Tuesday, August 18, 2026

La reunión

 La sala de reuniones, amplia, refulgente, estilizada, había sido preparada de forma impecable. La larga mesa rectangular y las cómodas sillas giratorias de cuero estaban ya dispuestas para la llegada del panel de altos consejeros y asociados. Pequeñas botellas plásticas de agua extraída en las montañas de Fiji acompañaban cada asiento. Equidistantes del centro, marcando una partición invisible, dos cestas plateadas reposaban, repletas de frutas: plátanos, higos, uvas y bayas variadas. El encargado del catering en el edificio sonrió: con un poco de suerte, el derramamiento de sangre se podría evitar en esta ocasión. Estas reuniones de directores y ejecutivos, mal diseñadas, podían acabar siendo apocalípticas. El orden debía prevalecer sobre los instintos animales.

La secretaria encargada de ejercer de copista y transcribir la reunión se encogía temblorosa, sentada en un sillón bajo al que habían añadido una mesita ligeramente inferior, casi a la altura de sus rodillas, de forma que se veía obligada a inclinar su cuerpo hacia el frente para tomar notas o usar el pequeño ordenador portátil sobre la mesita, adoptando así una posición casi de ruego. Corrían rumores sobre la triste suerte de la secretaria en la última reunión general, y los esfuerzos por congelar la expresión en una sonrisa dócil y diligente se hacían obvios en el rostro de la presente. Si no fuera porque necesitaba el dinero...

Una algarabía descontrolada en la que se mezclaban chillidos estridentes con fuertes palmadas arrítmicas y pisotones retumbantes anunció la llegada del panel de directivos. El encargado tragó saliva, dirigió una mirada entre cómplice y compasiva a la secretaria, y se lanzó a abrir las puertas de la sala antes de que el ímpetu habitual de los participantes las echara abajo. Su intento, un tanto torpe y desmadejado, fue inútil. Las puertas se abrieron de par en par, y un tropel desordenado pero decidido de cuerpos voluminosos, duros, imponentes, le empujó a un lado mientras un zumbido ronco de gruñidos, jocosos unos y admonitorios muchos otros, envolvía imparable el lugar. Tras varios balanceos grotescos para evitar perder el equilibrio (la presencia de tan insignes miembros siempre causaba este efecto en los movimientos de los empleados), el fallido maestro de ceremonias pudo recuperar la verticalidad, y por ende una parte de la dignidad arrebatada. Pese al caos aparente de la entrada, todos se habían colocado ya en sus posiciones habituales, empujándose y golpeándose el pecho y la cabeza para hacerse notar. Alguno intentó subirse a la silla y empezar a girarla (práctica favorita de muchos durante los momentos de estancamiento y distensión en estas reuniones), pero un manotazo brutal en la mesa hizo que todos redujeran abruptamente sus soniquetes de vocales repetidas y dirigieran la mirada, con una solemnidad sorprendente, al centro de la mesa. El presidente, descomunal en su tamaño y en la longitud de sus brazos y hombros (contrastada con la pequeñez de una cabeza casi diríase que reptiliana, de no ser por el abundante cabello crespo y negro) había dado la señal de inicio para la sesión de hoy.

Pálido, haciendo un esfuerzo profundo para controlar el miedo que viajaba de sus tripas hacia su sistema excretor, el encargado intentó avizorar humilde un gesto del líder que le indicara la falta de necesidad de su presencia, para así poder dirigirse a la puerta y abandonar este lugar que ahora semejaba electrizado, hechizado, maldito. Los ojos fulgurantes e implacables del presidente recorrieron la sala lenta, pausadamente, asegurándose de que nadie se atrevía a sostenerle la mirada. Cuando se fijaron en la figura del hombre casi lloriqueante situado a varios metros de la entrada, sonrieron con delectación. Nada más placentero que la sumisión para quien personifica el poder en la tropa. Tras haberse asegurado de haber atravesado de miedo el cerebro de este ser insignificante, condescendió con un ligero gesto del cuello y un gruñido ininteligible a autorizar su partida. El encargado, embargado por olas crecientes de alivio, aumentó el gradiente de su reverencia, miró al suelo, y se encaminó hacia el pasillo. Mientras iniciaba los pasos hacia su liberación temporal, sin embargo, cometió el error de levantar la vista y mirar al fondo del pasillo, donde el ascensor permanecía extrañamente abierto. En su interior, sentado en el suelo semi inconsciente, el ascensorista gemía y hacía vanos esfuerzos por levantarse. Su rostro y sus manos eran poco menos que una protuberancia deformada, púrpura, negra y roja, y pequeñas gotas de sangre caían en su destrozada camisa como las goteras tras la lluvia en un tejado semiderruido. "Mierda, otra vez" -pensó inmediatamente el encargado-, "A este paso no vamos a ser capaces de encontrar reemplazos para los botones en este puto edificio". De alguna forma, el disgusto se tradujo y escenificó en su cara por unos instantes, deslealtad intolerable, y el presidente pudo verlo antes de que el infeliz alcanzara las puertas. Con un chillido agudísimo y seco, señaló al hombre con su dedo índice. De forma inmediata, varios de los participantes en la reunión se abalanzaron sobre el pobre personaje, sujetándolo por los brazos y forzándole a darse la vuelta y encararse con un rictus de horror al grupo reunido. Las puertas se cerraron tras él sonoramente, y todos los presentes alrededor de la mesa comenzaron a expresarse en forma excitada y estridente, incluso golpeando sus sillas o el escaso mobiliario alrededor. La sesión acababa de iniciarse. Enmudecida y con los ojos desencajados, la secretaria escribía en su ordenador compulsiva, velozmente, incapaz de mirar a ninguna otra parte...

