Tuesday, June 2, 2026

Los insectos (III)

Las puertas abiertas de par en par del almacén semejaban la entrada vejada de un paritorio. De las muchas cajas de productos secos, hierbas y carcasas de animales de facultades insospechadas que se apilaban a los lados formando un pasillo, brotaban interminables hileras de insectos de variados colores, aunque el ocre de las cucarachas y el rojo y el negro de las hormigas predominaba. Las filas en movimiento avanzaban en libertad por el pasillo, hacia el ascensor y las escaleras, en una sordina bisbiseante que, sin embargo, anegaba el cerebro de Liu y la impelía a la parálisis. Aún peor, tumbada en una silla reclinable, fofa y gelatinosa, con la parte inferior del abdomen rezumando un líquido verduzco y fosforescente, una descomunal cucaracha madre retorcía boca arriba sus patas mientras no paraba de dar a luz una y otra vez a decenas de pequeños insectos, los cuales una vez escupidos a este mundo correteaban desesperados en círculos buscando a su colonia, o un lugar oscuro y húmedo como aquel del que acababan de salir donde ocultarse y esperar. Un pensamiento de estúpida practicidad cruzó la cabeza de Liu: esto es imposible, las cucarachas son ovíparas. ¿Qué animal horrendo es este que tengo enfrente? Sin embargo, las hileras de insectos en fuga devoraron toda posible continuidad en el pensamiento de la mujer. Además, con un terror cerval, Liu adquirió la súbita certeza de que el animal en la silla la observaba concentrada, y la llamaba por su nombre, cual si fuera un familiar cuyo contacto se hubiera perdido mucho tiempo atrás. Abrumada por la mezcla de sensaciones, Liu gritó con todas las fuerzas que le quedaban y empezó a correr en dirección a las escaleras, sin importarle que le acompañaran en esa dirección miles de pequeñas criaturas. 

Con respiración entrecortada y desigual, bajó los escalones de los doce pisos que separaban su oficina de la calle, adelantando en su apremio a todos sus rivales de más pero menos largas patas. En su cabeza se mezclaban una sensación de realidad absoluta y desoladora junto con la imposibilidad total, insuperable, de que lo que estuviera viviendo fuera cierto.

La calle registraba ahora un nivel de bullicio ligeramente superior al que tuviera hace un rato, cuando Liu salió de la boca del metro y se dirigió a su oficina. Sin embargo, para ella algo había cambiado radicalmente la esencia del lugar. No se sentía ya segura, integrada, entre estas moles de cemento, puesto que había descubierto quienes eran los verdaderos dueños del lugar. La verdad se ofrecía descarnada a sus ojos hinchados: insectos negruzcos, marrones, verdes, con alas, con antenas, larvas, gusanos, pululaban por todas partes; se subían a los vehículos que circulaban en la carretera por los huecos del chasis; formaban juguetones los nombres de los negocios marcados en los letreros; generaban bultos movientes dentro de las ropas de toda la gente que caminaba maquinalmente a su trabajo sin que esto pareciera molestarles lo más mínimo. Es más, se alimentaban de la cera de sus oídos, del flujo nasal solidificado en sus fosas; del agua viscosa que escondían sus cuencas ahora amarillentas. La simbiosis entre el paisaje y los insectos parecía monstruosa, enfermizamente perfecta. Y Liu no podía escapar a este escenario, a este sino que a su alrededor todos aceptaban como natural.

El picor cutáneo que le llegaba por oleadas desde que se despertara se había transformado en un ardor doloroso. Observó su piel, trabajosamente mantenida en un tono lechoso y en una textura tersa durante años, y vio cómo por momentos se oscurecía, o incluso llegaba a tonos cárdenos, y pequeñas hinchazones aparecían por sus cuatro extremidades. Tenía el convencimiento de que todo su cuerpo estaba sufriendo el mismo proceso. Varias hormigas habían comenzado a escalar sus tobillos, diríase que con un cuidado y una delicadeza morbosos, una cucaracha de considerable tamaño se acercaba tímida hacia ella como si fuera un perro en busca de dueño, y Liu comprendió que los insectos de la calle iban a cubrirla y devorarla. Calló al suelo vencida por el miedo, y sus chillidos acallaron el resto del ruido matutino a su alrededor. Varias personas se acercaron, aunque manteniendo una distancia prudencial por si el pánico de la mujer derivaba en algún escorzo violento. 

-Pobre, ¿qué le pasará?

-¿Qué te duele, hija, necesitas ayuda?

-Por favor, que alguien llame a una ambulancia o a la policía.

Tan solo los insectos seguían llegando hasta ella, y parecían querer abrazarla con todo su cuerpo, para que dejara de sentirse aislada y se calmara.

Liu no supo cuánto tiempo estuvo gritando y retorciéndose boca abajo en la calle hasta que alguien o algo la levanto y, sujetándola por brazos y piernas, la subieron a un vehículo con una cama dentro. Una ambulancia, suponía ella, aunque apenas podía concatenar recuerdos, puesto que la conciencia de decenas de insectos pululando, ahora sí, de forma real, por su cuerpo, y la visión vomitiva de esas personas con hormigas, gusanos y similares criaturas invadiendo sus rostros como si fuera lo más natural, impedían ninguna construcción temporal lógica dentro de su cerebro. Recuerda incluso a un hombre con un uniforme azul que no hacía más que vomitar lombrices cada vez que abría la boca, y a un supuesto enfermero cuyo brazo era una oruga enorme que la apretujaba contra la cama de la ambulancia, pese al esfuerzo de Liu por levantarse y escapar de allí. Todo, absolutamente todo, a su alrededor, estaba cubierto de una herrumbre viscosa, y de manchurrones gruesos que en cualquier momento podrían abrirse y dar salida a una nueva bola de criaturas invertebradas. Y, mientras todo esto pasaba, Liu sabía que una transformación demencial se gestaba dentro de su organismo, sin que ella pudiera impedirlo de ninguna manera. Era imposible seguir resistiendo. Sólo le quedaba cerrar los ojos, exhalar el aire tóxico que circulaba por su garganta, y esperar la muerte, esa purificación última prometida que nunca llegaba.

Pero no fue la muerte, sino sueños absurdos y perversos, lo que vino a su encuentro. Seres de talle humano pero con cabeza de cucaracha que se paseaban orgullosos frente a ella; niños cubiertos por chinches, garrapatas y termitas que  querían abrazarla y, para su horror, llevarla a jugar con ellos a pequeñas ciénagas instaladas frente los edificios residenciales; polillas que devoraban primero el pelo, luego el cuero cabelludo, y finalmente la piel y el músculo de las cabezas de mujeres de aire indolente que se dejaban hacer con una sonrisa casi sacrificial; hombres de negro cubiertos por sotanas de las que sobresalían patas delgadas y peludas, y en cuyas bocas mandíbulas dentadas musitaban una plegaria descompuesta y mareante. Todos la saludaban, y parecían felicitarla por algo, Liu no acababa de entender muy bien el qué. Ella sonreía y agradecía los cumplidos, pero no había felicidad ninguna en su proceder, sino una tristeza inconsolable por algo que ella recordaba haber perdido irremediablemente, aunque no supiera a ciencia cierta qué podría ser. Una sensación de pertenencia forzada la embargaba, y la angustia de algo muy importante que se hubiera quebrado la acompañaba en este paseo por una ciudad reconocible y distinta a la vez. Hubiera querido llorar, pero tenía miedo de estos insectos humanos, pese a sentirse plenamente aceptada entre ellos. Mejor fingir por ahora.

No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero al despertarse la realidad le pareció mucho más tenue y difuminada que el mundo onírico del que había vuelto. Estaba sola en una pequeña habitación de paredes grises, con una cama, una mesilla y varias sillas redondeadas de metal a un lado. Por la ventana a su derecha se filtraba un haz de luz rojizo que parecía anunciar un atardecer terroso, caliginoso. Al poco, una enfermera abrió la puerta y, viendo los ojos abiertos y casi suplicantes de Liu, sonrió e hizo un gesto pidiéndola que esperara. Cerró la puerta y sus pasos se perdieron repiqueteando en el exterior, quizá en un largo pasillo de ventanales melancólicos. Si hubiera podido, se habría levantado de la cama, pero una banda no muy tensa cubría su vientre y la mantenía en una forzada posición de decúbito dorsal. Tampoco se sentía con fuerzas suficientes para ir mucho más allá, así que una paradójica resignación evitaba cualquier amago de fuga. Liu se preguntó se le habrían dado algún sedante o alguna droga para que se sintiera así, liviana y satisfecha con la situación resultante. Sus disquisiciones fueron interrumpidas por la llegada de un doctor de apariencia joven, probablemente uno de esos cristianos amables pero estrictos que pueblan la novelería popular, que quiso iniciar una conversación casual con la paciente:

-Bueno, ya ha despertado, ¿cómo se siente? ¿Algún signo de malestar? ¿Mareos?

