morbosos, una cucaracha de considerable tamaño se acercaba tímida hacia ella como si fuera un perro en busca de dueño, y Liu comprendió que los insectos de la calle iban a cubrirla y devorarla. Calló al suelo vencida por el miedo, y sus chillidos acallaron el resto del ruido matutino a su alrededor. Varias personas se acercaron, aunque manteniendo una distancia prudencial por si el pánico de la mujer derivaba en algún escorzo violento.
-Pobre, ¿qué le pasará?
-¿Qué te duele, hija, necesitas ayuda?
-Por favor, que alguien llame a una ambulancia o a la policía.
Tan solo los insectos seguían llegando hasta ella, y parecían querer abrazarla con todo su cuerpo, para que dejara de sentirse aislada y se calmara.
Liu no supo cuánto tiempo estuvo gritando y retorciéndose boca abajo en la calle hasta que alguien o algo la levanto y, sujetándola por brazos y piernas, la subieron a un vehículo con una cama dentro. Una ambulancia, suponía ella, aunque apenas podía concatenar recuerdos, puesto que la conciencia de decenas de insectos pululando, ahora sí, de forma real, por su cuerpo, y la visión vomitiva de esas personas con hormigas, gusanos y similares criaturas invadiendo sus rostros como si fuera lo más natural, impedían ninguna construcción temporal lógica dentro de su cerebro. Recuerda incluso a un hombre con un uniforme azul que no hacía más que vomitar lombrices cada vez que abría la boca, y a un supuesto enfermero cuyo brazo era una oruga enorme que la apretujaba contra la cama de la ambulancia, pese al esfuerzo de Liu por levantarse y escapar de allí. Todo, absolutamente todo, a su alrededor, estaba cubierto de una herrumbre viscosa, y de manchurrones gruesos que en cualquier momento podrían abrirse y dar salida a una nueva bola de criaturas invertebradas. Y, mientras todo esto pasaba, Liu sabía que una transformación demencial se gestaba dentro de su organismo, sin que ella pudiera impedirlo de ninguna manera. Era imposible seguir resistiendo. Sólo le quedaba cerrar los ojos, exhalar el aire tóxico que circulaba por su garganta, y esperar la muerte, esa purificación última prometida que nunca llegaba.
Pero no fue la muerte, sino sueños absurdos y perversos, lo que vino a su encuentro. Seres de talle humano pero con cabeza de cucaracha que se paseaban orgullosos frente a ella; niños cubiertos por chinches, garrapatas y termitas que querían abrazarla y, para su horror, llevarla a jugar con ellos a pequeñas ciénagas instaladas frente los edificios residenciales; polillas que devoraban primero el pelo, luego el cuero cabelludo, y finalmente la piel y el músculo de las cabezas de mujeres de aire indolente que se dejaban hacer con una sonrisa casi sacrificial; hombres de negro cubiertos por sotanas de las que sobresalían patas delgadas y peludas, y en cuyas bocas mandíbulas dentadas musitaban una plegaria descompuesta y mareante. Todos la saludaban, y parecían felicitarla por algo, Liu no acababa de entender muy bien el qué. Ella sonreía y agradecía los cumplidos, pero no había felicidad ninguna en su proceder, sino una tristeza inconsolable por algo que ella recordaba haber perdido irremediablemente, aunque no supiera a ciencia cierta qué podría ser. Una sensación de pertenencia forzada la embargaba, y la angustia de algo muy importante que se hubiera quebrado la acompañaba en este paseo por una ciudad reconocible y distinta a la vez. Hubiera querido llorar, pero tenía miedo de estos insectos humanos, pese a sentirse plenamente aceptada entre ellos. Mejor fingir por ahora.
