Tuesday, June 2, 2026

Los insectos (III)

Las puertas abiertas de par en par del almacén semejaban la entrada vejada de un paritorio. De las muchas cajas de productos secos, hierbas y carcasas de animales de facultades insospechadas que se apilaban a los lados formando un pasillo, brotaban interminables hileras de insectos de variados colores, aunque el ocre de las cucarachas y el rojo y el negro de las hormigas predominaba. Las filas en movimiento avanzaban en libertad por el pasillo, hacia el ascensor y las escaleras, en una sordina bisbiseante que, sin embargo, anegaba el cerebro de Liu y la impelía a la parálisis. Aún peor, tumbada en una silla reclinable, fofa y gelatinosa, con la parte inferior del abdomen rezumando un líquido verduzco y fosforescente, una descomunal cucaracha madre retorcía boca arriba sus patas mientras no paraba de dar a luz una y otra vez a decenas de pequeños insectos, los cuales una vez escupidos a este mundo correteaban desesperados en círculos buscando a su colonia, o un lugar oscuro y húmedo como aquel del que acababan de salir donde ocultarse y esperar. Un pensamiento de estúpida practicidad cruzó la cabeza de Liu: esto es imposible, las cucarachas son ovíparas. ¿Qué animal horrendo es este que tengo enfrente? Sin embargo, las hileras de insectos en fuga devoraron toda posible continuidad en el pensamiento de la mujer. Además, con un terror cerval, Liu adquirió la súbita certeza de que el animal en la silla la observaba concentrada, y la llamaba por su nombre, cual si fuera un familiar cuyo contacto se hubiera perdido mucho tiempo atrás. Abrumada por la mezcla de sensaciones, Liu gritó con todas las fuerzas que le quedaban y empezó a correr en dirección a las escaleras, sin importarle que le acompañaran en esa dirección miles de pequeñas criaturas. 

Con respiración entrecortada y desigual, bajó los escalones de los doce pisos que separaban su oficina de la calle, adelantando en su apremio a todos sus rivales de más pero menos largas patas. En su cabeza se mezclaban una sensación de realidad absoluta y desoladora junto con la imposibilidad total, insuperable, de que lo que estuviera viviendo fuera cierto.

La calle registraba ahora un nivel de bullicio ligeramente superior al que tuviera hace un rato, cuando Liu salió de la boca del metro y se dirigió a su oficina. Sin embargo, para ella algo había cambiado radicalmente la esencia del lugar. No se sentía ya segura, integrada, entre estas moles de cemento, puesto que había descubierto quienes eran los verdaderos dueños del lugar. La verdad se ofrecía descarnada a sus ojos hinchados: insectos negruzcos, marrones, verdes, con alas, con antenas, larvas, gusanos, pululaban por todas partes; se subían a los vehículos que circulaban en la carretera por los huecos del chasis; formaban juguetones los nombres de los negocios marcados en los letreros; generaban bultos movientes dentro de las ropas de toda la gente que caminaba maquinalmente a su trabajo sin que esto pareciera molestarles lo más mínimo. Es más, se alimentaban de la cera de sus oídos, del flujo nasal solidificado en sus fosas; del agua viscosa que escondían sus cuencas ahora amarillentas. La simbiosis entre el paisaje y los insectos parecía monstruosa, enfermizamente perfecta. Y Liu no podía escapar a este escenario, a este sino que a su alrededor todos aceptaban como natural.

El picor cutáneo que le llegaba por oleadas desde que se despertara se había transformado en un ardor doloroso. Observó su piel, trabajosamente mantenida en un tono lechoso y en una textura tersa durante años, y vio cómo por momentos se oscurecía, o incluso llegaba a tonos cárdenos, y pequeñas hinchazones aparecían por sus cuatro extremidades. Tenía el convencimiento de que todo su cuerpo estaba sufriendo el mismo proceso. Varias hormigas habían comenzado a escalar sus tobillos, diríase que con un cuidado y una delicadeza morbosos, una cucaracha de considerable tamaño se acercaba tímida hacia ella como si fuera un perro en busca de dueño, y Liu comprendió que los insectos de la calle iban a cubrirla y devorarla. Calló al suelo vencida por el miedo, y sus chillidos acallaron el resto del ruido matutino a su alrededor. Varias personas se acercaron, aunque manteniendo una distancia prudencial por si el pánico de la mujer derivaba en algún escorzo violento. 

-Pobre, ¿qué le pasará?

-¿Qué te duele, hija, necesitas ayuda?

-Por favor, que alguien llame a una ambulancia o a la policía.

Tan solo los insectos seguían llegando hasta ella, y parecían querer abrazarla con todo su cuerpo, para que dejara de sentirse aislada y se calmara.

