La memoria te va a perseguir por mucho que te esfuerces en desarraigarte, en escapar. La memoria te ha hecho y hará a tus hijos pese a la falta de conciencia, pese al manto negro que la esconde. La memoria es un ángel de espaldas que conoce los desastres de la Historia, pero sabe ofrecértelos troceados y dulcificados. A veces vuelve súbita como el fogonazo de un fotógrafo pretérito, y anuncia que el presente y el pasado pueden ser la misma cosa cuando las visitas llegan a la puerta de nuestras pobres, absurdas vidas cotidianas. La memoria se deforma y se estira cuando habitamos en latitudes que son un jarrón vacío de recuerdos, y se comprime, es una pequeña caja ajada de madera rebosante de miedos y cuentas pendientes, cuando volvemos a la tierra original de nuestras raíces. ¿Quién tiene posesión de la memoria? ¿Puedo yo apropiarme de la memoria de estos personajes extraños que forman una selva tupida de vivencias ininteligibles, casi impenetrables? Escondemos la memoria, la enterramos, la disfrazamos, la aturdimos; y, sin embargo, no volver a ella es quemarse las yemas de los dedos a propósito, y pretender acariciar después. Vivimos para no recordar, al menos intentarlo. Recordamos para justificar lo vivido. Y, entremedias, pasa todo lo demás.
Saturday, July 25, 2026
Saturday, July 11, 2026
Anotaciones breves y veraniegas
Hong Kong, tanta riqueza material fluyendo en tus arterias, y tanta miseria humana envolviéndola. Quizá eso sea lo normal, y no una excepción; quizá, incluso, sea condición necesaria...
Wednesday, July 8, 2026
Geografías locales XIX
Salimos del metro, vomitados en hordas de familias coloridas, niños gritones cruzándose por todas partes, voces chillonas lanzando admoniciones en diversas variantes de la lengua china. El cielo es una enorme luz blanca de neón que rebota y se refleja por los numerosos pasillos y escaleras mecánicas del centro comercial. Visitantes llegados para bajarse del transporte, comprar y volverse a dondequiera que residan a la mayor velocidad posible, pululan frenéticos entre ancianos lentos de aspecto disgustado. Quizá alguno de ellos recuerde un tiempo en el que este distrito era diferente. Más tranquilo. Más humano. Más local. Había menos malls y más espacios públicos. Bienvenido a Sha Tin. Antigua ciudad satélite. Hoy punto señalado para el turismo de flash shopping. Joyerías, tiendas de bolsos, ropa femenina de alta costura, ropa deportiva de marcas internacionales, restaurantes de indiscutible sabor sínico. Los ya decrépitos habitantes de todas esas torres residenciales para ciudadanos desfavorecidos se mueven con un rictus amargo de descreimiento entre estas galerías de consumismo orgiástico y un punto pacato. Sus nuevos vecinos de las más estilizadas y elegantes torres privadas les resultan familiares y ajenos a la vez. Son aquel miembro lejano de la familia que se quedó al otro lado de la frontera, soportando penurias y miserias sin cuento, revoluciones, purgas, rectificaciones, expropiaciones, extorsiones, al que incluso dieron por muerto varias veces, y al que hoy observan con estupor llegar cargado de riquezas y ostentación, artificialmente fresco y vengativamente arrogante. Pero el flujo demoniaco de los pasillos no permitirá largas reflexiones. Es necesario moverse. Cambiar. Gastar o desaparecer. Un murmullo ensordecedor de frases inconexas e insustanciales martillea nuestros cerebros hasta la cefalea más monstruosa. ¿Alguien ha medido alguna vez la toxicidad emocional de estos engendros de la arquitectura moderna? Como en una maldición infernal y eterna, un corredor lleva a otro similar, una sucesión de tiendas internacionales a otra, el nombre grandilocuente de unos grandes almacenes a otro no menos chillón e hiriente. De ninguna manera esperes encontrar un asiento. Esos son secretos bien guardados por los condenados a no ver el sol bajo estos techos elevados. Fuera, entre explanadas de cemento y un calor inmisericorde, algún que otro pequeño refugio para los desheredados de esta tierra sobrevive. Un centro cívico con un interior muy poco civil y una biblioteca de baños escondidos e insuficientes quieren hacer las veces de clemencia para con los pobres. Las