Wednesday, July 8, 2026

Geografías locales XIX

Salimos del metro, vomitados en hordas de familias coloridas, niños gritones cruzándose por todas partes, voces chillonas lanzando admoniciones en diversas variantes de la lengua china. El cielo es una enorme luz blanca de neón que rebota y se refleja por los numerosos pasillos y escaleras mecánicas del centro comercial. Visitantes llegados para bajarse del transporte, comprar y volverse a dondequiera que residan a la mayor velocidad posible, pululan frenéticos entre ancianos lentos de aspecto disgustado. Quizá alguno de ellos recuerde un tiempo en el que este distrito era diferente. Más tranquilo. Más humano. Más local. Había menos malls y más espacios públicos. Bienvenido a Sha Tin. Antigua ciudad satélite. Hoy punto señalado para el turismo de flash shopping. Joyerías, tiendas de bolsos, ropa femenina de alta costura, ropa deportiva de marcas internacionales, restaurantes de indiscutible sabor sínico. Los ya decrépitos habitantes de todas esas torres residenciales para habitantes desfavorecidos se mueven con un rictus amargo de descreimiento entre estas galerías de consumismo orgiástico y un punto pacato. Sus nuevos vecinos de las más estilizadas y elegantes torres privadas les resultan familiares y ajenos a la vez. Son aquel miembro lejano de la familia que se quedó al otro lado de la frontera, soportando penurias y miserias sin cuento, revoluciones, purgas, rectificaciones, expropiaciones, extorsiones, al que incluso dieron por muerto varias veces, y al que hoy observan con estupor llegar cargado de riquezas y ostentación, artificialmente fresco y vengativamente arrogante. Pero el flujo demoniaco de los pasillos no permitirá largas reflexiones. Es necesario moverse. Cambiar. Gastar o desaparecer. Un murmullo ensordecedor de frases inconexas e insustanciales martillea nuestros cerebros hasta la cefalea más monstruosa. ¿Alguien ha medido alguna vez la toxicidad emocional de estos engendros de la arquitectura moderna? Como en una maldición infernal y eterna, un corredor lleva a otro similar, una sucesión de tiendas internacionales a otra, el nombre grandilocuente de unos grandes almacenes a otro no menos chillón e hiriente. De ninguna manera esperes encontrar un asiento. Esos son secretos bien guardados por los condenados a no ver el sol bajo estos techos elevados. Fuera, entre explanadas de cemento y un calor inmisericorde, algún que otro pequeño refugio para los desheredados de esta tierra sobrevive. Un centro cívico con un interior muy poco civil y una biblioteca de baños escondidos e insuficientes quieren hacer las veces de clemencia para con los pobres. Las anchas escaleras de acceso que separan estos edificios de la parte comercial sirven de improvisado mosaico humano de empleadas domésticas buscando siquiera un rectángulo de huida de la opresión laboral en que su vida se convirtió al pisar las tierras de la prosperidad incalculable (al menos para ellas). Avanzamos hacia el río y los vestidos blancos y los trajes elegantes nos anuncian la aparición inesperada de un registro civil. Parejas cada vez menos jóvenes abrazan legalmente unos lazos que habrán de liberarles de la tutela paterna o asfixiarles de una manera no muy diferente. La felicidad que necesita consensuarse en contratos ha de acabar resultando tóxica al cabo. Unos pasos más, y frente al río se entreven los arcos de entrada a un parque alargado, sorprendente por momentos, tierra segura para el que no tiene una tarjeta de crédito, simpleza en los gritos de alegría infantiles, humildad desparramada en las escasas sombras disponibles pese a la longitud. ¿Por qué hay más niños dentro de los centros comerciales que aquí? ¿Es realmente el clima? Quizá es algo más, una visión retorcida de la vida que desprecia lo natural. Más allá, grandes puentes de patriótica decoración cruzan las aguas y conectan con barriadas nuevas o con urbanizaciones dilapidadas que una vez fueron el extrarradio. Puede que incluso, incrustado, insignificante entre tanto rascacielos venido a menos, nos topemos con algún pequeño pueblo que encontró la triquiñuela legal para esquivar la demolición. Buena suerte frente a la avaricia de los amos de la ciudad. La justicia, aquí, se imparte a los que puedan pagarla, mayormente. Como en todas partes, dirán; pero no de forma tan exacerbada. Volvamos al metro, al laberinto de galerías y destellos cegadores. En algún nivel, hemos escuchado, hay una salida a varios parques infantiles en las azoteas. Solución vertical a la falta de espacio. Las grandes marcas infantiles nos sirven de flecha direccional. También esos grupúsculos de críos hiper-excitados y padres de aspecto agotado y malencarado. Ese suele ser el efecto último de pasar demasiado tiempo en esta zona. Como no podía ser de otro modo, varios animalitos esponsorizados por consorcios multinacionales vigilarán y regularán la diversión de los pequeños. Nada debe quedar fuera del proceso de mercantilización. Los niños menos que ninguna otra cosa. Escapemos de aquí. Habrá otros lugares menos enervantes, menos masificados, menos desalmados que este. Y, sin embargo, sabes que tendrás que volver a Sha Tin. La comodidad. La pereza. La estupidez. El agotamiento. En el fondo, cualquier excusa valdrá. Los malos hábitos son difíciles de romper.

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