Liu no supo cuánto tiempo estuvo gritando y retorciéndose boca abajo en la calle hasta que alguien o algo la levanto y, sujetándola por brazos y piernas, la subieron a un vehículo con una cama dentro. Una ambulancia, suponía ella, aunque apenas podía concatenar recuerdos, puesto que la conciencia de decenas de insectos pululando, ahora sí, de forma real, por su cuerpo, y la visión vomitiva de esas personas con hormigas, gusanos y similares criaturas invadiendo sus rostros como si fuera lo más natural, impedían ninguna construcción temporal lógica dentro de su cerebro. Recuerda incluso a un hombre con un uniforme azul que no hacía más que vomitar lombrices cada vez que abría la boca, y a un supuesto enfermero cuyo brazo era una oruga enorme que la apretujaba contra la cama de la ambulancia, pese al esfuerzo de Liu por levantarse y escapar de allí. Todo, absolutamente todo, a su alrededor, estaba cubierto de una herrumbre viscosa, y de manchurrones gruesos que en cualquier momento podrían abrirse y dar salida a una nueva bola de criaturas invertebradas. Y, mientras todo esto pasaba, Liu sabía que una transformación demencial se gestaba dentro de su organismo, sin que ella pudiera impedirlo de ninguna manera. Era imposible seguir resistiendo. Sólo le quedaba cerrar los ojos, exhalar el aire tóxico que circulaba por su garganta, y esperar la muerte, esa purificación última prometida que nunca llegaba.

Pero no fue la muerte, sino sueños absurdos y perversos, lo que vino a su encuentro. Seres de talle humano pero con cabeza de cucaracha que se paseaban orgullosos frente a ella; niños cubiertos por chinches, garrapatas y termitas que  querían abrazarla y, para su horror, llevarla a jugar con ellos a pequeñas ciénagas instaladas frente los edificios residenciales; polillas que devoraban primero el pelo, luego el cuero cabelludo, y finalmente la piel y el músculo de las cabezas de mujeres de aire indolente que se dejaban hacer con una sonrisa casi sacrificial; hombres de negro cubiertos por sotanas de las que sobresalían patas delgadas y peludas, y en cuyas bocas mandíbulas dentadas musitaban una plegaria descompuesta y mareante. Todos la saludaban, y parecían felicitarla por algo, Liu no acababa de entender muy bien el qué. Ella sonreía y agradecía los cumplidos, pero no había felicidad ninguna en su proceder, sino una tristeza inconsolable por algo que ella recordaba haber perdido irremediablemente, aunque no supiera a ciencia cierta qué podría ser. Una sensación de pertenencia forzada la embargaba, y la angustia de algo muy importante que se hubiera quebrado la acompañaba en este paseo por una ciudad reconocible y distinta a la vez. Hubiera querido llorar, pero tenía miedo de estos insectos humanos, pese a sentirse plenamente aceptada entre ellos. Mejor fingir por ahora.

No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero al despertarse la realidad le pareció mucho más tenue y difuminada que el mundo onírico del que había vuelto. Estaba sola en una pequeña habitación de paredes grises, con una cama, una mesilla y varias sillas redondeadas de metal a un lado. Por la ventana a su derecha se filtraba un haz de luz rojizo que parecía anunciar un atardecer terroso, caliginoso. Al poco, una enfermera abrió la puerta y, viendo los ojos abiertos y casi suplicantes de Liu, sonrió e hizo un gesto pidiéndola que esperara. Cerró la puerta y sus pasos se perdieron repiqueteando en el exterior, quizá en un largo pasillo de ventanales melancólicos. Si hubiera podido, se habría levantado de la cama, pero una banda no muy tensa cubría su vientre y la mantenía en una forzada posición de decúbito dorsal. Tampoco se sentía con fuerzas suficientes para ir mucho más allá, así que una paradójica resignación evitaba cualquier amago de fuga. Liu se preguntó se le habrían dado algún sedante o alguna droga para que se sintiera así, liviana y satisfecha con la situación resultante. Sus disquisiciones fueron interrumpidas por la llegada de un doctor de apariencia joven, probablemente uno de esos cristianos amables pero estrictos que pueblan la novelería popular, que quiso iniciar una conversación casual con la paciente:

-Bueno, ya ha despertado, ¿cómo se siente? ¿Algún signo de malestar? ¿Mareos?

-No, nada de eso – dijo Liu-. Me siento mucho mejor ahora. Creo que ya ha pasado todo. No sé qué ha podido ocurrir exactamente…

-Excelente. El episodio de crisis se ha extinguido. ¿Qué puede haberlo causado?, nos gustaría saber. ¿Alguna idea al respecto?

-No, yo, bueno, siento mucha repulsión por… -una contracción en el vientre de Liu le hizo interrumpir su discurso-.

-Tranquila, seguro que está muy cansada – replicó rápidamente el doctor-. En su estado, debe descansar y cuidarse todo lo posible. Procure estar lo más calmada posible.