Saturday, August 1, 2026

Rostros en la ciudad

 Esos rostros. Por todas partes. En las calles, en el metro, en los pasillos fluorescentes de los centros comerciales. Denotan sufrimiento, resentimiento, repulsión. Odio. Algo patológico. Una enfermedad colectiva. Un daño asumido, absorbido, exacerbado. El prójimo como un enemigo, como una molestia. Es el precio a pagar por ser competitivo, mienten los que se benefician, rastreros, de estos bajos impulsos entrenados. No; es el lubricante de la injusticia, de la desigualdad, del abuso. Es el espejo fragmentado en el que nunca podremos vernos como seres completos, ni reconocernos colectivamente. Esos rostros que interpretan una sonrisa como una amenaza, la empatía como un signo de debilidad, la inocencia como un estadio de la estupidez. Rostros adustos, severos, despreciativos, casi sádicos. Rostros ajados y oscuros que imitan la putrefacción moral de los amos. Rostros serviles, quizá secretamente avergonzados de sí mismos. Rostros amargados, asustados de las risas francas y abiertas. Rostros enfermos, agotados, derrotados, pero en constante fricción con los estímulos visuales que los han moldeado durante años, sin descanso, en esas pantallas deletéreas, en esos muros cubiertos de lemas hueros y martilleantes, en esos desfiles de números deshumanizantes. Rostros sangrantes cuando revientan bajo los puños apretados del compañero en desgracia que no soporta más lo que le rodea. Rostros supurantes de bilis, de humores oscuros y relucientes que se mueven diríase que con vida propia. Rostros que manifiestan el Mal omnipresente, y sin embargo lo ocultan bajo una pátina de caridad mascullada. Tantos hombres apiñados aquí; y, pese a ello, tan difícil reconocer esa belleza indescifrable de la bondad humana.

Saturday, July 25, 2026

La memoria

 La memoria te va a perseguir por mucho que te esfuerces en desarraigarte, en escapar. La memoria te ha hecho y hará a tus hijos pese a la falta de conciencia, pese al manto negro que la esconde. La memoria es un ángel de espaldas que conoce los desastres de la Historia, pero sabe ofrecértelos troceados y dulcificados. A veces vuelve súbita como el fogonazo de un fotógrafo pretérito, y anuncia que el presente y el pasado pueden ser la misma cosa cuando las visitas llegan a la puerta de nuestras pobres, absurdas vidas cotidianas. La memoria se deforma y se estira cuando habitamos en latitudes que son un jarrón vacío de recuerdos, y se comprime, es una pequeña caja ajada de madera rebosante de miedos y cuentas pendientes, cuando volvemos a la tierra original de nuestras raíces. ¿Quién tiene posesión de la memoria? ¿Puedo yo apropiarme de la memoria de estos personajes extraños que forman una selva tupida de vivencias ininteligibles, casi impenetrables? Escondemos la memoria, la enterramos, la disfrazamos, la aturdimos; y, sin embargo, no volver a ella es quemarse las yemas de los dedos a propósito, y pretender acariciar después. Vivimos para no recordar, al menos intentarlo. Recordamos para justificar lo vivido. Y, entremedias, pasa todo lo demás.