anchas escaleras de acceso que separan estos edificios de la parte comercial sirven de improvisado mosaico humano de empleadas domésticas buscando siquiera un rectángulo de huida de la opresión laboral en que su vida se convirtió al pisar las tierras de la prosperidad incalculable (al menos para ellas). Avanzamos hacia el río y los vestidos blancos y los trajes elegantes nos anuncian la aparición inesperada de un registro civil. Parejas cada vez menos jóvenes abrazan legalmente unos lazos que habrán de liberarles de la tutela paterna o asfixiarles de una manera no muy diferente. La felicidad que necesita consensuarse en contratos ha de acabar resultando tóxica al cabo. Unos pasos más, y frente al río se entrevén los arcos de entrada a un parque alargado, sorprendente por momentos, tierra segura para el que no tiene una tarjeta de crédito, simpleza en los gritos de alegría infantiles, humildad desparramada en las escasas sombras disponibles pese a la longitud. ¿Por qué hay más niños dentro de los centros comerciales que aquí? ¿Es realmente el clima? Quizá es algo más, una visión retorcida de la vida que desprecia lo natural. Más allá, grandes puentes de patriótica decoración cruzan las aguas y conectan con barriadas nuevas o con urbanizaciones dilapidadas que una vez fueron el extrarradio. Puede que incluso, incrustado, insignificante entre tanto rascacielos venido a menos, nos topemos con algún pequeño pueblo que encontró la triquiñuela legal para esquivar la demolición. Buena suerte frente a la avaricia de los amos de la ciudad. La justicia, aquí, se imparte a los que puedan pagarla, mayormente. Como en todas partes, dirán; pero no de forma tan exacerbada. Volvamos al metro, al laberinto de galerías y destellos cegadores. En algún nivel, hemos escuchado, hay una salida a varios parques infantiles en las azoteas. Solución vertical a la falta de espacio. Las grandes marcas para niños nos sirven de flecha direccional. También esos grupúsculos de críos hiper-excitados y padres de aspecto agotado y malencarado. Ese suele ser el efecto último de pasar demasiado tiempo en esta zona. Como no podía ser de otro modo, varios animalitos esponsorizados por consorcios multinacionales vigilarán y regularán la diversión de los pequeños. Nada debe quedar fuera del proceso de mercantilización. Los niños menos que ninguna otra cosa. Escapemos de aquí. Habrá otros lugares menos enervantes, menos masificados, menos desalmados que este. Y, sin embargo, sabes que tendrás que volver a Sha Tin. La comodidad. La pereza. La estupidez. El agotamiento. En el fondo, cualquier excusa valdrá. Los malos hábitos son difíciles de romper.
Sunday, July 5, 2026
La muchacha silenciosa
-Siu, ¿te pondrías estas mallas de cuero, este liguero y estas botas altas, y me azotarías un poco? No muy fuerte, al menos al principio. Luego, si no te importa, yo podría hacer lo mismo contigo…
-Váyase a tomar por el culo, jefe.
-Si es contigo, voy a donde sea. Si tú quisieras…
-¿Siu? ¿Sí, el último cheque, devuelto por el banco a tu compañía? Vaya, que despiste mío más tonto. Soy tan inútil… ¿Podrías pasarte tú por nuestra oficina a recogerlo? Mejor después de las seis. Sí, habrá alguien, yo te estaré esperando. Y, luego, si te apetece, conozco un restaurante coreano con un menú bien regado de vino que es una maravilla, ¿sabes? Eres una chica de tanto talento, estás perdiendo el tiempo en ese cuchitril con el puerco que tienes por jefe. Sí, yo sé cómo es, te entiendo, de verdad que sí…
-Métase el cheque y la cena por el agujero asqueroso de su ano peludo, estimado mandril-cliente…
-Siu, ¿te pondrías estas ropas de colegiala de primaria y te sentarías en esta banqueta? Me apetece echarte una buena bronca, hoy he tenido un mal día. Ah, y no se te ocurra replicarme, no seas mala hija…
-Váyase a la mierda, madre…
-Siu, después de fregar los cacharros de la cena, ¿te sentarías aquí conmigo y podríamos ver juntos el concurso de la tele, o el partido de la liga inglesa? Me gustaría abrazarte como cuando eras una niña y querías pasar todo el tiempo junto a tu viejo. Me recuerdas tanto a tu madre, de joven. Pero, ahora, esa vieja gárgola…ah, y tráeme otra cerveza, haz el favor.