-Sí, es cierto -sonrió Liu, y de manera casi mecánica se llevó las palmas de ambas manos a la barriga-. Esto es lo que yo había deseado siempre. Sería tan estúpido perderlo por un incidente aislado. Jamás me lo perdonaría.

Las antenas en la cabeza del doctor vibraron con empatía. Las miles de diminutas lentes de sus ojos compuestos se centraron en la figura de Liu: -Sí, eso es cierto. Sería algo terrible, señorita. Nuestra misión es ayudarla a que todo el proceso se desarrolle sin problemas y pueda usted traer a un nuevo y maravilloso ser a nuestro mundo.

Liu presionó con delicadeza firme su vientre y asintió en silencio. Allí dentro estaba el nuevo sentido de su vida. No iba a permitir que ninguna neurosis le arrebatara a su criatura, tuviera esta la forma que tuviera. -Gracias, doctor -musitó distraída.

Este anotó algo en un papel sujeto a una tabla fina, observó a la mujer por unos segundos, y comenzó a dirigirse a la puerta. Agarró el pomo, y antes de abandonar la habitación, se giró y dirigió estas palabras a Liu: -Muy bien. Muy pronto le daremos el alta, si no hay ningún episodio o crisis más en las próximas horas. Es una gran noticia verla tan animada. Descanse, es su deber, ahora. Y recuerde… -unos segundos de duda entre irónica y admonitoria separaron la última parte de su frase-, señorita Liu, que es un exceso de vanidad el querer caminar por la vida sin llagas ni insectos dentro. -Y dicho esto, salió de la habitación y cerró suavemente la puerta tras de sí. Liu comenzó a frotar por debajo de la banda su estómago para intentar producir una sensación de calidez, y a la vez dirigió su vista hacia la ventana. No podía vislumbrar el exterior, pero el haz de luz que se expandía despacioso comenzaba a dar a la habitación un tinte de hoguera primigenia. Arder si los demás se lanzan al fuego -pensó Liu-; ser uno con la colonia. Todo va a estar bien. Vamos a estar bien.

Cerró los ojos y, apaciblemente, dejó que los sueños volvieran a ella.



Sunday, May 31, 2026

Los insectos (II)

 Con una rapidez forzada y antinatural, caminó por las calles del distrito industrial hasta el edificio dilapidado donde se encontraba la oficina de su pequeña empresa, un fabricante local de gomas y piezas de encaje para las duchas con las fábricas en Foshan, pero centro administrativo aquí, debido a las frecuentes exportaciones a otros lugares del mundo. El sol golpeaba inmisericorde a los múltiples viandantes, y multiplicaba la fetidez de los efluvios que décadas de uso industrial habían asentado en esta zona. Como tantas otras áreas industriales de Hong Kong, esta había visto mejores tiempos, y hoy muchas empresas habían movido sus operaciones al interior de China, quedando fundamentalmente aquellas dedicadas al mercado local o cuyos dueños pertenecían a la pequeña burguesía de esta urbe. La desocupación había dejado amplios espacios para que colonias de criaturas diversas se expandieran por los, a veces muy decrépitos, edificios, y Liu solía sentirse asqueada por la frecuente visión de cucarachas, hormigas y ratas en las calles y en los pasillos interiores del lugar. Parecía que ninguna campaña de erradicación pudiera surtir efecto a largo plazo, las hordas invertebradas volvían a aparecer a los pocos días, o, como mucho, semanas. Después de los desasosegantes episodios de esta mañana, era mejor correr a su escritorio, revisar que nada se moviera a su alrededor, y embotar el cerebro con las decenas de correos, albaranes y facturas que esperaban preparación. Así, y de forma sorprendente para ella misma, logró ignorar la visión de unos cuantos insectos que parecían abrirle paso tímidamente, ahora se diría que asustados de su voluntad reforzada.

En la oficina, como siempre, solo una porción de los empleados había llegado. El dueño solía ser el último de todos. Su cabeza afeitada y su panza descomunal le daban cierto aspecto de escarabajo sonriente, pensaba Liu con frecuencia. Saludó a la anciana mujer de la limpieza, llegó hasta su cubículo, se sentó en su silla y encendió la pantalla de su ordenador. El cristal oscuro que comenzaba a iluminarse, sin embargo, le devolvió un reflejo preocupante: un rostro desencajado y pálido, en el que destacaban varias manchas rojas, alarmante presagio de una erupción causada quizá por el estrés de los episodios acaecidos desde que iniciara el día. Con desagrado, Liu sacó su caja de maquillaje del bolso y se encaminó hacia el baño. 