-No, nada de eso – dijo Liu-. Me siento mucho mejor ahora. Creo que ya ha pasado todo. No sé qué ha podido ocurrir exactamente…

-Excelente. El episodio de crisis se ha extinguido. ¿Qué puede haberlo causado?, nos gustaría saber. ¿Alguna idea al respecto?

-No, yo, bueno, siento mucha repulsión por… -una contracción en el vientre de Liu le hizo interrumpir su discurso-.

-Tranquila, seguro que está muy cansada – replicó rápidamente el doctor-. En su estado, debe descansar y cuidarse todo lo posible. Procure estar lo más calmada posible.

-Sí, es cierto -sonrió Liu, y de manera casi mecánica se llevó las palmas de ambas manos a la barriga-. Esto es lo que yo había deseado siempre. Sería tan estúpido perderlo por un incidente aislado. Jamás me lo perdonaría.

Las antenas en la cabeza del doctor vibraron con empatía. Las miles de diminutas lentes de sus ojos compuestos se centraron en la figura de Liu: -Sí, eso es cierto. Sería algo terrible, señorita. Nuestra misión es ayudarla a que todo el proceso se desarrolle sin problemas y pueda usted traer a un nuevo y maravilloso ser a nuestro mundo.

Liu presionó con delicadeza firme su vientre y asintió en silencio. Allí dentro estaba el nuevo sentido de su vida. No iba a permitir que ninguna neurosis le arrebatara a su criatura, tuviera esta la forma que tuviera. -Gracias, doctor -musitó distraída.

Este anotó algo en un papel sujeto a una tabla fina, observó a la mujer por unos segundos, y comenzó a dirigirse a la puerta. Agarró el pomo, y antes de abandonar la habitación, se giró y dirigió estas palabras a Liu: -Muy bien. Muy pronto le daremos el alta, si no hay ningún episodio o crisis más en las próximas horas. Es una gran noticia verla tan animada. Descanse, es su deber, ahora. Y recuerde… -unos segundos de duda entre irónica y admonitoria separaron la última parte de su frase-, señorita Liu, que es un exceso de vanidad el querer caminar por la vida sin llagas ni insectos dentro. -Y dicho esto, salió de la habitación y cerró suavemente la puerta tras de sí. Liu comenzó a frotar por debajo de la banda su estómago para intentar producir una sensación de calidez, y a la vez dirigió su vista hacia la ventana. No podía vislumbrar el exterior, pero el haz de luz que se expandía despacioso comenzaba a dar a la habitación un tinte de hoguera primigenia. Arder si los demás se lanzan al fuego -pensó Liu-; ser uno con la colonia. Todo va a estar bien. Vamos a estar bien.

Cerró los ojos y, apaciblemente, dejó que los sueños volvieran a ella.



Sunday, May 31, 2026

Los insectos (II)

 Con una rapidez forzada y antinatural, caminó por las calles del distrito industrial hasta el edificio dilapidado donde se encontraba la oficina de su pequeña empresa, un fabricante local de gomas y piezas de encaje para las duchas con las fábricas en Foshan, pero centro administrativo aquí, debido a las frecuentes exportaciones a otros lugares del mundo. El sol golpeaba inmisericorde a los múltiples viandantes, y multiplicaba la fetidez de los efluvios que décadas de uso industrial habían asentado en esta zona. Como tantas otras áreas industriales de Hong Kong, esta había visto mejores tiempos, y hoy muchas empresas habían movido sus operaciones al interior de China, quedando fundamentalmente aquellas dedicadas al mercado local o cuyos dueños pertenecían a la pequeña burguesía de esta urbe. La desocupación había dejado amplios espacios para que colonias de criaturas diversas se expandieran por los, a veces muy decrépitos, edificios, y Liu solía sentirse asqueada por la frecuente visión de cucarachas, hormigas y ratas en las calles y en los pasillos interiores del lugar. Parecía que ninguna campaña de erradicación pudiera surtir efecto a largo plazo, las hordas invertebradas volvían a aparecer a los pocos días, o, como mucho, semanas. Después de los desasosegantes episodios de esta mañana, era mejor correr a su escritorio, revisar que nada se moviera a su alrededor, y embotar el cerebro con las decenas de correos, albaranes y facturas que esperaban preparación. Así, y de forma sorprendente para ella misma, logró ignorar la visión de unos cuantos insectos que parecían abrirle paso tímidamente, ahora se diría que asustados de su voluntad reforzada.

En la oficina, como siempre, solo una porción de los empleados había llegado. El dueño solía ser el último de todos. Su cabeza afeitada y su panza descomunal le daban cierto aspecto de escarabajo sonriente, pensaba Liu con frecuencia. Saludó a la anciana mujer de la limpieza, llegó hasta su cubículo, se sentó en su silla y encendió la pantalla de su ordenador. El cristal oscuro que comenzaba a iluminarse, sin embargo, le devolvió un reflejo preocupante: un rostro desencajado y pálido, en el que destacaban varias manchas rojas, alarmante presagio de una erupción causada quizá por el estrés de los episodios acaecidos desde que iniciara el día. Con desagrado, Liu sacó su caja de maquillaje del bolso y se encaminó hacia el baño. 

Este era un cubículo de escasas proporciones, con las paredes cubiertas por baldosines marrones en las que la suciedad parecía enquistarse con pasmosa facilidad. La luz de la mañana se filtraba por el ventanuco y ayudaba a aumentar la sensación de caparazón gelatinoso del lugar. Un diminuto lavabo y, sobre él, un espejo que comenzaba a ajarse en los bordes, y una taza de váter ya desgastada por el uso comunal pero, por lo general, aceptablemente limpia, constituían el mobiliario, completado con la escobilla oscurecida y varios botes de productos de desinfección usados por la limpiadora. Liu observó su reflejo difuminado por los haces amarillentos del sol e intentó calmarse. Quizá estaba siendo excesivamente aprehensiva con toda esta cuestión de los insectos, al cabo ninguno la había atacado directamente todavía. Era tan sólo que su mera presencia se le hacía tan ofensiva, tan intolerable… ¿Cómo podía ser que los demás no sintieran lo mismo que ella? ¿Sufría acaso de un exceso de celo en cuestiones higiénicas o era falta de educación en estos menesteres lo que cegaba a la mayoría de sus conciudadanos? El mundo está lleno de seres absolutamente incomprensibles, pensó entre la tristeza y la indignación. Tras recomponer un poco el maquillaje matinal, decidió usar el baño antes de volver a su escritorio. Necesitaba orinar para que los malos tragos de la mañana se escurrieran en el olvido.

Levantó la tapa de la taza, limpió el asiento con un poco de papel higiénico, se sentó y, casi mecánicamente, abrió la pantalla de su móvil para distraerse unos instantes. Sin embargo, apenas hecho todo esto, una sensación de peligro y desagrado se extendió por su cuerpo, a la vez que el picor cutáneo en toda su piel se intensificaba. Algo parecía moverse desde el fondo de la taza hacia la superficie, o eso creía Liu. Alarmada, se levantó con brusquedad y bajó la mirada. Reptando por la superficie blanquecina, escapando al líquido ahora amarillo del fondo, una maraña de gusanos rosados ascendía de manera nerviosa, casi frenética. Algunos parecían ya a punto de alcanzar el asiento que pocos segundos antes ocupara la mujer. La visión de Liu se emborronó por unos instantes, la habitación pareció girar varias veces a su alrededor, y un grito ahogado se deshizo entre su garganta y su boca. Para su horror, un par de gusanos de la bola viscosa había logrado estirarse y alcanzar la parte interna de sus muslos. Uno en cada uno. Su ascenso en el cuerpo de Liu era si cabe más enconado. Desesperada, la mujer comprendió que los gusanos en sus piernas avanzaban buscando una apertura en su cuerpo. Un instinto ciego los guiaba hacia su sexo. La respiración de la mujer se volvió pesada como el cemento y sus músculos parecieron reblandecerse y perder toda fuerza súbitamente. Gritando ahora sí a pleno pulmón, comenzó a golpearse con las palmas abiertas en los muslos, con toda la violencia desaforada que ese día había acumulado en ella. No sabría decir cuántos segundos estuvo golpeándose, pero sólo cuando la sensación de movimiento ajeno en sus extremidades desapareció pudo adquirir conciencia plena de la situación, mirar con asco infinito sus palmas enrojecidas y cubiertas de un líquido ámbar en el que todavía se retorcían los pocos fragmentos de los animales que no habían explotado bajo los golpes, colocar rápidamente las manos bajo el grifo del lavabo y abrir con fuerza el agua. Mientras tanto, el resto de gusanos pugnaba ya por lanzarse al vacío desde la vertiginosa altura del asiento del váter. Los ojos monstruosamente agrandados por el horror de Liu observaban esta operación, mientras el agua purificaba sus manos e intentaba lavar torpemente sus cárdenos músculos. Corría peligro en esa habitación. Necesitaba escapar de allí. Con desesperación se subió unas bragas que habían perdido su condición inmaculada en el frenesí, recompuso como pudo su falda, y salió corriendo del baño. La poca presencia de empleados en estas horas todavía tempranas de la mañana dio cierta privacidad a la salida extemporánea de Liu. Tan sólo la mujer de la limpieza se percató de que algo ocurría. Con la calma fatalista de muchos años de trabajo invisible, se acercó a preguntar:

-¿Estás bien, hija? ¿Te ha pasado algo ahí dentro? -dijo con una voz que denotaba a la vez amabilidad y dureza amarga, una voz que sólo las vidas anegadas en el desprecio y el desastre pueden alcanzar.

-Sí, los gusanos, están ahí, saliendo a borbotones de la taza. Es horrible, ¿por qué…? -la frase se congeló en la boca de Liu. Nada tenía sentido. El mundo se había convertido en un gigantesco huevo podrido.

Los cabellos lacios y escasos de la anciana se retorcían en contracciones vermiculares y espasmódicas, como les correspondía a los gruesos gusanos que constituían el que antes fuera pelo de la mujer. Era como si estas lombrices monstruosas estuvieran enquistadas al cuero cabelludo de la limpiadora y pugnaran desesperadamente por escaparse y buscar otras cabezas que habitar. Diminutos insectos se movían por su cara, entrando y saliendo de las fosas nasales y la boca, cual si habitaran la corteza de un viejo tronco y no la piel cuarteada de un ser humano.

Liu gritó y comenzó a dar pasos hacia atrás, defensiva, desesperadamente.

-¿Qué te pasa, joven hermana? -la anciana avanzaba y tendía su mano, en cuya palma un agujero cauterizado rebosaba de diminutas hormigas que correteaban por el brazo en direcciones caóticas.

Liu gritaba y pedía ayuda, alguien debía ser capaz de ver y sentir lo que ella estaba sufriendo en ese momento. Era todo demasiado intenso y continuado para ser una alucinación. Era monstruosamente real.

-¿Qué pasa ahí? -una voz vagamente familiar, alguien que trabajaba allí, aunque Liu no podía identificar quién, se acercaba entre las mesas, ficheros, ordenadores y separaciones-. Liu miró con la desesperación del ahogado que quiere ver tierra para mantenerse en la superficie unos segundos más. Sí, era su compañero, era… una cara descompuesta por el vómito de gusanos cayendo incesantes por la boca, los globos oculares reventados por las lombrices que luchaban por desgajarse del cuerpo. El mundo entero buscaba infectarla, destruirla, deshumanizarla sin remedio.

Escapar. Correr. Pura supervivencia. Liu se lanzó hacia la puerta de entrada a la oficina, con los dos engendros de sus antiguos compañeros de trabajo detrás, vociferando incoherencias contaminantes. La puerta, la salida, pesada, lenta, dios mío, iban a agarrarla, ¿qué podrían hacerle entonces? Logró abrir un hueco suficiente, salió al pasillo aséptico de paredes naranjas. Correr hacia las escaleras, mejor que el ascensor. Nadie aparecía frente a ella. Era como si el mundo hubiera sido ya devorado. Y, entonces, al pasar frente a la puerta del almacén de productos secos medicinales chinos que tan bien creía conocer, lo vio...


Friday, May 29, 2026

Los insectos (I)

 A Liu le horrorizaban los insectos. Su carácter de saco invertebrado de líquidos le repugnaba sin límite. Su multiplicidad, capacidad de esconderse y reproducirse le causaban una verdadera agonía mental. Con frecuencia sufría de pesadillas en las que insectos diversos penetraban en su cuerpo mientras dormía a través de diversos orificios, y al despertarse necesitaba correr frente al espejo del baño y palparse con angustia para comprobar que las repugnantes criaturas no estaban moviéndose aviesas entre sus entrañas. Secretamente, había rezado y hecho ofrendas a diversos dioses, tanto locales como occidentales, para que algo así nunca llegara a ocurrirle.

Ese día, desde el primer momento, algo desazonador parecía acompañar cada uno de sus movimientos. Un cosquilleo inquietante recorría su piel, y a veces parecía querer introducirse a través de sus poros. Diminutas manchas oscuras aparecían y desaparecían en su campo de visión, juguetonas sombras a las que Liu no sabía si su imaginación ponía patas o no. Ya en el baño tuvo que utilizar un fragmento de papel higiénico para capturar a una pequeña cucaracha bebé que escalaba frenética la llanura interminable de baldosines de la pared aledaña a la ducha, probablemente intentando escapar de las nubes de vapor formadas recientemente. La inexperiencia del joven insecto habría de costarle la existencia, pensó una sanguinaria Liu. Mala señal, de todos modos. Luego, tras el rápido desayuno de bollo dulce y té rojo, y en el frenesí preparatorio de inicio del viaje al trabajo, otro de estos diminutos seres, hermana quizá de la anterior finada. pudo ser avistada entre las migajas caídas al suelo, quizá queriendo hacerse pasar  por un pedacito más del pan devorado. Escoba, recogedor y bolsa de basura dieron buena cuenta de la atrevida criatura. "Dios mío" -pensó Liu entre la ligereza y la alarma- "¿Tendré una colonia de cucarachas oculta en algún rincón o grieta de mi casa? No puede ser. Esta misma noche debo revisar a conciencia y esparcir suficiente veneno". Y tomando nota mental de la nueva obligación asumida, recogió su bolso negro, se calzó los zapatos de oficina, y salió de la casa. En el pasillo al ascensor, bajo los fluorescentes amarillentos, le pareció ver corretear varios bultos marrones de tamaño considerable, huidizos y repugnantes, pero cómo pararse a comprobarlo, con el tiempo justo para llegar al trabajo.

Una vez en la calle, el verano hongkonés parecía conspirar para construir un verdadero paraíso para el mundo de los artrópodos. El calor asfixiante y la humedad extrema, reforzada por las frecuentes lluvias, más las montañas de basura generadas por la acumulación humana en la ciudad, ofrecían posibilidades infinitas para la proliferación y refuerzo de las ya milenarias especies. Mosquitos insaciables, abejorros mareantes y aterradores, mariposas engañosas en su aleteo hipnótico, hormigas numéricamente interminables y no siempre exentas de ferocidad, y cucarachas de todos los tamaños, aladas o trepadoras, recibían a Liu con una sinfonía desquiciada y chirriante. "Esas hormigas saliendo del pavimento roto" -se decía ella-, "¿de dónde salen en tan gran cantidad hoy? ¿Soy yo o hay muchas más de lo habitual? ¿Huyen del calor aplanante, de las obras, o han iniciado un ataque final contra la Humanidad?" -y, por si acaso, aceleraba el paso en dirección a la boca de metro, tratando de no reducir su cadencia al caminar para que los mosquitos no pudieran alcanzarla. Era agradable vivir en un barrio con más árboles e hierba de lo habitual, por algo estos eran los Nuevos Territorios, pero el precio a pagar en convivencia con insectos y otras pestes hacía que Liu suspirara por un apartamento elevado en un buen barrio de la Isla. 