No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero al despertarse la realidad le pareció mucho más tenue y difuminada que el mundo onírico del que había vuelto. Estaba sola en una pequeña habitación de paredes grises, con una cama, una mesilla y varias sillas redondeadas de metal a un lado. Por la ventana a su derecha se filtraba un haz de luz rojizo que parecía anunciar un atardecer terroso, caliginoso. Al poco, una enfermera abrió la puerta y, viendo los ojos abiertos y casi suplicantes de Liu, sonrió e hizo un gesto pidiéndola que esperara. Cerró la puerta y sus pasos se perdieron repiqueteando en el exterior, quizá en un largo pasillo de ventanales melancólicos. Si hubiera podido, se habría levantado de la cama, pero una banda no muy tensa cubría su vientre y la mantenía en una forzada posición de decúbito dorsal. Tampoco se sentía con fuerzas suficientes para ir mucho más allá, así que una paradójica resignación evitaba cualquier amago de fuga. Liu se preguntó se le habrían dado algún sedante o alguna droga para que se sintiera así, liviana y satisfecha con la situación resultante. Sus disquisiciones fueron interrumpidas por la llegada de un doctor de apariencia joven, probablemente uno de esos cristianos amables pero estrictos que pueblan la novelería popular, que quiso iniciar una conversación casual con la paciente:
-Bueno, ya ha despertado, ¿cómo se siente? ¿Algún signo de malestar? ¿Mareos?
-No, nada de eso – dijo Liu-. Me siento mucho mejor ahora. Creo que ya ha pasado todo. No sé qué ha podido ocurrir exactamente…
-Excelente. El episodio de crisis se ha extinguido. ¿Qué puede haberlo causado?, nos gustaría saber. ¿Alguna idea al respecto?
-No, yo, bueno, siento mucha repulsión por… -una contracción en el vientre de Liu le hizo interrumpir su discurso-.
-Tranquila, seguro que está muy cansada – replicó rápidamente el doctor-. En su estado, debe descansar y cuidarse todo lo posible. Procure estar lo más calmada posible.
-Sí, es cierto -sonrió Liu, y de manera casi mecánica se llevó las palmas de ambas manos a la barriga-. Esto es lo que yo había deseado siempre. Sería tan estúpido perderlo por un incidente aislado. Jamás me lo perdonaría.
Las antenas en la cabeza del doctor vibraron con empatía. Las miles de diminutas lentes de sus ojos compuestos se centraron en la figura de Liu: -Sí, eso es cierto. Sería algo terrible, señorita. Nuestra misión es ayudarla a que todo el proceso se desarrolle sin problemas y pueda usted traer a un nuevo y maravilloso ser a nuestro mundo.
Liu presionó con delicadeza firme su vientre y asintió en silencio. Allí dentro estaba el nuevo sentido de su vida. No iba a permitir que ninguna neurosis le arrebatara a su criatura, tuviera esta la forma que tuviera. -Gracias, doctor -musitó distraída.
Este anotó algo en un papel sujeto a una tabla fina, observó a la mujer por unos segundos, y comenzó a dirigirse a la puerta. Agarró el pomo, y antes de abandonar la habitación, se giró y dirigió estas palabras a Liu: -Muy bien. Muy pronto le daremos el alta, si no hay ningún episodio o crisis más en las próximas horas. Es una gran noticia verla tan animada. Descanse, es su deber, ahora. Y recuerde… -unos segundos de duda entre irónica y admonitoria separaron la última parte de su frase-, señorita Liu, que es un exceso de vanidad el querer caminar por la vida sin llagas ni insectos dentro. -Y dicho esto, salió de la habitación y cerró suavemente la puerta tras de sí. Liu comenzó a frotar por debajo de la banda su estómago para intentar producir una sensación de calidez, y a la vez dirigió su vista hacia la ventana. No podía vislumbrar el exterior, pero el haz de luz que se expandía despacioso comenzaba a dar a la habitación un tinte de hoguera primigenia. Arder si los demás se lanzan al fuego -pensó Liu-; ser uno con la colonia. Todo va a estar bien. Vamos a estar bien.