Este era un cubículo de escasas proporciones, con las paredes cubiertas por baldosines marrones en las que la suciedad parecía enquistarse con pasmosa facilidad. La luz de la mañana se filtraba por el ventanuco y ayudaba a aumentar la sensación de caparazón gelatinoso del lugar. Un diminuto lavabo y, sobre él, un espejo que comenzaba a ajarse en los bordes, y una taza de váter ya desgastada por el uso comunal pero, por lo general, aceptablemente limpia, constituían el mobiliario, completado con la escobilla oscurecida y varios botes de productos de desinfección usados por la limpiadora. Liu observó su reflejo difuminado por los haces amarillentos del sol e intentó calmarse. Quizá estaba siendo excesivamente aprehensiva con toda esta cuestión de los insectos, al cabo ninguno la había atacado directamente todavía. Era tan sólo que su mera presencia se le hacía tan ofensiva, tan intolerable… ¿Cómo podía ser que los demás no sintieran lo mismo que ella? ¿Sufría acaso de un exceso de celo en cuestiones higiénicas o era falta de educación en estos menesteres lo que cegaba a la mayoría de sus conciudadanos? El mundo está lleno de seres absolutamente incomprensibles, pensó entre la tristeza y la indignación. Tras recomponer un poco el maquillaje matinal, decidió usar el baño antes de volver a su escritorio. Necesitaba orinar para que los malos tragos de la mañana se escurrieran en el olvido.

Levantó la tapa de la taza, limpió el asiento con un poco de papel higiénico, se sentó y, casi mecánicamente, abrió la pantalla de su móvil para distraerse unos instantes. Sin embargo, apenas hecho todo esto, una sensación de peligro y desagrado se extendió por su cuerpo, a la vez que el picor cutáneo en toda su piel se intensificaba. Algo parecía moverse desde el fondo de la taza hacia la superficie, o eso creía Liu. Alarmada, se levantó con brusquedad y bajó la mirada. Reptando por la superficie blanquecina, escapando al líquido ahora amarillo del fondo, una maraña de gusanos rosados ascendía de manera nerviosa, casi frenética. Algunos parecían ya a punto de alcanzar el asiento que pocos segundos antes ocupara la mujer. La visión de Liu se emborronó por unos instantes, la habitación pareció girar varias veces a su alrededor, y un grito ahogado se deshizo entre su garganta y su boca. Para su horror, un par de gusanos de la bola viscosa había logrado estirarse y alcanzar la parte interna de sus muslos. Uno en cada uno. Su ascenso en el cuerpo de Liu era si cabe más enconado. Desesperada, la mujer comprendió que los gusanos en sus piernas avanzaban buscando una apertura en su cuerpo. Un instinto ciego los guiaba hacia su sexo. La respiración de la mujer se volvió pesada como el cemento y sus músculos parecieron reblandecerse y perder toda fuerza súbitamente. Gritando ahora sí a pleno pulmón, comenzó a golpearse con las palmas abiertas en los muslos, con toda la violencia desaforada que ese día había acumulado en ella. No sabría decir cuántos segundos estuvo golpeándose, pero sólo cuando la sensación de movimiento ajeno en sus extremidades desapareció pudo adquirir conciencia plena de la situación, mirar con asco infinito sus palmas enrojecidas y cubiertas de un líquido ámbar en el que todavía se retorcían los pocos fragmentos de los animales que no habían explotado bajo los golpes, colocar rápidamente las manos bajo el grifo del lavabo y abrir con fuerza el agua. Mientras tanto, el resto de gusanos pugnaba ya por lanzarse al vacío desde la vertiginosa altura del asiento del váter. Los ojos monstruosamente agrandados por el horror de Liu observaban esta operación, mientras el agua purificaba sus manos e intentaba lavar torpemente sus cárdenos músculos. Corría peligro en esa habitación. Necesitaba escapar de allí. Con desesperación se subió unas bragas que habían perdido su condición inmaculada en el frenesí, recompuso como pudo su falda, y salió corriendo del baño. La poca presencia de empleados en estas horas todavía tempranas de la mañana dio cierta privacidad a la salida extemporánea de Liu. Tan sólo la mujer de la limpieza se percató de que algo ocurría. Con la calma fatalista de muchos años de trabajo invisible, se acercó a preguntar:

-¿Estás bien, hija? ¿Te ha pasado algo ahí dentro? -dijo con una voz que denotaba a la vez amabilidad y dureza amarga, una voz que sólo las vidas anegadas en el desprecio y el desastre pueden alcanzar.

-Sí, los gusanos, están ahí, saliendo a borbotones de la taza. Es horrible, ¿por qué…? -la frase se congeló en la boca de Liu. Nada tenía sentido. El mundo se había convertido en un gigantesco huevo podrido.

Los cabellos lacios y escasos de la anciana se retorcían en contracciones vermiculares y espasmódicas, como les correspondía a los gruesos gusanos que constituían el que antes fuera pelo de la mujer. Era como si estas lombrices monstruosas estuvieran enquistadas al cuero cabelludo de la limpiadora y pugnaran desesperadamente por escaparse y buscar otras cabezas que habitar. Diminutos insectos se movían por su cara, entrando y saliendo de las fosas nasales y la boca, cual si habitaran la corteza de un viejo tronco y no la piel cuarteada de un ser humano.