La entrada al metro, como de costumbre, resultaba ser un vórtice bullicioso de personas, unas veloces y elásticas y otras despaciosas y frágiles. El engullimiento y vómito incesante de humanos dinamizaba la calle y el paisaje de ventanas y aires acondicionados que rodeaban esta entrada y bloqueaban la vista del cielo. Sin embargo, algo extraño parecía ocurrir, de manera simultánea al incremento en el picor cutáneo que Liu sentía desde que se levantara. ¿Qué era exactamente? Al acercarse a las escaleras de bajada al metro, pudo comprobarlo. Esquivando milagrosamente las decenas de pies que martilleaban los escalones, un nutrido grupo de enormes cucarachas ascendía zigzagueante, pareciera que en busca de la libertad prometida por la luz solar arriba, algo extrañamente antinatural en estos animales. No pudo reprimir un grito de horror al ver avanzar hacia ella esa escuadra repugnante, y a punto estuvo de perder el equilibrio, aunque la barandilla metálica de separación en las dos direcciones (ascendente y descendente) ayudó a evitar una caída de funestas consecuencias. Las cucarachas se movían a una velocidad escalofriante, trepando por escalones y pared, salvo cuando decidían detenerse súbitamente, bajo un instinto preternatural de conservación que evitaba el aplastamiento bajo esa avalancha de gigantes con suelas asesinas. El pequeño grupo de insectos tardó sólo unos segundos en sobrepasar el escalón de Liu y llegar a esa tierra prometida de la superficie, donde siguieron su frenética huida de quién sabe qué monstruosidad moderna. Ella se percató de que estaba completamente paralizada, sus dos manos aferradas fuertemente a la barandilla y un rictus de terror en su cara. Sin embargo, la muchedumbre de dos patas seguía pasando a su lado como si nada hubiera pasado, y las miradas reprobatorias por obstaculizar el descenso comenzaban a caer sobre su cuerpo empapado en sudor. Las lágrimas estaban a punto de brotar descontroladas de sus ojos empequeñecidos por el terror. "Pero, no han visto..." -un hilillo de voz salía tembloroso de sus labios-. "Sí, hija, sí, anda, camina" - le contestó sonriente una mujer mayor con aspecto de contable que bajaba los escalones cuidadosamente-. Haciendo un enorme esfuerzo, Liu logró mover sus piernas y caminar de forma poco menos que maquinal hasta el andén.

Allí, la inercia de la multitud la empujó dentro del vagón cuando las puertas del tren se abrieron. El aire acondicionado, excesivo hasta lo helador, mezclado con la impresión borrosa de lo que acababa de suceder, formaba un caldo verduzco y burbujeante en el estómago de la pobre mujer, de tal forma que tuvo que sujetar su estómago con una mano y el asidero con la otra y hacer un esfuerzo por no vomitar sobre todos los que la rodeaban. Lo mejor sería entrecerrar los ojos y adormecerse hasta llegar a su parada, todavía a mucha distancia, pensó ella. Fijó su mirada hasta entonces distraída en los marcadores luminosos de las diferentes paradas de la línea, y una sacudida eléctrica de asco puso todo su magro cuerpo en tensión. Una gruesa oruga de un rojo translúcido se contorsionaba cadenciosamente para avanzar a través del marcador, diríase que a la par que los nombres de paradas que iban quedando atrás. Los puntos azules traspasaban el cuerpo semitransparente del animal, aunque en gran medida se mezclaban con el escarlata atenuado que fluía por su interior. La mente de Liu repetía obsesiva una frase que había escuchado varias veces: "Rojo, color del veneno". Arcadas violentas comenzaron a anunciarse desde su vientre hacia su garganta. No pudo reprimir un gesto de incredulidad, llevándose una mano a la boca y torciendo esta en un espanto irrefrenable. La gente a su alrededor la comenzaba a observar con alarma, y un círculo de distanciamiento comenzó a hacerse a su alrededor. Incapaz de dar una explicación calmada, Liu señaló con su dedo hacia el marcador de paradas, pero toda la atención parecía ser absorbida por su gesticulación exagerada y el copioso sudor que añadía dramatismo a su rostro descompuesto. Nadie miraba a esa oruga que inexplicablemente viajaba con ellos. Con un esfuerzo descomunal, Liu logró articular una tenue concatenación de frases: "¿No la ven? En el marcador, ahí...". "¿Está usted bien, señorita? ¿Necesita atención médica?" -acertó a preguntar un hombre con aspecto de obrero de la construcción con aire preocupado. Con una repulsión que jamás hubiera creído llegar a experimentar, Liu reconoció una oruga similar, sólo que más pequeña y mucho más delgada, quizás hija de la anterior, agarrada a la parte trasera del cuello del hombre que la había interpelado. Empezaba a dudar de si la pregunta se la había hecho él o el rojizo animal que parecía cabalgar y dominar a su montura. Un llanto casi infantil de indefensión anegó a Liu, y el círculo de aislamiento a su alrededor se ensanchó dramáticamente. Durante varias paradas, la pobre mujer fue incapaz de levantar su mirada del suelo, y los sollozos salían entrecortados de su garganta con espasmos de regurgitación que no acababan de alcanzar una salida. El silencio a su alrededor era tal vez más espantoso que su propia imagen.

De alguna manera, una conciencia adquirida con la práctica repetida durante años hizo saber a Liu que su parada era la siguiente. Recomponiéndose como pudo, y sin atreverse todavía a mirar al marcador o a los otros pasajeros, salió del vagón y encaminó sus pasos hacia las escaleras mecánicas que la llevaran a la superficie. Una última y furtiva, rápida mirada al marcador de líneas en aquel maldito tren sólo le devolvió un brillo rojizo y difuminado bajo nombres y letras que bailaban una danza macabra. Quién sabe dónde estarían ahora las orugas. A su alrededor, indiferentes cual autómatas, el resto de viajeros se movía formando y rompiendo líneas, ajenos a nada que no fuera su tórpida rutina diaria. Controlando a duras penas los temblores que sacudían su cuerpo, Liu logró unirse a una de estas líneas de avance en dirección a su salida. Sus ojos ahora abiertos exageradamente en busca de criaturas reptantes o trepadoras se movían en todas direcciones, pero siempre evitando el contacto directo con otros humanos. 

Tuesday, May 26, 2026

Un conocimiento propio

Algunos, pocos, hombres logran alcanzar un conocimiento propio. No totalizador, pero suficientemente satisfactorio en sí. Ese conocimiento justifica el hecho de estar vivo, de existir. Muy importante, no es un conocimiento heredado, sino construido trabajosamente a lo largo de los años, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Es un conocimiento de apariencia insignificante para la mayoría de sus congéneres, pero fundamental y autosuficiente para su poseedor. Como tal, es intransferible. Es un fragmento de luz congelado en la eternidad, y efímero a la vez; por tanto, de naturaleza totalmente humana. No suele tener gran utilidad instrumental, más allá de ser guía vital para su creador. Es subjetivo, volátil, y difícilmente cuantificable. No es numérico, aunque en ocasiones puede hacerse un esbozo con números. Tampoco es totalmente silábico. De cualquier forma, necesita una estructura para desplegarse en el mundo. La imperfección de ese despliegue es inevitable. La transmisión de ese conocimiento es un anatema ridículo, y fácilmente derivable en obsesión dogmática. Su función es pacificar, equilibrar, en ocasiones incluso sanar daños internos. Puede ser explicativo en ocasiones, pero con las graves limitaciones de la separación entre individuos. En otras, puede ser narrativo, y serpentear juguetonamente de manera casi infinita, o cerrarse circularmente; en estos casos la forma suele imponerse al contenido, aunque tienden a hacerse indistinguibles a medida que ambos se expanden. De todas estas diferencias se derivan diferentes disciplinas, pero al poseedor del conocimiento le suelen importar muy poco esas taxonomías. Es más bien a los ladrones, representantes espurios o lánguidos sacerdotes de conocimientos ajenos a quienes la compartimentalización y usufructo irresponsable del conocimiento ajeno les interesa como apropiación egoísta de un bien que no han sabido alcanzar por méritos personales. A los dueños de un conocimiento propio se les suele ridiculizar en vida. A veces, se les asalta, detiene y agrede con venenos y castigos psicológicos profundamente sádicos. La separación del resto de la sociedad es recomendable en casi todos los lugares, puesto que el ejemplo de pensamiento propio puede perturbar el gregarismo inherente a las civilizaciones que promueven las relaciones hueras y el automatismo servil (casi todas, al cabo). Los conocimientos propios han sido motivo de linchamientos, piras humanas, empalamientos, ahorcamientos, trepanaciones, destierros, torturas médicas, despidos, otras muertes sociales, y más recientemente, burlas y acoso en el mundo virtual de las Redes Sociales. Son peligrosos para los fingidores de sabiduría, autoritarios e intolerantes. Son inquietantes para quien vive cómodo en la superficie de las cosas. Son un antídoto contra la mentira y la crueldad que contamina nuestras ciudades. Son un tesoro intransferible, el único duradero, y por ende, completamente carente de valor.