Cerró los ojos y, apaciblemente, dejó que los sueños volvieran a ella.
Sunday, May 31, 2026
Los insectos (II)
Con una rapidez forzada y antinatural, caminó por las calles del distrito industrial hasta el edificio dilapidado donde se encontraba la oficina de su pequeña empresa, un fabricante local de gomas y piezas de encaje para las duchas con las fábricas en Foshan, pero centro administrativo aquí, debido a las frecuentes exportaciones a otros lugares del mundo. El sol golpeaba inmisericorde a los múltiples viandantes, y multiplicaba la fetidez de los efluvios que décadas de uso industrial habían asentado en esta zona. Como tantas otras áreas industriales de Hong Kong, esta había visto mejores tiempos, y hoy muchas empresas habían movido sus operaciones al interior de China, quedando fundamentalmente aquellas dedicadas al mercado local o cuyos dueños pertenecían a la pequeña burguesía de esta urbe. La desocupación había dejado amplios espacios para que colonias de criaturas diversas se expandieran por los, a veces muy decrépitos, edificios, y Liu solía sentirse asqueada por la frecuente visión de cucarachas, hormigas y ratas en las calles y en los pasillos interiores del lugar. Parecía que ninguna campaña de erradicación pudiera surtir efecto a largo plazo, las hordas invertebradas volvían a aparecer a los pocos días, o, como mucho, semanas. Después de los desasosegantes episodios de esta mañana, era mejor correr a su escritorio, revisar que nada se moviera a su alrededor, y embotar el cerebro con las decenas de correos, albaranes y facturas que esperaban preparación. Así, y de forma sorprendente para ella misma, logró ignorar la visión de unos cuantos insectos que parecían abrirle paso tímidamente, ahora se diría que asustados de su voluntad reforzada.
En la oficina, como siempre, solo una porción de los empleados había llegado. El dueño solía ser el último de todos. Su cabeza afeitada y su panza descomunal le daban cierto aspecto de escarabajo sonriente, pensaba Liu con frecuencia. Saludó a la anciana mujer de la limpieza, llegó hasta su cubículo, se sentó en su silla y encendió la pantalla de su ordenador. El cristal oscuro que comenzaba a iluminarse, sin embargo, le devolvió un reflejo preocupante: un rostro desencajado y pálido, en el que destacaban varias manchas rojas, alarmante presagio de una erupción causada quizá por el estrés de los episodios acaecidos desde que iniciara el día. Con desagrado, Liu sacó su caja de maquillaje del bolso y se encaminó hacia el baño.
Este era un cubículo de escasas proporciones, con las paredes cubiertas por baldosines marrones en las que la suciedad parecía enquistarse con pasmosa facilidad. La luz de la mañana se filtraba por el ventanuco y ayudaba a aumentar la sensación de caparazón gelatinoso del lugar. Un diminuto lavabo y, sobre él, un espejo que comenzaba a ajarse en los bordes, y una taza de váter ya desgastada por el uso comunal pero, por lo general, aceptablemente limpia, constituían el mobiliario, completado con la escobilla oscurecida y varios botes de productos de desinfección usados por la limpiadora. Liu observó su reflejo difuminado por los haces amarillentos del sol e intentó calmarse. Quizá estaba siendo excesivamente aprehensiva con toda esta cuestión de los insectos, al cabo ninguno la había atacado directamente todavía. Era tan sólo que su mera presencia se le hacía tan ofensiva, tan intolerable… ¿Cómo podía ser que los demás no sintieran lo mismo que ella? ¿Sufría acaso de un exceso de celo en cuestiones higiénicas o era falta de educación en estos menesteres lo que cegaba a la mayoría de sus conciudadanos? El mundo está lleno de seres absolutamente incomprensibles, pensó entre la tristeza y la indignación. Tras recomponer un poco el maquillaje matinal, decidió usar el baño antes de volver a su escritorio. Necesitaba orinar para que los malos tragos de la mañana se escurrieran en el olvido.