Liu gritó y comenzó a dar pasos hacia atrás, defensiva, desesperadamente.

-¿Qué te pasa, joven hermana? -la anciana avanzaba y tendía su mano, en cuya palma un agujero cauterizado rebosaba de diminutas hormigas que correteaban por el brazo en direcciones caóticas.

Liu gritaba y pedía ayuda, alguien debía ser capaz de ver y sentir lo que ella estaba sufriendo en ese momento. Era todo demasiado intenso y continuado para ser una alucinación. Era monstruosamente real.

-¿Qué pasa ahí? -una voz vagamente familiar, alguien que trabajaba allí, aunque Liu no podía identificar quién, se acercaba entre las mesas, ficheros, ordenadores y separaciones-. Liu miró con la desesperación del ahogado que quiere ver tierra para mantenerse en la superficie unos segundos más. Sí, era su compañero, era… una cara descompuesta por el vómito de gusanos cayendo incesantes por la boca, los globos oculares reventados por las lombrices que luchaban por desgajarse del cuerpo. El mundo entero buscaba infectarla, destruirla, deshumanizarla sin remedio.

Escapar. Correr. Pura supervivencia. Liu se lanzó hacia la puerta de entrada a la oficina, con los dos engendros de sus antiguos compañeros de trabajo detrás, vociferando incoherencias contaminantes. La puerta, la salida, pesada, lenta, dios mío, iban a agarrarla, ¿qué podrían hacerle entonces? Logró abrir un hueco suficiente, salió al pasillo aséptico de paredes naranjas. Correr hacia las escaleras, mejor que el ascensor. Nadie aparecía frente a ella. Era como si el mundo hubiera sido ya devorado. Y, entonces, al pasar frente a la puerta del almacén de productos secos medicinales chinos que tan bien creía conocer, lo vio...


Friday, May 29, 2026

Los insectos (I)

 A Liu le horrorizaban los insectos. Su carácter de saco invertebrado de líquidos le repugnaba sin límite. Su multiplicidad, capacidad de esconderse y reproducirse le causaban una verdadera agonía mental. Con frecuencia sufría de pesadillas en las que insectos diversos penetraban en su cuerpo mientras dormía a través de diversos orificios, y al despertarse necesitaba correr frente al espejo del baño y palparse con angustia para comprobar que las repugnantes criaturas no estaban moviéndose aviesas entre sus entrañas. Secretamente, había rezado y hecho ofrendas a diversos dioses, tanto locales como occidentales, para que algo así nunca llegara a ocurrirle.

Ese día, desde el primer momento, algo desazonador parecía acompañar cada uno de sus movimientos. Un cosquilleo inquietante recorría su piel, y a veces parecía querer introducirse a través de sus poros. Diminutas manchas oscuras aparecían y desaparecían en su campo de visión, juguetonas sombras a las que Liu no sabía si su imaginación ponía patas o no. Ya en el baño tuvo que utilizar un fragmento de papel higiénico para capturar a una pequeña cucaracha bebé que escalaba frenética la llanura interminable de baldosines de la pared aledaña a la ducha, probablemente intentando escapar de las nubes de vapor formadas recientemente. La inexperiencia del joven insecto habría de costarle la existencia, pensó una sanguinaria Liu. Mala señal, de todos modos. Luego, tras el rápido desayuno de bollo dulce y té rojo, y en el frenesí preparatorio de inicio del viaje al trabajo, otro de estos diminutos seres, hermana quizá de la anterior finada. pudo ser avistada entre las migajas caídas al suelo, quizá queriendo hacerse pasar  por un pedacito más del pan devorado. Escoba, recogedor y bolsa de basura dieron buena cuenta de la atrevida criatura. "Dios mío" -pensó Liu entre la ligereza y la alarma- "¿Tendré una colonia de cucarachas oculta en algún rincón o grieta de mi casa? No puede ser. Esta misma noche debo revisar a conciencia y esparcir suficiente veneno". Y tomando nota mental de la nueva obligación asumida, recogió su bolso negro, se calzó los zapatos de oficina, y salió de la casa. En el pasillo al ascensor, bajo los fluorescentes amarillentos, le pareció ver corretear varios bultos marrones de tamaño considerable, huidizos y repugnantes, pero cómo pararse a comprobarlo, con el tiempo justo para llegar al trabajo.