Tuesday, May 19, 2026

Apuntes volanderos sobre el mundo del trabajo y sus implicaciones socioculturales

 Es manifiesta globalmente una tendencia hacia la disolución de códigos deontológicos para romper y arrasar con la conciencia de pertenencia a un grupo profesional, con el sindicalismo y con la conciencia de clase en general. Así como también es marcadamente manifiesta la sustitución de dichos códigos deontológicos por elementos corporativistas o puramente arribistas e individualistas (el supuesto espíritu emprendedor o la ausencia de ética profesional por espúrios motivos coyunturales de escasa duración temporal).

Wednesday, May 13, 2026

Antro neoliberal

 "Triunfar" a base de méritos propios es algo muy difícil, costoso y cansado. Por eso, la mayoría de los arribistas que pululan por esta ciudad (y son legión) buscan sus "triunfos" laborales a base de zancadillas, maledicencia y empujones. La vía rápida al éxito (siquiera moderado) laboral. Así se forman los ambientes de trabajo tóxicos. Así construyen sus reinos de taifas en la oficina los sociópatas. Se glorifica no la eficiencia, sino la sumisión, la hipocresía y el corporativismo. Lo peor del ser humano se transforma en virtud grupal. Así se envenena una sociedad. Veneno neoliberal. Mentalidad de amo y esclavo. Y eso permea también la educación, la familia, todas la relaciones sociales en general. Ya habrá instituciones moralistas y rituales hueros para lavar la mala conciencia más tarde, cuando sobre un poco de tiempo, y disfrazarnos de buenos ciudadanos piadosos. Antro de ciudad...

Tuesday, May 12, 2026

La Ciudad de la Violencia (XXVI)

 En los despachos grises pero centelleantes de la sección de Vigilancia y Castigos, la actividad era incesante. Nuevos y viejos miembros, altos cargos con charreras ostentosas y jóvenes recién trasladados ansiosos por aprender las numerosas normas no escritas, todos se afanaban, o fingían con ahínco hacerlo, en una danza macabra de funcionalidad administrativa teñida de sangre. Los informes debían producirse sin descanso. Las listas de sospechosos debían renovarse constantemente. Y las ejecuciones de culpables demandaban expedición inmediata. El movimiento lubricaba las convicciones y hacía de los chillidos de los torturados un himno purificador. El hedor a heces y carne abrasada que emanaba de los sótanos servía de recordatorio de la gran fortuna que acompañaba a los servidores de la Administración. Dudar era bajar peldaños en esa dirección, socavar el destino de una comunidad, de un pueblo. En los descansos entre turnos se recomendaba participar en desfiles o en lecturas colectivas del Gran Código Renovado de Buena Conducta. Una de las actividades más gozosas era la quema de panfletos subversivos en alguno de los patios interiores. Las pequeñas montañas de papel se transformaban en pavesas danzarinas, inocuas, mero reflejo del olvido al que el Poder condenaba a sus críticos. 

En esas estaba un pequeño grupo de funcionarios, viendo danzar las llamas alrededor de los libelos repugnantes, cuando un pequeño fragmento de papel socarrado voló hasta el tronco de un imberbe oficial en prácticas, amenazando el carácter impoluto de su uniforme:

-Señor, ¿dónde está la Ciudad de la Violencia de la que hablan estos planfletos? -preguntó el auxiliar-.

La alarma y la incredulidad empezó a dibujarse en las miradas de los allí presentes. Algo había mancillado la pureza del ritual exterminador; algo debía ser reparado con violencia suficiente, parecía decirles su instinto social largamente entrenado en años de educación selecta.

-Pobre idiota -pensó el supervisor-. Tendré que recomendar que le multen y le envíen a un centro de aislamiento y reeducación -y sonrió entre melancólico y exitado para sus adentros-.

Por su parte, el desdichado autor de la pregunta comenzaba a sudar copiosamente, a perder el color en su tez, y a intuir la magnitud de su error.

-Es necesario -continuaba ponderando silencioso el supervisor-. Debemos enseñar la imposibilidad de la duda y el respeto absoluto a nuestra tarea. El Camino es una línea recta pavimentada de huesos astillados, no hay otra manera. No debemos permitir jamás que la haya, o...


Wednesday, May 6, 2026

Taladros

 Taladro. Vibración impenitente que imposibilita la intimidad, el recogimiento, el descanso. Recordatorio de un lugar, unas coordenadas y unas circunstancias exactas, crueles. Carcoma final de lo que aún no es viejo para que llegue algo igual, ni siquiera nuevo; mero cálculo especulativo. Báculo de esa niña condenada a no alcanzar nunca la edad adulta que es la Impermanencia, diosa brumosa y huidiza de esta ciudad. Violencia móvil, castigo de ancianos con dificultades motrices y bebés inocentes. Signo de dinamismo, motor en acción que nunca debe apagarse. Paleta que desarraiga los bienes raíces y los transforma en número multiplicados en cuentas opulentas. Herramienta manual para los pobres, para el obrero; pero financiera para el propietario, el especulador, el taumaturgo de la numerología moderna. Gran amiga de la farmacéutica productora de analgésicos. Símbolo casi infantil, regresivo, de virilidad. Y, sin embargo, símbolo de impotencia para el que quiso hacer de su hogar un refugio contra la locura exterior. Taladro, lamento metalizado que nos habla de una humanidad minusvalorada, mancillada por la velocidad y la tecnología. Monstruo gris envuelto en polvo que se nos cuela por los oídos primero, luego los ojos, la nariz, la garganta, atraviesa nuestras tripas, se funde con el latido desacompasado de nuestro débil corazón, y nos ulula pesadillas agónicas de moribundos desechados ya como inútiles, no productivos, por la sociedad. Obra orquestal acompañada de martillos y sierras, oda inarmónica a una economía resplendente, vertiginosa, donde los escombros generan riqueza y las rentas, las hipotecas danzan febriles bajo el fuego eterno de la bonanza que envuelve a los grandes paraísos fiscales del planeta. Recordatorio excedido en decibelios de que ser parte de la urbe que nunca descansa demanda sacrificios, ofrendas, renuncias. Demanda, en resumen, todo aquello que equivocadamente creíste ser tu posesión, más todo lo que puedas poseer en un futuro sempiternamente incierto. Epítome de la indefensión inquilina y la desesperación propietaria. Taladro, espía invisible, pero profundamente dañino, que nos interpela agresivo por no estar trabajando en una oficina, en algún lugar fuera de casa. Este dolor que te inflijo lo mereces por indolente, por parásito. Mira como vibro, como destruyo, transformo, aumento, impasible, eficiente, el valor de lo que era; aprende de mí. Sé como yo o márchate a alguna esquina en las calles a enmohecerte, pudrirte, desaparecer. Si no tienes una segunda vivienda, no mereces escapar al derrumbamiento, a la renovación y reevaluación del entorno. No obstaculices el progreso. No ralentices el ciclo de producción de valor. Tú no eres importante. Yo sí. Hasta el día que pierda mi agudeza, mi capacidad de horadar. Ambos somos reemplazables. Todo lo es, mero polvo del tiempo. Todo, excepto el ciclo…

Wednesday, April 29, 2026

La secta (1)

 En el fondo, está necesitado de mi ternura. No lo reconoce abiertamente porque tiene miedo de exponer su debilidad. Me gusta cuidar de este animal herido. Es una pequeña bestia salvaje que ha perdido a su familia y ya no sabe relacionarse con el mundo que le rodea, salvo con gruñidos. Es su forma de llorar. Pero... ¿será verdad lo que dicen de él esas personas en la congregación? Es malo, me advierten. ¿Por qué?, pregunto yo. Porque es impío, me responden. Míralo, no es aseado en el vestir, no se preocupa por la pulcritud de su alma, no sigue los rituales. Es violento, probablemente, me dicen. No, solo es arisco, respondo yo. No pertenece a ninguna congregación porque asegura no tener pecados que limpiar, añado. ¿Lo ves?, me responden. Además es blasfemo. Tiene un aire satánico. No inspira confianza. Pero a mí sí que me la inspira. Es extraño, eso es cierto. Esa obsesión con la soledad y el espacio propio... ¿no se reflexiona mejor en grupo? Con un guía, con gente que te alienta. Él dice: no, te juzgan. Te dominan, te coartan. Hipocresía. No entiendes las relaciones sociales. Las cosas no son blanco o negro. Pero yo sí creo que hay bueno o malo, que no es necesario complicarlo todo. Si existen jerarquías es por algo. El mundo ha funcionado así desde siempre. ¿Qué mundo?, me espeta, ¿tú mundo? Y me mira de una forma que me hace sentir infinitamente distante, desasosegada, quebradiza. Estúpida, sí, me siento estúpida, porque sé que a sus ojos soy una niña inmadura en ese momento. Pero quizá él es el inmaduro por no querer nunca comprometerse con nada. El compromiso es otra cosa, me dice. Lo tuyo es obediencia ciega. Y entonces siento la punzada. Me duele. Veo frente a mí un puente que se derrumba. Sal de esa secta, me pide. Y yo acepto que la congregación tenía razón; ya lo predijeron: no es la persona adecuada para mí. Ellos siempre tienen razón. Al cabo, son mi familia. El Señor tiene un destino para mí, y él no es ese destino. Y, sin embargo, va a ser un sacrificio tan grande. Necesito fuerza. Cuánto voy a echar de menos cuando...