Levantó la tapa de la taza, limpió el asiento con un poco de papel higiénico, se sentó y, casi mecánicamente, abrió la pantalla de su móvil para distraerse unos instantes. Sin embargo, apenas hecho todo esto, una sensación de peligro y desagrado se extendió por su cuerpo, a la vez que el picor cutáneo en toda su piel se intensificaba. Algo parecía moverse desde el fondo de la taza hacia la superficie, o eso creía Liu. Alarmada, se levantó con brusquedad y bajó la mirada. Reptando por la superficie blanquecina, escapando al líquido ahora amarillo del fondo, una maraña de gusanos rosados ascendía de manera nerviosa, casi frenética. Algunos parecían ya a punto de alcanzar el asiento que pocos segundos antes ocupara la mujer. La visión de Liu se emborronó por unos instantes, la habitación pareció girar varias veces a su alrededor, y un grito ahogado se deshizo entre su garganta y su boca. Para su horror, un par de gusanos de la bola viscosa había logrado estirarse y alcanzar la parte interna de sus muslos. Uno en cada uno. Su ascenso en el cuerpo de Liu era si cabe más enconado. Desesperada, la mujer comprendió que los gusanos en sus piernas avanzaban buscando una apertura en su cuerpo. Un instinto ciego los guiaba hacia su sexo. La respiración de la mujer se volvió pesada como el cemento y sus músculos parecieron reblandecerse y perder toda fuerza súbitamente. Gritando ahora sí a pleno pulmón, comenzó a golpearse con las palmas abiertas en los muslos, con toda la violencia desaforada que ese día había acumulado en ella. No sabría decir cuántos segundos estuvo golpeándose, pero sólo cuando la sensación de movimiento ajeno en sus extremidades desapareció pudo adquirir conciencia plena de la situación, mirar con asco infinito sus palmas enrojecidas y cubiertas de un líquido ámbar en el que todavía se retorcían los pocos fragmentos de los animales que no habían explotado bajo los golpes, colocar rápidamente las manos bajo el grifo del lavabo y abrir con fuerza el agua. Mientras tanto, el resto de gusanos pugnaba ya por lanzarse al vacío desde la vertiginosa altura del asiento del váter. Los ojos monstruosamente agrandados por el horror de Liu observaban esta operación, mientras el agua purificaba sus manos e intentaba lavar torpemente sus cárdenos músculos. Corría peligro en esa habitación. Necesitaba escapar de allí. Con desesperación se subió unas bragas que habían perdido su condición inmaculada en el frenesí, recompuso como pudo su falda, y salió corriendo del baño. La poca presencia de empleados en estas horas todavía tempranas de la mañana dio cierta privacidad a la salida extemporánea de Liu. Tan sólo la mujer de la limpieza se percató de que algo ocurría. Con la calma fatalista de muchos años de trabajo invisible, se acercó a preguntar:
-¿Estás bien, hija? ¿Te ha pasado algo ahí dentro? -dijo con una voz que denotaba a la vez amabilidad y dureza amarga, una voz que sólo las vidas anegadas en el desprecio y el desastre pueden alcanzar.
-Sí, los gusanos, están ahí, saliendo a borbotones de la taza. Es horrible, ¿por qué…? -la frase se congeló en la boca de Liu. Nada tenía sentido. El mundo se había convertido en un gigantesco huevo podrido.
Los cabellos lacios y escasos de la anciana se retorcían en contracciones vermiculares y espasmódicas, como les correspondía a los gruesos gusanos que constituían el que antes fuera pelo de la mujer. Era como si estas lombrices monstruosas estuvieran enquistadas al cuero cabelludo de la limpiadora y pugnaran desesperadamente por escaparse y buscar otras cabezas que habitar. Diminutos insectos se movían por su cara, entrando y saliendo de las fosas nasales y la boca, cual si habitaran la corteza de un viejo tronco y no la piel cuarteada de un ser humano.