Una vez en la calle, el verano hongkonés parecía conspirar para construir un verdadero paraíso para el mundo de los artrópodos. El calor asfixiante y la humedad extrema, reforzada por las frecuentes lluvias, más las montañas de basura generadas por la acumulación humana en la ciudad, ofrecían posibilidades infinitas para la proliferación y refuerzo de las ya milenarias especies. Mosquitos insaciables, abejorros mareantes y aterradores, mariposas engañosas en su aleteo hipnótico, hormigas numéricamente interminables y no siempre exentas de ferocidad, y cucarachas de todos los tamaños, aladas o trepadoras, recibían a Liu con una sinfonía desquiciada y chirriante. "Esas hormigas saliendo del pavimento roto" -se decía ella-, "¿de dónde salen en tan gran cantidad hoy? ¿Soy yo o hay muchas más de lo habitual? ¿Huyen del calor aplanante, de las obras, o han iniciado un ataque final contra la Humanidad?" -y, por si acaso, aceleraba el paso en dirección a la boca de metro, tratando de no reducir su cadencia al caminar para que los mosquitos no pudieran alcanzarla. Era agradable vivir en un barrio con más árboles e hierba de lo habitual, por algo estos eran los Nuevos Territorios, pero el precio a pagar en convivencia con insectos y otras pestes hacía que Liu suspirara por un apartamento elevado en un buen barrio de la Isla. 

La entrada al metro, como de costumbre, resultaba ser un vórtice bullicioso de personas, unas veloces y elásticas y otras despaciosas y frágiles. El engullimiento y vómito incesante de humanos dinamizaba la calle y el paisaje de ventanas y aires acondicionados que rodeaban esta entrada y bloqueaban la vista del cielo. Sin embargo, algo extraño parecía ocurrir, de manera simultánea al incremento en el picor cutáneo que Liu sentía desde que se levantara. ¿Qué era exactamente? Al acercarse a las escaleras de bajada al metro, pudo comprobarlo. Esquivando milagrosamente las decenas de pies que martilleaban los escalones, un nutrido grupo de enormes cucarachas ascendía zigzagueante, pareciera que en busca de la libertad prometida por la luz solar arriba, algo extrañamente antinatural en estos animales. No pudo reprimir un grito de horror al ver avanzar hacia ella esa escuadra repugnante, y a punto estuvo de perder el equilibrio, aunque la barandilla metálica de separación en las dos direcciones (ascendente y descendente) ayudó a evitar una caída de funestas consecuencias. Las cucarachas se movían a una velocidad escalofriante, trepando por escalones y pared, salvo cuando decidían detenerse súbitamente, bajo un instinto preternatural de conservación que evitaba el aplastamiento bajo esa avalancha de gigantes con suelas asesinas. El pequeño grupo de insectos tardó sólo unos segundos en sobrepasar el escalón de Liu y llegar a esa tierra prometida de la superficie, donde siguieron su frenética huida de quién sabe qué monstruosidad moderna. Ella se percató de que estaba completamente paralizada, sus dos manos aferradas fuertemente a la barandilla y un rictus de terror en su cara. Sin embargo, la muchedumbre de dos patas seguía pasando a su lado como si nada hubiera pasado, y las miradas reprobatorias por obstaculizar el descenso comenzaban a caer sobre su cuerpo empapado en sudor. Las lágrimas estaban a punto de brotar descontroladas de sus ojos empequeñecidos por el terror. "Pero, no han visto..." -un hilillo de voz salía tembloroso de sus labios-. "Sí, hija, sí, anda, camina" - le contestó sonriente una mujer mayor con aspecto de contable que bajaba los escalones cuidadosamente-. Haciendo un enorme esfuerzo, Liu logró mover sus piernas y caminar de forma poco menos que maquinal hasta el andén.