Saturday, April 25, 2026

Escaleras mecánicas

 Escaleras mecánicas. Ese runrún interminable, zumbido industrial que te recuerda tu pequeñez dentro de las entrañas de esta ciudad-monstruo, así como tu obligación de caminar con celeridad. Siempre. Hasta que caigas muerto. Hasta que ya no seas productivo. Dentro de la invención eléctrica, espacio para dos por peldaño. ¿Para qué? Algunos te dirán que para tener un carril rápido, en el que multiplicar con nuestro propio impulso la velocidad y el "ahorro" de tiempo (¿puede realmente ahorrarse el tiempo?). Otros te dirán que para sujetar la mano a niños, ancianos quebradizos y parejas más o menos eventuales. Habrá quién diga que no hay necesidad de hacerse a un lado, y que el peldaño entero le pertenece por contractualidad social. Así que cuidado con los roces. El espacio es aquí un mendrugo de pan arrojado a famélicos perros callejeros. Ladra y enseña los colmillos primero, piensa después. Escaleras mecánicas. Semejantes a cadenas de montaje verticales; no extrañaría ver un tubo o cualquier otra herramienta apareciendo a los lados, irrigando, taladrando, manipulando esas manchas con un punto negro en la parte superior que asemejan seres humanos. Suspensión. Nada. Espacio entre puntos. Vacío. Niveles. Tránsito. El movimiento es la imagen de Dios en estos templos plastificados. Ascenso o descenso. Vida como triunfo o derrota. Derrota siempre, al cabo. Conflictos en escorzo. Alguien no quiere mover su maleta, la bolsa de la compra, un saco cargado de quién sabe qué baratijas... una madre o una abuela que se niegan a colocar a la pequeña criatura dentro de la fila. ¿Esperar es un pecado o una obligación? Una chaqueta enganchada en un garfio saliente, un anzuelo, un cortador mal empacado. Prisas por adelantar, cambiar de carril. Caminar también es un ejercicio difícil entre muchedumbres ansiosas. Erupciones de dramas que se difuminan bajo el empuje de los que vienen detrás, y que suelen ser síntomas de frustraciones diarias acumuladas, a veces, durante años o décadas. Cuántas viejas madres mencionadas en estos escalones de goma negra. Visiones ascendentes o descendentes: una promesa neblinosa de un paraíso entre barrotes de luz que siempre parece quedar varios pisos más arriba, inaccesible, burlón, escondido tras un techo que conduce a una azotea vertiginosa por la que no debes asomarte y mirar abajo jamás, pues escucharás inmediatamente el susurro del diablo. Una pendiente hacia el subsuelo, submundos extraños, quizá un infierno supurante de cucarachas que apenas dejarán huesos limpios y viscosos. Bajada. Declive. Todo el mundo parece más relajado, incluso sonriente, en el proceso de ascenso. Meras ilusiones entre gélidos aires artificiales e hilos musicales enervantes. Y esa pesadilla recurrente del calzado enganchado en un borde defectuoso que hace del transporte una trituradora horripilante. Mutilaciones absurdas, horror urbano. Y, siempre, odio al prójimo, especialmente al que no se mueve. Una avería o un corte de luz nos hace a todos más humanos, más humildes. Nos ralentiza. Ya sabemos que no hay escaleras mecánicas en las urbanizaciones de viviendas de protección oficial. La electricidad no se inventó para los pobres, parecen decirnos por aquí. Unas piernas duras hacen un buen trabajador. Que dejen las escaleras propulsadas para la carne mullida e inodora de ricos y turistas. ¿Qué sería de esta ciudad sin escaleras mecánicas?

Sunday, April 19, 2026

Little speech to be memorised for the "Tell us about yourself" question on a job interview (HK version)

Little speech to be memorised for the "Tell us about yourself" question on a job interview:

I come from far, but my journey hasn't ended yet, surely not here, in this room, with these people. I studied a lot of things, and I still keep doing it every day, for the brain is a muscle that needs to be exercised. I hold few certainties and many values, and that might make me an uneasy companion.

I speak Chinese, but I don't give a shit about China, the U.S., or the presidents and politicians of any given country (including, especially, my own homeland). Powerful people are seldom respectable.

I probably know more about history, literature and arts of China than you, average Chinese, do, but I reject any claim of intellectual or moral superiority of any people or folks. I despise the worshipping of traditions and avoid irrationality as a way to judge the world.

I am not a religious person at all (although I am in reasonably good terms with God, most of the time, and we became good friends with the passing of years); and I definitely do not submit to the will of any Lord and his so-called representatives easily or willingly). I do not seek teleological explanations to the bullshit in life, I'd rather try to understand the links and concatenations of events that trigger circunstancial situations. Dogmatism is a radioactive broken compass to guide your life, in my humble opinion.

I do not like HK, and I do have many good reasons and bad experiences to support my opinions. On the other hand, China is too big an issue, a place and a people to be summarised in one simple statement. I do not believe that the place where I come from is the best in the world, or that such a place exists with a permanent denomination. Happiness is an instant lived and passed, and so is homesickness.

I respect and make a daily effort to feel empathy for the people around me, including (even) workmates, but I do not necessarily consider them as my family and friends. However, this does not allow me to be disrespectful or unpleasant to them.

I prefer social justice to charity. I prefer individual self-reflection to praying. I consider moral standards superior to accidental alliances, and ethics superior to inherited morality. I despise money, mercantilism, business-mentality and adulation. I am fascinated by the study of society, but I am not a social person. I believe that there are two ways of belonging to a group: one is integration, the other one is rejection, and they are both equally valid if approached in a constructive way.

I am assertive but I consider bad taste to ask others about politics or religion. Those are nearly sacred confessions that can only come to the light after a certain kind of communion.

This is me, but there's still a million more things that I might prefer to keep for myself, as a personal treasure that shouldn't be thrown to the pigs lightly. So love me or hate me, I will go on living no matter what's your choice..



Thursday, April 16, 2026

A system of class division as crude as it gets...

 Immersed in a sea of language preferences and problems of polyglossia, I often find in my children's formal (government subsidised) education in this city a blatant lack of encouragement for critical thought skills. This makes me ponder over the reasons behind this substantial (and probably not accidental) flaw: Teaching critical thought in HK? My ass. Such a thing has never happened here. That's dangerous for the colonial/local elite of owners and bosses, and also for its doberman-style managerial class. It questions and jeopardises their privileges and mechanisms of domination. Instead, you need to fork out loads of dollars for your kids to go to an international school and learn the lingo and the skills of the bosses/entrepreneurs. Otherwise, you'd better get into terms that they will be raised up to become diligent, submissive employees, with a high spirit of loyalty (toxic corporatism, most probably) and a guilt complex (induced over-responsibility as an individual)  that will prevent them from feeling exploited or treated unfairly. Submission and sacrifice vs risk-taking and innovative spirit. That's the duality of the so-called "educative system" of this city, and it's not a free choice for most (we can also argue that every city in the world suffers this duality, but in few places is so obvious and sharp as it is here). It comes with a very specific (and expensive) price tag. This is, definitely, a system of class division as crude as it gets.

Sunday, April 12, 2026

Escenas intergeneracionales de escasa importancia

 -A la gente como nosotros, hijo mío, nos hacen pagar el doble por todo. Y, además, no paran de decirnos que no valemos. Siempre hay una excusa para apartarnos del reparto.

-Pero, ¿por qué hacen eso, mamá?

-Porque somos demasiado honestos. Es el castigo por negarse a ser como ellos...

-¿Y no nos iría mejor siendo como ellos, entonces?

-Ojalá pudiéramos, hijo, ojalá...