Liu gritó y comenzó a dar pasos hacia atrás, defensiva, desesperadamente.
-¿Qué te pasa, joven hermana? -la anciana avanzaba y tendía su mano, en cuya palma un agujero cauterizado rebosaba de diminutas hormigas que correteaban por el brazo en direcciones caóticas.
Liu gritaba y pedía ayuda, alguien debía ser capaz de ver y sentir lo que ella estaba sufriendo en ese momento. Era todo demasiado intenso y continuado para ser una alucinación. Era monstruosamente real.
-¿Qué pasa ahí? -una voz vagamente familiar, alguien que trabajaba allí, aunque Liu no podía identificar quién, se acercaba entre las mesas, ficheros, ordenadores y separaciones-. Liu miró con la desesperación del ahogado que quiere ver tierra para mantenerse en la superficie unos segundos más. Sí, era su compañero, era… una cara descompuesta por el vómito de gusanos cayendo incesantes por la boca, los globos oculares reventados por las lombrices que luchaban por desgajarse del cuerpo. El mundo entero buscaba infectarla, destruirla, deshumanizarla sin remedio.
Escapar. Correr. Pura supervivencia. Liu se lanzó hacia la puerta de entrada a la oficina, con los dos engendros de sus antiguos compañeros de trabajo detrás, vociferando incoherencias contaminantes. La puerta, la salida, pesada, lenta, dios mío, iban a agarrarla, ¿qué podrían hacerle entonces? Logró abrir un hueco suficiente, salió al pasillo aséptico de paredes naranjas. Correr hacia las escaleras, mejor que el ascensor. Nadie aparecía frente a ella. Era como si el mundo hubiera sido ya devorado. Y, entonces, al pasar frente a la puerta del almacén de productos secos medicinales chinos que tan bien creía conocer, lo vio...
Friday, May 29, 2026
Los insectos (I)
A Liu le horrorizaban los insectos. Su carácter de saco invertebrado de líquidos le repugnaba sin límite. Su multiplicidad, capacidad de esconderse y reproducirse le causaban una verdadera agonía mental. Con frecuencia sufría de pesadillas en las que insectos diversos penetraban en su cuerpo mientras dormía a través de diversos orificios, y al despertarse necesitaba correr frente al espejo del baño y palparse con angustia para comprobar que las repugnantes criaturas no estaban moviéndose aviesas entre sus entrañas. Secretamente, había rezado y hecho ofrendas a diversos dioses, tanto locales como occidentales, para que algo así nunca llegara a ocurrirle.
Ese día, desde el primer momento, algo desazonador parecía acompañar cada uno de sus movimientos. Un cosquilleo inquietante recorría su piel, y a veces parecía querer introducirse a través de sus poros. Diminutas manchas oscuras aparecían y desaparecían en su campo de visión, juguetonas sombras a las que Liu no sabía si su imaginación ponía patas o no. Ya en el baño tuvo que utilizar un fragmento de papel higiénico para capturar a una pequeña cucaracha bebé que escalaba frenética la llanura interminable de baldosines de la pared aledaña a la ducha, probablemente intentando escapar de las nubes de vapor formadas recientemente. La inexperiencia del joven insecto habría de costarle la existencia, pensó una sanguinaria Liu. Mala señal, de todos modos. Luego, tras el rápido desayuno de bollo dulce y té rojo, y en el frenesí preparatorio de inicio del viaje al trabajo, otro de estos diminutos seres, hermana quizá de la anterior finada. pudo ser avistada entre las migajas caídas al suelo, quizá queriendo hacerse pasar por un pedacito más del pan devorado. Escoba, recogedor y bolsa de basura dieron buena cuenta de la atrevida criatura. "Dios mío" -pensó Liu entre la ligereza y la alarma- "¿Tendré una colonia de cucarachas oculta en algún rincón o grieta de mi casa? No puede ser. Esta misma noche debo revisar a conciencia y esparcir suficiente veneno". Y tomando nota mental de la nueva obligación asumida, recogió su bolso negro, se calzó los zapatos de oficina, y salió de la casa. En el pasillo al ascensor, bajo los fluorescentes amarillentos, le pareció ver corretear varios bultos marrones de tamaño considerable, huidizos y repugnantes, pero cómo pararse a comprobarlo, con el tiempo justo para llegar al trabajo.