Allí, la inercia de la multitud la empujó dentro del vagón cuando las puertas del tren se abrieron. El aire acondicionado, excesivo hasta lo helador, mezclado con la impresión borrosa de lo que acababa de suceder, formaba un caldo verduzco y burbujeante en el estómago de la pobre mujer, de tal forma que tuvo que sujetar su estómago con una mano y el asidero con la otra y hacer un esfuerzo por no vomitar sobre todos los que la rodeaban. Lo mejor sería entrecerrar los ojos y adormecerse hasta llegar a su parada, todavía a mucha distancia, pensó ella. Fijó su mirada hasta entonces distraída en los marcadores luminosos de las diferentes paradas de la línea, y una sacudida eléctrica de asco puso todo su magro cuerpo en tensión. Una gruesa oruga de un rojo translúcido se contorsionaba cadenciosamente para avanzar a través del marcador, diríase que a la par que los nombres de paradas que iban quedando atrás. Los puntos azules traspasaban el cuerpo semitransparente del animal, aunque en gran medida se mezclaban con el escarlata atenuado que fluía por su interior. La mente de Liu repetía obsesiva una frase que había escuchado varias veces: "Rojo, color del veneno". Arcadas violentas comenzaron a anunciarse desde su vientre hacia su garganta. No pudo reprimir un gesto de incredulidad, llevándose una mano a la boca y torciendo esta en un espanto irrefrenable. La gente a su alrededor la comenzaba a observar con alarma, y un círculo de distanciamiento comenzó a hacerse a su alrededor. Incapaz de dar una explicación calmada, Liu señaló con su dedo hacia el marcador de paradas, pero toda la atención parecía ser absorbida por su gesticulación exagerada y el copioso sudor que añadía dramatismo a su rostro descompuesto. Nadie miraba a esa oruga que inexplicablemente viajaba con ellos. Con un esfuerzo descomunal, Liu logró articular una tenue concatenación de frases: "¿No la ven? En el marcador, ahí...". "¿Está usted bien, señorita? ¿Necesita atención médica?" -acertó a preguntar un hombre con aspecto de obrero de la construcción con aire preocupado. Con una repulsión que jamás hubiera creído llegar a experimentar, Liu reconoció una oruga similar, sólo que más pequeña y mucho más delgada, quizás hija de la anterior, agarrada a la parte trasera del cuello del hombre que la había interpelado. Empezaba a dudar de si la pregunta se la había hecho él o el rojizo animal que parecía cabalgar y dominar a su montura. Un llanto casi infantil de indefensión anegó a Liu, y el círculo de aislamiento a su alrededor se ensanchó dramáticamente. Durante varias paradas, la pobre mujer fue incapaz de levantar su mirada del suelo, y los sollozos salían entrecortados de su garganta con espasmos de regurgitación que no acababan de alcanzar una salida. El silencio a su alrededor era tal vez más espantoso que su propia imagen.

De alguna manera, una conciencia adquirida con la práctica repetida durante años hizo saber a Liu que su parada era la siguiente. Recomponiéndose como pudo, y sin atreverse todavía a mirar al marcador o a los otros pasajeros, salió del vagón y encaminó sus pasos hacia las escaleras mecánicas que la llevaran a la superficie. Una última y furtiva, rápida mirada al marcador de líneas en aquel maldito tren sólo le devolvió un brillo rojizo y difuminado bajo nombres y letras que bailaban una danza macabra. Quién sabe dónde estarían ahora las orugas. A su alrededor, indiferentes cual autómatas, el resto de viajeros se movía formando y rompiendo líneas, ajenos a nada que no fuera su tórpida rutina diaria. Controlando a duras penas los temblores que sacudían su cuerpo, Liu logró unirse a una de estas líneas de avance en dirección a su salida. Sus ojos ahora abiertos exageradamente en busca de criaturas reptantes o trepadoras se movían en todas direcciones, pero siempre evitando el contacto directo con otros humanos. 

Tuesday, May 26, 2026

Un conocimiento propio

Algunos, pocos, hombres logran alcanzar un conocimiento propio. No totalizador, pero suficientemente satisfactorio en sí. Ese conocimiento justifica el hecho de estar vivo, de existir. Muy importante, no es un conocimiento heredado, sino construido trabajosamente a lo largo de los años, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Es un conocimiento de apariencia insignificante para la mayoría de sus congéneres, pero fundamental y autosuficiente para su poseedor. Como tal, es intransferible. Es un fragmento de luz congelado en la eternidad, y efímero a la vez; por tanto, de naturaleza totalmente humana. No suele tener gran utilidad instrumental, más allá de ser guía vital para su creador. Es subjetivo, volátil, y difícilmente cuantificable. No es numérico, aunque en ocasiones puede hacerse un esbozo con números. Tampoco es totalmente silábico. De cualquier forma, necesita una estructura para desplegarse en el mundo. La imperfección de ese despliegue es inevitable. La transmisión de ese conocimiento es un anatema ridículo, y fácilmente derivable en obsesión dogmática. Su función es pacificar, equilibrar, en ocasiones incluso sanar daños internos. Puede ser explicativo en ocasiones, pero con las graves limitaciones de la separación entre individuos. En otras, puede ser narrativo, y serpentear juguetonamente de manera casi infinita, o cerrarse circularmente; en estos casos la forma suele imponerse al contenido, aunque tienden a hacerse indistinguibles a medida que ambos se expanden. De todas estas diferencias se derivan diferentes disciplinas, pero al poseedor del conocimiento le suelen importar muy poco esas taxonomías. Es más bien a los ladrones, representantes espurios o lánguidos sacerdotes de conocimientos ajenos a quienes la compartimentalización y usufructo irresponsable del conocimiento ajeno les interesa como apropiación egoísta de un bien que no han sabido alcanzar por méritos personales. A los dueños de un conocimiento propio se les suele ridiculizar en vida. A veces, se les asalta, detiene y agrede con venenos y castigos psicológicos profundamente sádicos. La separación del resto de la sociedad es recomendable en casi todos los lugares, puesto que el ejemplo de pensamiento propio puede perturbar el gregarismo inherente a las civilizaciones que promueven las relaciones hueras y el automatismo servil (casi todas, al cabo). Los conocimientos propios han sido motivo de linchamientos, piras humanas, empalamientos, ahorcamientos, trepanaciones, destierros, torturas médicas, despidos, otras muertes sociales, y más recientemente, burlas y acoso en el mundo virtual de las Redes Sociales. Son peligrosos para los fingidores de sabiduría, autoritarios e intolerantes. Son inquietantes para quien vive cómodo en la superficie de las cosas. Son un antídoto contra la mentira y la crueldad que contamina nuestras ciudades. Son un tesoro intransferible, el único duradero, y por ende, completamente carente de valor.