Saturday, July 11, 2026

Anotaciones breves y veraniegas

Hong Kong, tanta riqueza material fluyendo en tus arterias, y tanta miseria humana envolviéndola. Quizá eso sea lo normal, y no una excepción; quizá, incluso, sea condición necesaria...

Wednesday, July 8, 2026

Geografías locales XIX

Salimos del metro, vomitados en hordas de familias coloridas, niños gritones cruzándose por todas partes, voces chillonas lanzando admoniciones en diversas variantes de la lengua china. El cielo es una enorme luz blanca de neón que rebota y se refleja por los numerosos pasillos y escaleras mecánicas del centro comercial. Visitantes llegados para bajarse del transporte, comprar y volverse a dondequiera que residan a la mayor velocidad posible, pululan frenéticos entre ancianos lentos de aspecto disgustado. Quizá alguno de ellos recuerde un tiempo en el que este distrito era diferente. Más tranquilo. Más humano. Más local. Había menos malls y más espacios públicos. Bienvenido a Sha Tin. Antigua ciudad satélite. Hoy punto señalado para el turismo de flash shopping. Joyerías, tiendas de bolsos, ropa femenina de alta costura, ropa deportiva de marcas internacionales, restaurantes de indiscutible sabor sínico. Los ya decrépitos habitantes de todas esas torres residenciales para ciudadanos desfavorecidos se mueven con un rictus amargo de descreimiento entre estas galerías de consumismo orgiástico y un punto pacato. Sus nuevos vecinos de las más estilizadas y elegantes torres privadas les resultan familiares y ajenos a la vez. Son aquel miembro lejano de la familia que se quedó al otro lado de la frontera, soportando penurias y miserias sin cuento, revoluciones, purgas, rectificaciones, expropiaciones, extorsiones, al que incluso dieron por muerto varias veces, y al que hoy observan con estupor llegar cargado de riquezas y ostentación, artificialmente fresco y vengativamente arrogante. Pero el flujo demoniaco de los pasillos no permitirá largas reflexiones. Es necesario moverse. Cambiar. Gastar o desaparecer. Un murmullo ensordecedor de frases inconexas e insustanciales martillea nuestros cerebros hasta la cefalea más monstruosa. ¿Alguien ha medido alguna vez la toxicidad emocional de estos engendros de la arquitectura moderna? Como en una maldición infernal y eterna, un corredor lleva a otro similar, una sucesión de tiendas internacionales a otra, el nombre grandilocuente de unos grandes almacenes a otro no menos chillón e hiriente. De ninguna manera esperes encontrar un asiento. Esos son secretos bien guardados por los condenados a no ver el sol bajo estos techos elevados. Fuera, entre explanadas de cemento y un calor inmisericorde, algún que otro pequeño refugio para los desheredados de esta tierra sobrevive. Un centro cívico con un interior muy poco civil y una biblioteca de baños escondidos e insuficientes quieren hacer las veces de clemencia para con los pobres. Las anchas escaleras de acceso que separan estos edificios de la parte comercial sirven de improvisado mosaico humano de empleadas domésticas buscando siquiera un rectángulo de huida de la opresión laboral en que su vida se convirtió al pisar las tierras de la prosperidad incalculable (al menos para ellas). Avanzamos hacia el río y los vestidos blancos y los trajes elegantes nos anuncian la aparición inesperada de un registro civil. Parejas cada vez menos jóvenes abrazan legalmente unos lazos que habrán de liberarles de la tutela paterna o asfixiarles de una manera no muy diferente. La felicidad que necesita consensuarse en contratos ha de acabar resultando tóxica al cabo. Unos pasos más, y frente al río se entrevén los arcos de entrada a un parque alargado, sorprendente por momentos, tierra segura para el que no tiene una tarjeta de crédito, simpleza en los gritos de alegría infantiles, humildad desparramada en las escasas sombras disponibles pese a la longitud. ¿Por qué hay más niños dentro de los centros comerciales que aquí? ¿Es realmente el clima? Quizá es algo más, una visión retorcida de la vida que desprecia lo natural. Más allá, grandes puentes de patriótica decoración cruzan las aguas y conectan con barriadas nuevas o con urbanizaciones dilapidadas que una vez fueron el extrarradio. Puede que incluso, incrustado, insignificante entre tanto rascacielos venido a menos, nos topemos con algún pequeño pueblo que encontró la triquiñuela legal para esquivar la demolición. Buena suerte frente a la avaricia de los amos de la ciudad. La justicia, aquí, se imparte a los que puedan pagarla, mayormente. Como en todas partes, dirán; pero no de forma tan exacerbada. Volvamos al metro, al laberinto de galerías y destellos cegadores. En algún nivel, hemos escuchado, hay una salida a varios parques infantiles en las azoteas. Solución vertical a la falta de espacio. Las grandes marcas para niños nos sirven de flecha direccional. También esos grupúsculos de críos hiper-excitados y padres de aspecto agotado y malencarado. Ese suele ser el efecto último de pasar demasiado tiempo en esta zona. Como no podía ser de otro modo, varios animalitos esponsorizados por consorcios multinacionales vigilarán y regularán la diversión de los pequeños. Nada debe quedar fuera del proceso de mercantilización. Los niños menos que ninguna otra cosa. Escapemos de aquí. Habrá otros lugares menos enervantes, menos masificados, menos desalmados que este. Y, sin embargo, sabes que tendrás que volver a Sha Tin. La comodidad. La pereza. La estupidez. El agotamiento. En el fondo, cualquier excusa valdrá. Los malos hábitos son difíciles de romper.