Una vez en la calle, el verano hongkonés parecía conspirar para construir un verdadero paraíso para el mundo de los artrópodos. El calor asfixiante y la humedad extrema, reforzada por las frecuentes lluvias, más las montañas de basura generadas por la acumulación humana en la ciudad, ofrecían posibilidades infinitas para la proliferación y refuerzo de las ya milenarias especies. Mosquitos insaciables, abejorros mareantes y aterradores, mariposas engañosas en su aleteo hipnótico, hormigas numéricamente interminables y no siempre exentas de ferocidad, y cucarachas de todos los tamaños, aladas o trepadoras, recibían a Liu con una sinfonía desquiciada y chirriante. "Esas hormigas saliendo del pavimento roto" -se decía ella-, "¿de dónde salen en tan gran cantidad hoy? ¿Soy yo o hay muchas más de lo habitual? ¿Huyen del calor aplanante, de las obras, o han iniciado un ataque final contra la Humanidad?" -y, por si acaso, aceleraba el paso en dirección a la boca de metro, tratando de no reducir su cadencia al caminar para que los mosquitos no pudieran alcanzarla. Era agradable vivir en un barrio con más árboles e hierba de lo habitual, por algo estos eran los Nuevos Territorios, pero el precio a pagar en convivencia con insectos y otras pestes hacía que Liu suspirara por un apartamento elevado en un buen barrio de la Isla.
La entrada al metro, como de costumbre, resultaba ser un vórtice bullicioso de personas, unas veloces y elásticas y otras despaciosas y frágiles. El engullimiento y vómito incesante de humanos dinamizaba la calle y el paisaje de ventanas y aires acondicionados que rodeaban esta entrada y bloqueaban la vista del cielo. Sin embargo, algo extraño parecía ocurrir, de manera simultánea al incremento en el picor cutáneo que Liu sentía desde que se levantara. ¿Qué era exactamente? Al acercarse a las escaleras de bajada al metro, pudo comprobarlo. Esquivando milagrosamente las decenas de pies que martilleaban los escalones, un nutrido grupo de enormes cucarachas ascendía zigzagueante, pareciera que en busca de la libertad prometida por la luz solar arriba, algo extrañamente antinatural en estos animales. No pudo reprimir un grito de horror al ver avanzar hacia ella esa escuadra repugnante, y a punto estuvo de perder el equilibrio, aunque la barandilla metálica de separación en las dos direcciones (ascendente y descendente) ayudó a evitar una caída de funestas consecuencias. Las cucarachas se movían a una velocidad escalofriante, trepando por escalones y pared, salvo cuando decidían detenerse súbitamente, bajo un instinto preternatural de conservación que evitaba el aplastamiento bajo esa avalancha de gigantes con suelas asesinas. El pequeño grupo de insectos tardó sólo unos segundos en sobrepasar el escalón de Liu y llegar a esa tierra prometida de la superficie, donde siguieron su frenética huida de quién sabe qué monstruosidad moderna. Ella se percató de que estaba completamente paralizada, sus dos manos aferradas fuertemente a la barandilla y un rictus de terror en su cara. Sin embargo, la muchedumbre de dos patas seguía pasando a su lado como si nada hubiera pasado, y las miradas reprobatorias por obstaculizar el descenso comenzaban a caer sobre su cuerpo empapado en sudor. Las lágrimas estaban a punto de brotar descontroladas de sus ojos empequeñecidos por el terror. "Pero, no han visto..." -un hilillo de voz salía tembloroso de sus labios-. "Sí, hija, sí, anda, camina" - le contestó sonriente una mujer mayor con aspecto de contable que bajaba los escalones cuidadosamente-. Haciendo un enorme esfuerzo, Liu logró mover sus piernas y caminar de forma poco menos que maquinal hasta el andén.