Tuesday, May 19, 2026

Apuntes volanderos sobre el mundo del trabajo y sus implicaciones socioculturales

 Es manifiesta globalmente una tendencia hacia la disolución de códigos deontológicos para romper y arrasar con la conciencia de pertenencia a un grupo profesional, con el sindicalismo y con la conciencia de clase en general. Así como también es marcadamente manifiesta la sustitución de dichos códigos deontológicos por elementos corporativistas o puramente arribistas e individualistas (el supuesto espíritu emprendedor o la ausencia de ética profesional por espúrios motivos coyunturales de escasa duración temporal).

Wednesday, May 13, 2026

Antro neoliberal

 "Triunfar" a base de méritos propios es algo muy difícil, costoso y cansado. Por eso, la mayoría de los arribistas que pululan por esta ciudad (y son legión) buscan sus "triunfos" laborales a base de zancadillas, maledicencia y empujones. La vía rápida al éxito (siquiera moderado) laboral. Así se forman los ambientes de trabajo tóxicos. Así construyen sus reinos de taifas en la oficina los sociópatas. Se glorifica no la eficiencia, sino la sumisión, la hipocresía y el corporativismo. Lo peor del ser humano se transforma en virtud grupal. Así se envenena una sociedad. Veneno neoliberal. Mentalidad de amo y esclavo. Y eso permea también la educación, la familia, todas la relaciones sociales en general. Ya habrá instituciones moralistas y rituales hueros para lavar la mala conciencia más tarde, cuando sobre un poco de tiempo, y disfrazarnos de buenos ciudadanos piadosos. Antro de ciudad...

Tuesday, May 12, 2026

La Ciudad de la Violencia (XXVI)

 En los despachos grises pero centelleantes de la sección de Vigilancia y Castigos, la actividad era incesante. Nuevos y viejos miembros, altos cargos con charreras ostentosas y jóvenes recién trasladados ansiosos por aprender las numerosas normas no escritas, todos se afanaban, o fingían con ahínco hacerlo, en una danza macabra de funcionalidad administrativa teñida de sangre. Los informes debían producirse sin descanso. Las listas de sospechosos debían renovarse constantemente. Y las ejecuciones de culpables demandaban expedición inmediata. El movimiento lubricaba las convicciones y hacía de los chillidos de los torturados un himno purificador. El hedor a heces y carne abrasada que emanaba de los sótanos servía de recordatorio de la gran fortuna que acompañaba a los servidores de la Administración. Dudar era bajar peldaños en esa dirección, socavar el destino de una comunidad, de un pueblo. En los descansos entre turnos se recomendaba participar en desfiles o en lecturas colectivas del Gran Código Renovado de Buena Conducta. Una de las actividades más gozosas era la quema de panfletos subversivos en alguno de los patios interiores. Las pequeñas montañas de papel se transformaban en pavesas danzarinas, inocuas, mero reflejo del olvido al que el Poder condenaba a sus críticos. 

En esas estaba un pequeño grupo de funcionarios, viendo danzar las llamas alrededor de los libelos repugnantes, cuando un pequeño fragmento de papel socarrado voló hasta el tronco de un imberbe oficial en prácticas, amenazando el carácter impoluto de su uniforme:

-Señor, ¿dónde está la Ciudad de la Violencia de la que hablan estos planfletos? -preguntó el auxiliar-.

La alarma y la incredulidad empezó a dibujarse en las miradas de los allí presentes. Algo había mancillado la pureza del ritual exterminador; algo debía ser reparado con violencia suficiente, parecía decirles su instinto social largamente entrenado en años de educación selecta.

-Pobre idiota -pensó el supervisor-. Tendré que recomendar que le multen y le envíen a un centro de aislamiento y reeducación -y sonrió entre melancólico y exitado para sus adentros-.

Por su parte, el desdichado autor de la pregunta comenzaba a sudar copiosamente, a perder el color en su tez, y a intuir la magnitud de su error.

-Es necesario -continuaba ponderando silencioso el supervisor-. Debemos enseñar la imposibilidad de la duda y el respeto absoluto a nuestra tarea. El Camino es una línea recta pavimentada de huesos astillados, no hay otra manera. No debemos permitir jamás que la haya, o...