-Pero, ¿por qué no podemos? No lo entiendo.

La madre miró a su hijo con unos ojos súbitamente húmedos, mojados por la ternura y la tristeza de varias generaciones. Para qué sirve tener lengua si una preferiría no hablar -pensó ella-, al menos no a ti, no ahora, quizá nunca. Hacerse invisible y que se olviden de nosotros, que no vengan a jodernos ya más. Nunca. Todo eso debía quedar contenido y transmitido en una caricia fugaz, con la esperanza de que puede que algún día, en un futuro muy lejano, él, ya adulto y con la piel endurecida y los músculos marcados, entendiera todo y pudiera encontrar una salida indolora al laberinto de rabia e impotencia que eran sus vidas presentes.

Friday, April 10, 2026

Pequeñas perlas laborales

En esta ciudad hay multitud de gente que, en el trabajo (y por extensión e insistencia en todo lo demás), confunde el arribismo y el miedo con la amistad. Así nos va (a todos).

Saturday, April 4, 2026

La pulsión de cuestionar

 La pulsión de cuestionar. Tan peligroso. Primer paso hacia el abismo. Debe ser dominada. Erradicada. Busca los vehículos de control interno antes de que alguien se percate de tus zozobras personales. Los secretos se los comen las oraciones. Así. Reza, para que la semilla del mal no germine. Para que te embargue la alegría de pertenecer y las dudas se disuelvan en un mar de... Siempre igual. Remedio universal. Cerrar los ojos. Aceptar las certezas. Pero..., ¿qué certezas ya? La pulsión de cuestionar volverá más fuerte, en la soledad, en la fosquedad del fin del día. De ahí el horror a sentirse desocupado. Hacer es dominar la angustia. Enterrarla. Pero, ¿de dónde viene? ¿Dónde nació? ¿Por qué? Lo ves, otra vez las preguntas, las dudas. Tortura circular. Los dogmas solían servir para ahogar la incertidumbre. Esa es su función, ¿no es cierto? Pero ahora... ¿es ser dogmático realmente la actitud correcta en la vida? ¿Y si las llagas del dogma no son aceptables para todas las personas? ¿Es moral forzar la sumisión a la doctrina, a la autoridad, incluso, especialmente, sobre aquellos que la rechazan? Una voluntad rota por la violencia no debería santificar, salvo que se ritualice otra vez la sangre del esclavo, salvo que dejemos morir la empatía para que reine el egoísmo. Cuestionar es retirar polvo y abrillantar los vasos sagrados. Cuestionar es purificar con luz los rincones foscos. Mas, si esto es así, ¿por qué me están apedreando sin piedad alguna? ¿No me reconocéis acaso? Quizás, al cabo, cuestionar no sea otra cosa que invocar a la Muerte.

Sunday, March 22, 2026

Rarezas

 -Qué raro eres... -me dijo ella mirándome con sus ojos aguados en incomprensión y superficialidad despreocupada, todavía hermosamente infantil-.

-No, los raros sois vosotros. -le contesté- Lo que pasa es que, como sois todos iguales, no os dais cuenta.

Thursday, March 19, 2026

La espera

 ¿Les oigo acercarse ya? Puede ocurrir, en cualquier momento. Supongo que debería estar preparado, pero, ¿cómo prepararse para algo así? No soy un animal inconsciente de su destino. Ojalá lo fuera. Es sólo cuestión de tiempo. No hay ninguna posibilidad de escape. Y sin embargo... Todos lo saben ya. Estoy marcado. Apestado. Ya no puedo volver a ser como ellos. Jamás. Por mucho que lo quisiera. Y no lo quiero. ¿Por qué se me acercó la directora hoy? No quería que contestara a sus preguntas irrelevantes e inconsecuentes. Eso está claro. Buscaba algo diferente. Atraparme en un renuncio, en una incoherencia. Constatar que, efectivamente, soy lo que dicen que soy. Para usarme como ejemplo aleccionador luego frente a toda la plantilla. ¿Ven lo que les pasa a este tipo de gente? No quieran ser como ellos. Ni lo intenten. En el barrio también lo saben. Estoy seguro. En la tienda. Nadie me mira a los ojos ya al hacer la compra. Ni una palabra amable. Y los guardias de seguridad en la organización. ¿Desde cuándo me espían? Seguro que se lo han ordenado. O quizá lo hagan por mero placer sádico. Venganza, por no haberles tratado con suficiente consideración en el pasado. ¡Ah, qué tiempos estos, en los que hasta el mayor cretino puede ejercer de inquisidor y verdugo! Claro, les aleccionan constantemente desde las pantallas, en las aplicaciones, en las noticias. ¿Estás seguro de que tu vecino no es tu enemigo? ¿No te parece demasiado diferente? ¿Has probado a indagar cuántas consignas conoce? ¿O en cuántas de nuestras actividades y competiciones ha participado recientemente? ¿En ninguna? Lo ves. Aquí está la prueba irrefutable de su culpabilidad. No merece seguir entre nosotros. No es como nosotros. No es fiable. Probablemente no es bueno. Algo tendrá de degenerado, tan esquivo y taciturno siempre. ¿Le has visto cantar alguna vez el himno oficial? Por supuesto que no. ¿Cómo podría, él? Es el candidato perfecto para la cuota mensual de traidores y desafectos. Eso no lo dirán en público. Pero todo el mundo lo acepta como verdad evidente. Mejor él que yo. A mí que me dejen en paz. Que no me toquen mis posesiones, mis derechos, mis... ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto se podrá aguantar así? ¿No se derrumbará todo cualquier día de estos? Quién sabe... Una desgracia tapa a otra desgracia. Una herida cubre otra herida. Y mañana, el abismo. Pero para mí ya no hay mañana. Ya está. ¿Qué es lo que he oído que dicen que he hecho? Se me olvida ya. Eso tampoco importa mucho. Una vez estás señalado, el proceso y sus protocolos son imparables e incuestionables. No ser suficientemente arribista y no querer nadar con la marea es pecado suficiente. Tener principios propios, qué cosa más intolerable y peligrosa en estos días. No dar la respuesta correcta a los superiores. No reír cuando ríen todos esas bromas crueles y horribles. No ser uno de ellos. O estás con nosotros o contra nosotros. O no estarás. ¿Han llegado ya? ¿Están al otro lado de la puerta? ¿Se habrán olvidado de mí, acaso? Al fin y al cabo, no soy más que un pobre viejo inocuo. Pero no, imposible. Sólo quieren prolongar la agonía haciéndome esperar en este limbo. Paralizado. Aterrado. Aunque, quizá, si intentara... 

Friday, March 13, 2026

Tradiciones muertas

 Un buen número de tradiciones no son más que meras supersticiones revestidas de sentimentalismo comunitario. Las tradiciones, si no se renuevan y reconstruyen, se pudren y se derrumban sobre nuestras cabezas. Es mejor honrar las cenizas de los muertos que cargar sus cadáveres putrefactos hasta que los restos y nosotros acabemos siendo un uno indivisible y monstruoso.

Academicismos

 Pocas almas encontraredes tan reaccionarias como la de un medievalista, mi buen amigo de mente racional. Y entre esas pocas, sin duda, habrá de estar la de los sinólogos. Algo, o mucho, habrán de tener en común entonces...

Monday, March 9, 2026

Dudas

 Quién sabe, quizá el poeta tenga un cerdo en su alma y el carnicero sea un héroe moral en secreto. O puede que ninguno de los dos levante la vista cuando las escuadras de asesinos se paseen por las calles del barrio buscando chivos expiatorios...

Monday, February 23, 2026

Sistemas educativos (versión local)

 En una ciudad y una sociedad con uno de los índices de desigualdad más marcados del mundo, pensar que en sus sistema educativo pueda haber algo de igualitario es, si no necio, cuanto menos hipócrita. La mera existencia (incluso proliferación aún hoy) de sistemas educativos privados paralelos, y casi totalmente independientes, al público, es la mejor prueba de esto. Y eso sin entrar a analizar el modelo administrativo y las intenciones de muchos elementos no gubernamentales al cargo de un elevado número de escuelas públicas en este lugar desde los tiempos coloniales. ¿Quieren ver las estructuras que conforman la educación reglada de una sociedad? Observen a dónde mandan a sus hijos los ricos del lugar, qué les queda a los pobres, y a qué aspiran las clases medias. Luego, fíjense si quieren en qué y cómo estudian, y así podrán tener una buena panorámica de qué se entiende por "educación" en un contexto concreto. Para ciertas cuestiones, los abstractos vacíos de significado nunca son un buen marcador.