Allí, la inercia de la multitud la empujó dentro del vagón cuando las puertas del tren se abrieron. El aire acondicionado, excesivo hasta lo helador, mezclado con la impresión borrosa de lo que acababa de suceder, formaba un caldo verduzco y burbujeante en el estómago de la pobre mujer, de tal forma que tuvo que sujetar su estómago con una mano y el asidero con la otra y hacer un esfuerzo por no vomitar sobre todos los que la rodeaban. Lo mejor sería entrecerrar los ojos y adormecerse hasta llegar a su parada, todavía a mucha distancia, pensó ella. Fijó su mirada hasta entonces distraída en los marcadores luminosos de las diferentes paradas de la línea, y una sacudida eléctrica de asco puso todo su magro cuerpo en tensión. Una gruesa oruga de un rojo translúcido se contorsionaba cadenciosamente para avanzar a través del marcador, diríase que a la par que los nombres de paradas que iban quedando atrás. Los puntos azules traspasaban el cuerpo semitransparente del animal, aunque en gran medida se mezclaban con el escarlata atenuado que fluía por su interior. La mente de Liu repetía obsesiva una frase que había escuchado varias veces: "Rojo, color del veneno". Arcadas violentas comenzaron a anunciarse desde su vientre hacia su garganta. No pudo reprimir un gesto de incredulidad, llevándose una mano a la boca y torciendo esta en un espanto irrefrenable. La gente a su alrededor la comenzaba a observar con alarma, y un círculo de distanciamiento comenzó a hacerse a su alrededor. Incapaz de dar una explicación calmada, Liu señaló con su dedo hacia el marcador de paradas, pero toda la atención parecía ser absorbida por su gesticulación exagerada y el copioso sudor que añadía dramatismo a su rostro descompuesto. Nadie miraba a esa oruga que inexplicablemente viajaba con ellos. Con un esfuerzo descomunal, Liu logró articular una tenue concatenación de frases: "¿No la ven? En el marcador, ahí...". "¿Está usted bien, señorita? ¿Necesita atención médica?" -acertó a preguntar un hombre con aspecto de obrero de la construcción con aire preocupado. Con una repulsión que jamás hubiera creído llegar a experimentar, Liu reconoció una oruga similar, sólo que más pequeña y mucho más delgada, quizás hija de la anterior, agarrada a la parte trasera del cuello del hombre que la había interpelado. Empezaba a dudar de si la pregunta se la había hecho él o el rojizo animal que parecía cabalgar y dominar a su montura. Un llanto casi infantil de indefensión anegó a Liu, y el círculo de aislamiento a su alrededor se ensanchó dramáticamente. Durante varias paradas, la pobre mujer fue incapaz de levantar su mirada del suelo, y los sollozos salían entrecortados de su garganta con espasmos de regurgitación que no acababan de alcanzar una salida. El silencio a su alrededor era tal vez más espantoso que su propia imagen.
De alguna manera, una conciencia adquirida con la práctica repetida durante años hizo saber a Liu que su parada era la siguiente. Recomponiéndose como pudo, y sin atreverse todavía a mirar al marcador o a los otros pasajeros, salió del vagón y encaminó sus pasos hacia las escaleras mecánicas que la llevaran a la superficie. Una última y furtiva, rápida mirada al marcador de líneas en aquel maldito tren sólo le devolvió un brillo rojizo y difuminado bajo nombres y letras que bailaban una danza macabra. Quién sabe dónde estarían ahora las orugas. A su alrededor, indiferentes cual autómatas, el resto de viajeros se movía formando y rompiendo líneas, ajenos a nada que no fuera su tórpida rutina diaria. Controlando a duras penas los temblores que sacudían su cuerpo, Liu logró unirse a una de estas líneas de avance en dirección a su salida. Sus ojos ahora abiertos exageradamente en busca de criaturas reptantes o trepadoras se movían en todas direcciones, pero siempre evitando el contacto directo con otros humanos.