Sunday, July 5, 2026

La muchacha silenciosa

-Siu, ¿te pondrías estas mallas de cuero, este liguero y estas botas altas, y me azotarías un poco? No muy fuerte, al menos al principio. Luego, si no te importa, yo podría hacer lo mismo contigo…

-Váyase a tomar por el culo, jefe.

-Si es contigo, voy a donde sea. Si tú quisieras…


-¿Siu? ¿Sí, el último cheque, devuelto por el banco a tu compañía? Vaya, que despiste mío más tonto. Soy tan inútil… ¿Podrías pasarte tú por nuestra oficina a recogerlo? Mejor después de las seis. Sí, habrá alguien, yo te estaré esperando. Y, luego, si te apetece, conozco un restaurante coreano con un menú bien regado de vino que es una maravilla, ¿sabes? Eres una chica de tanto talento, estás perdiendo el tiempo en ese cuchitril con el puerco que tienes por jefe. Sí, yo sé cómo es, te entiendo, de verdad que sí…

-Métase el cheque y la cena por el agujero asqueroso de su ano peludo, estimado mandril-cliente…


-Siu, ¿te pondrías estas ropas de colegiala de primaria y te sentarías en esta banqueta? Me apetece echarte una buena bronca, hoy he tenido un mal día. Ah, y no se te ocurra replicarme, no seas mala hija…

-Váyase a la mierda, madre…


-Siu, después de fregar los cacharros de la cena, ¿te sentarías aquí conmigo y podríamos ver juntos el concurso de la tele, o el partido de la liga inglesa? Me gustaría abrazarte como cuando eras una niña y querías pasar todo el tiempo junto a tu viejo. Me recuerdas tanto a tu madre, de joven. Pero, ahora, esa vieja gárgola…ah, y tráeme otra cerveza, haz el favor.

-Friegue, beba, y magree el sofá usted solo, padre. Ah, y procure darse una ducha, porque no sé si se ha dado cuenta de lo mucho que apesta… 


-Siu, ¿me podrías dedicar más sonrisas y atención? Hoy me han jodido bien en la oficina, estoy muy quemado. Quizá luego pueda darte unos cachetes en las nalgas, y se te ocurra algo para calmarme. Sé una buena chica y una buena novia…

-Vete a pudrirte al infierno, impotente de mierda.


-Siu, este mes me queda muy poquito dinero. ¿Podrías ayudarme y dar un poco más a papá y mamá en nombre de los dos? La vida se me está poniendo muy cuesta arriba, pero seguro que pronto mi suerte va a cambiar, hermanita. Ya verás…

-¿En qué puñetero vicio te has ventilado el sueldo esta vez, puto niñato malcriado? ¿Por qué siempre te tengo que tapar frente a la familia? Vete a…


-Siu…

La muchacha respiró hondo e intentó ocupar su cabeza con algún pensamiento positivo, tal como le habían insistido en la escuela que debía hacer. ¿Para qué servía ser buena persona en un mundo como este? ¿Toda esa diligencia y eficiencia, todos esos esfuerzos, resultaban al cabo en qué? Tantas respuestas que se tenía que tragar a lo largo de cada jornada… algún día, tarde o temprano, reventaría, estaba segura, y entonces podría ocurrir cualquier cosa, y todos lo lamentarían. Vaya que sí. ¿Pero dónde demonios estaba esa caja de caramelos japoneses que había comprado en la hora de la comida? Respirar hondo. Otra vez. Silencio. Otra hoja del calendario que caía en una espera vacía.