Friday, February 20, 2026

Shenzhen

Shenzhen, ciudad espejo, protuberancia económico-industrial que amenaza ya con fagocitar al cuerpo original. Lugar de transición entre la impenetrabilidad del viejo imperio y las avanzadillas sangrientas de la piratería occidental. Tierra de nadie, al cabo. ¿Qué significa pertenecer a Shenzhen? La identidad se construye de manera más despaciosa que los rascacielos. Pero el dinero sigue fluyendo. Eslabón inevitable en una cadena logística de doble dirección que apabulla con su volumen y potencialidad. Te constituyen multitud de rostros con decenas de fisonomías desiguales, acentos diversos, pero una única lengua que se impone calle a calle sobre las viejas tradiciones familiares. Esta es la gran China, la nueva, refulgente; la vieja bandeja de arena por fin contenida y apelmazada en un destino luminoso. Ciudad-lanzadera de sueños individuales que pueden acabar estrellados contra realidades demasiado sórdidas. Me sorprende la cantidad de policías por las calles, en el metro, todos con aire adusto, hablando un mandarín lacerante en su silabeo para los que no pertenecemos. Y esos tornos a la entrada de las urbanizaciones residenciales, vigiladas por guardias de seguridad poco dados a levantar la barrera para mostrar la cotidianeidad de su sector. Más allá del centro comercial junto a la salida de metro y de esas avenidas interminables, monótonas, enemigas del viandante, más allá de tu comunidad y tu torre, nada. Horizontalidad frente a la verticalidad abigarrada de esa hermana mayor al sur que parece haberse empequeñecido, asustada. Cómprate una moto o una bici eléctrica, o resígnate a no salir de tu distrito. Aquí y allá, separadas, muy separadas, zonas comerciales creadas con celeridad para atraer a los jóvenes y las familias, cartón piedra para sustituir a unas ruinas históricas largamente perdidas. Parques temáticos falsos que contienen el mundo para que conozcas lo ajeno sin salir de tu cultura. Grandes marcas sinificadas para intentar vender lo mismo con otro envoltorio. Todo me resulta familiar, y sin embargo me siento terriblemente confuso y ajeno en estos barrios. Aún peor, me siento observado. Lai wai. Diferente. ¿A qué has venido? Tú lugar está al otro lado, gusano endemoniado y traicionero. Aquí no se habla inglés porque ni lo queremos ni lo necesitamos. Vuélvete por donde viniste antes de que alguien se sienta demasiado indignado con tu presencia y tu ignorancia… los viejos y los desposeídos te lo recuerdan antes de escupir sonoramente al suelo que te rodea. Si la lucha de clases se ha declarado terminada hace tiempo, al fin y al cabo algún enemigo habrá que construir para depositar en él todos nuestros malos sentimientos, el rencor de no haber prosperado al mismo ritmo que la nación. Nada importante, es de suponer. El dinamismo no se detiene por estas menudencias.  Shenzhen, puerta de entrada, pero, ¿en qué dirección?

Thursday, February 12, 2026

Bailarines

 La gente que baila es peligrosa. Saben retorcerse como serpientes, y eso les hace sibilinos.

Tuesday, February 3, 2026

Disfuncionalidades sociológicas

 Una sociedad que quiere hacer de sus miembros esclavos al servicio de los ultra-ricos no puede ser otra cosa que una sociedad de psicópatas esquizofrénicos...

Friday, January 23, 2026

Alta educación

 Cuídate de los que han recibido una alta educación, pues son infinitamente más peligrosos que el resto: no son grandes valores humanistas lo que habrán aprendido. Al contrario, su lado animal se habrá afilado, los colmillos y las garras sabrán dónde hendir y desgajar a sus presas con precisión mortífera. Más al mismo tiempo, habrán perfeccionado también el arte de controlar y disfrazar los impulsos primitivos. Las capas de afeites y formulismos ocultarán siempre sus intenciones últimas. Al cabo, tanto ritual huero habrá de generar una vacuidad lacerante e inevitable. A esto han querido llamarle, con demasiada frecuencia, civilización. Pero son otros impulsos los que nos hacen más humanos. La sofisticación, como mucho, domestica…


Sunday, January 18, 2026

La Ciudad de la Violencia (XXV)

El loco corría desgañitándose por la calle, y todos huían despavoridos de su dedo acusador. Este era un loco viejo, pero de demencia reciente. Toda su vida vivió de pequeños hurtos, estafas y coacciones, hasta que un día se lo llevaron a la comisaría y tardó más de lo habitual en volver de allí. Nadie sabe lo que pasó exactamente, pero, tras su retorno, el loco había perdido el habla, miraba constantemente a los lados, con miedo y furor animal, y se apretaba contra las paredes cuando la gente pasaba cerca de él. Su higiene se hizo aún más deficiente de lo que había sido, su figura era un muñeco desmañado y nervioso, de resortes invisibles, y sus balbuceos recordaban el brillo lóbrego de la senilidad. Nadie le dio demasiada importancia. Estos no eran tiempos de preguntar a los caídos en desgracia por la fuente de su sufrimiento, mucho menos de intentar aliviarlo. Lo que el Estado rompe, los ciudadanos no deben reconstruirlo.

Pere hete aquí que un día el loco cambió su actitud por completo; y de esconderse y huir de la gente en las calles, pasó a perseguir y encañonar con su dedo negro, roñoso, a quienes le rodeaban. ¿Por qué? No hubo quién diera una respuesta clara tampoco, estos eran tiempos turbios. Lo peor fue que la policía decidió que sería una manera ejemplarizante de impartir justicia y educar en sumisión si detuvieran y castigaran a todos aquellos a los que el loco se empeñara en señalar. Al fin y al cabo, nadie hay completamente inocente, de algo serían culpables, más tarde o más temprano. Las risotadas con las que las fuerzas de seguridad ejecutaban la captura de víctimas del dedo acusador comenzaron a resonar por todas las plazas y calles de los barrios populares. Y así nació la figura del loco que señala e insulta a los que deben ser aprehendidos y castigados, terror callejero de sus conciudadanos. Pero algo distinguía a este loco tan peligroso en su sinsentido de sadismo infantil: nunca, nunca apuntaba su dedo hacía los policías. ¿Casualidad? ¿Miedo? ¿Entrenamiento adecuado? Cuando algún infeliz le increpaba y se declaraba libre de culpa, y preguntaba por qué no señalaba más bien a los agentes del orden, entonces, el loco, en ese caso, siempre reía obscenamente y escupía al suelo. Los policías solían encogerse de hombros y cargar con el nuevo reo. Parte de su buen quehacer profesional era actuar y no juzgar. Hay quien dice que el loco estaba tomando venganza sobre sus congéneres, por haberle abandonado y aislado en el pasado. Otros mencionaban su naturaleza oscura y criminal, aún antes de perder el común raciocinio.  No faltó quién especulara sobre el carácter divino del dedo llagado y primitivo del ya no tan pobre diablo. Las autoridades consideraban el asunto innecesario de aclarado, y una flagrante falta de lealtad si se negaba la capacidad de este sujeto de detectar insurrectos y quintacolumnistas. En la Ciudad de la Violencia, los locos dictaban sentencia y los prudentes la acataban con fatalidad.


Wednesday, January 14, 2026

La Ciudad de la Violencia (XXIV)

 En los despachos de la Administración Central, bajo la adusta mirada de hombres grandes y gruesos vestidos con trajes a medida, se planificaba el nuevo modelo social, uniforme y definitorio: una sociedad de legionarios. Perros asquerosos de flancos musculados, violentos pero obedientes. Animales dispuestos al sacrificio que, entretanto, se distraigan mordiéndose entre sí. En otras latitudes, cual espejos reflectores, bajo techos abovedados de colores diversos, se habría de repetir la misma escena. El Mal, sí, se ejerce con la violencia de lo súbito; pero antes se estructura, pule y repasa, de forma lenta y sádica, buscando siempre su inevitabilidad justificatoria.

Saturday, January 10, 2026

Prognosis

 El contacto próximo y continuado con los poderosos acentúa las querencias radicales y la revulsión en el revolucionario sincero. Todo otro resultado posible ha de ser señal de mero arribismo. La maldad es una irradiación tóxica que se contagia, se pega, y exige un esfuerzo moral constante para librarse de ella. Puede que ni aún así. Conocer a los que dominan es, indefectiblemente, volverse más subversivo. Todo lo demás es enfermar, pudrirse, aún cuando el cascarón exterior permanezca intacto.