Tuesday, May 26, 2026
Un conocimiento propio
Algunos, pocos, hombres logran alcanzar un conocimiento propio. No totalizador, pero suficientemente satisfactorio en sí. Ese conocimiento justifica el hecho de estar vivo, de existir. Muy importante, no es un conocimiento heredado, sino construido trabajosamente a lo largo de los años, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Es un conocimiento de apariencia insignificante para la mayoría de sus congéneres, pero fundamental y autosuficiente para su poseedor. Como tal, es intransferible. Es un fragmento de luz congelado en la eternidad, y efímero a la vez; por tanto, de naturaleza totalmente humana. No suele tener gran utilidad instrumental, más allá de ser guía vital para su creador. Es subjetivo, volátil, y difícilmente cuantificable. No es numérico, aunque en ocasiones puede hacerse un esbozo con números. Tampoco es totalmente silábico. De cualquier forma, necesita una estructura para desplegarse en el mundo. La imperfección de ese despliegue es inevitable. La transmisión de ese conocimiento es un anatema ridículo, y fácilmente derivable en obsesión dogmática. Su función es pacificar, equilibrar, en ocasiones incluso sanar daños internos. Puede ser explicativo en ocasiones, pero con las graves limitaciones de la separación entre individuos. En otras, puede ser narrativo, y serpentear juguetonamente de manera casi infinita, o cerrarse circularmente; en estos casos la forma suele imponerse al contenido, aunque tienden a hacerse indistinguibles a medida que ambos se expanden. De todas estas diferencias se derivan diferentes disciplinas, pero al poseedor del conocimiento le suelen importar muy poco esas taxonomías. Es más bien a los ladrones, representantes espurios o lánguidos sacerdotes de conocimientos ajenos a quienes la compartimentalización y usufructo irresponsable del conocimiento ajeno les interesa como apropiación egoísta de un bien que no han sabido alcanzar por méritos personales. A los dueños de un conocimiento propio se les suele ridiculizar en vida. A veces, se les asalta, detiene y agrede con venenos y castigos psicológicos profundamente sádicos. La separación del resto de la sociedad es recomendable en casi todos los lugares, puesto que el ejemplo de pensamiento propio puede perturbar el gregarismo inherente a las civilizaciones que promueven las relaciones hueras y el automatismo servil (casi todas, al cabo). Los conocimientos propios han sido motivo de linchamientos, piras humanas, empalamientos, ahorcamientos, trepanaciones, destierros, torturas médicas, despidos, otras muertes sociales, y más recientemente, burlas y acoso en el mundo virtual de las Redes Sociales. Son peligrosos para los fingidores de sabiduría, autoritarios e intolerantes. Son inquietantes para quien vive cómodo en la superficie de las cosas. Son un antídoto contra la mentira y la crueldad que contamina nuestras ciudades. Son un tesoro intransferible, el único duradero, y por ende, completamente carente de valor.
Tuesday, May 19, 2026
Apuntes volanderos sobre el mundo del trabajo y sus implicaciones socioculturales
Es manifiesta globalmente una tendencia hacia la disolución de códigos deontológicos para romper y arrasar con la conciencia de pertenencia a un grupo profesional, con el sindicalismo y con la conciencia de clase en general. Así como también es marcadamente manifiesta la sustitución de dichos códigos deontológicos por elementos corporativistas o puramente arribistas e individualistas (el supuesto espíritu emprendedor o la ausencia de ética profesional por espúrios motivos coyunturales de escasa duración temporal).