Saturday, June 27, 2026

Día festivo. Templo de Tin Hau

 Día festivo. Marcado con tinta roja. En los ríos, las barcazas y sus remeros se preparan para las carreras anuales. Las ofrendas han sido adquiridas, y poco después se forman colas para entrar en el templo y postrarse ante la imagen principal. Hoy los dioses escucharán con más atención. Además, esas naranjas brillantes, ese pomelo de forma casi perfecta ayudarán a convencerles de que merecemos sus favores. Siquiera un día al año. El teatro de bambú ya ha sido erigido al otro lado de la carretera. Habrá sesiones de ópera china, y el concejal local distribuirá pequeños tentempiés y calendarios a los asistentes. Las puertas de la entrada principal están abiertas de par en par, los guardianes de aspecto fosco hoy parecen descansar escondidos a los lados de las jambas. Las varas de incienso aquí y allí producen serpenteantes columnas aromáticas que marean y estimulan a partes iguales. Los viejos intentan convencer a los jóvenes de la importancia de los rituales, pero estos prefieren abstraerse en el mundo insondable de sus teléfonos móviles, o en los momentos de caos sonoro y colorista que se suceden cual explosiones súbitas alrededor del recinto. 

Varios individuos de aspecto musculado y poco amable piden paso, intentan crear un pasillo. La estridencia de los gongs y los tambores empieza a resonar en la distancia. Es el momento favorito de los niños. Los leones chinos se acercan curiosos y retozones, sacudiendo sus cuerpos como un dragón juvenil, y moviendo la cabeza a los lados para que nada ni nadie se les escape. Los sobres rojos en las manos temblorosas, unas arrugadas y otras carnosas y todavía en desarrollo, son su dulce favorito. Meses de práctica deben cristalizar en este juego de danza y captura perpetuado durante siglos. Dos cabezas gigantescas, una negra y blanca, roja y blanca la otra. Ojos de animal místico, hipnotizador. Boca abierta en un rictus burlón, que tanto puede ser amistoso como agresivo. Al poder siempre le gusta materializarse con símbolos ambiguos. El animal se contonea, avasalla, retrocede, salta aquí y allí bajo un ritmo de percusiones que son a la vez primitivas y elaboradas. Una vez recolectados los trofeos pecuniarios de entre el público presente, el león rendirá tributo ante las puertas laterales y los altares menores. Las numerosas guirnaldas y lámparas chinas se sacuden rítmicas ante el ajetreo de la criatura y su séquito musical. Finalmente, la entrada principal se abre solemne para que el león muestre toda su fuerza peligrosa y energía desatada. Tin Hau, La Diosa del Mar, observa impasible los contoneos y piruetas cercanos a la epilepsia, la boca enorme que pugna por desencajarse de la mandíbula en medio del frenesí. ¿Qué daño puede hacer un mero cánido crecido y melenudo salido de la tierra a la dueña eterna de las aguas, la que concede la gracia de la salvación a los pescadores desde tiempos inmemoriales? El animal no puede por menos que, agotado ya, bajar la testuz y rendir pleitesía a la patrona de los mares. El abad del templo le recompensará con un regalo final, y le dará permiso para que vuelva a las sombras de los bosques y la protección de las arenas. Adiós, majestuoso protector de reyes. Te veremos en otro día señalado del calendario, nuevamente. El ciclo ha de perpetuarse. 

Más tarde, ya casi al anochecer, en el pabellón entre torres residenciales del complejo de viviendas de protección oficial, un grupo de mujeres vestidas de verde y amarillo se reunirá para entonar cánticos agudos e hipnóticos en una lengua extraña incluso para muchos habitantes locales llamada hakka, mientras ensayan un baile que remeda el contoneo de las palas hendiendo el espejo infinito de las aguas. El Festival de las Barcas de Dragón se deslizará en el horizonte hacia esa línea difusa que marca el inicio oficial del verano. Leones, diosas, peces extraños, hijas de marineros trágicos de hermosura mítica en su palor virginal, ofrendas pudriéndose bajo el sol cada vez más inmisericorde del estío, historias compartidas en geografías diversas -la dureza de la vida y de la mar es universal-. Quizá en un futuro aciago los propios pescadores no sean más que una leyenda brumosa surcando un océano muerto, limoso, sin redes ya que lanzar, sin vida que perseguir y capturar. La diosa de los mares llorará entonces sumida en la oscuridad de un templo cuya función ya nadie podrá recordar.