-Friegue, beba, y magree el sofá usted solo, padre. Ah, y procure darse una ducha, porque no sé si se ha dado cuenta de lo mucho que apesta…
-Siu, ¿me podrías dedicar más sonrisas y atención? Hoy me han jodido bien en la oficina, estoy muy quemado. Quizá luego pueda darte unos cachetes en las nalgas, y se te ocurra algo para calmarme. Sé una buena chica y una buena novia…
-Vete a pudrirte al infierno, impotente de mierda.
-Siu, este mes me queda muy poquito dinero. ¿Podrías ayudarme y dar un poco más a papá y mamá en nombre de los dos? La vida se me está poniendo muy cuesta arriba, pero seguro que pronto mi suerte va a cambiar, hermanita. Ya verás…
-¿En qué puñetero vicio te has ventilado el sueldo esta vez, puto niñato malcriado? ¿Por qué siempre te tengo que tapar frente a la familia? Vete a…
-Siu…
La muchacha respiró hondo e intentó ocupar su cabeza con algún pensamiento positivo, tal como le habían insistido en la escuela que debía hacer. ¿Para qué servía ser buena persona en un mundo como este? ¿Toda esa diligencia y eficiencia, todos esos esfuerzos, resultaban al cabo en qué? Tantas respuestas que se tenía que tragar a lo largo de cada jornada… algún día, tarde o temprano, reventaría, estaba segura, y entonces podría ocurrir cualquier cosa, y todos lo lamentarían. Vaya que sí. ¿Pero dónde demonios estaba esa caja de caramelos japoneses que había comprado en la hora de la comida? Respirar hondo. Otra vez. Silencio. Otra hoja del calendario que caía en una espera vacía.
Saturday, June 27, 2026
Día festivo. Templo de Tin Hau
Día festivo. Marcado con tinta roja. En los ríos, las barcazas y sus remeros se preparan para las carreras anuales. Las ofrendas han sido adquiridas, y poco después se forman colas para entrar en el templo y postrarse ante la imagen principal. Hoy los dioses escucharán con más atención. Además, esas naranjas brillantes, ese pomelo de forma casi perfecta ayudarán a convencerles de que merecemos sus favores. Siquiera un día al año. El teatro de bambú ya ha sido erigido al otro lado de la carretera. Habrá sesiones de ópera china, y el concejal local distribuirá pequeños tentempiés y calendarios a los asistentes. Las puertas de la entrada principal están abiertas de par en par, los guardianes de aspecto fosco hoy parecen descansar escondidos a los lados de las jambas. Las varas de incienso aquí y allí producen serpenteantes columnas aromáticas que marean y estimulan a partes iguales. Los viejos intentan convencer a los jóvenes de la importancia de los rituales, pero estos prefieren abstraerse en el mundo insondable de sus teléfonos móviles, o en los momentos de caos sonoro y colorista que se suceden cual explosiones súbitas alrededor del recinto.
Varios individuos de aspecto musculado y poco amable piden paso, intentan crear un pasillo. La estridencia de los gongs y los tambores empieza a resonar en la distancia. Es el momento favorito de los niños. Los leones chinos se acercan curiosos y retozones, sacudiendo sus cuerpos como un dragón juvenil, y moviendo la cabeza a los lados para que nada ni nadie se les escape. Los sobres rojos en las manos temblorosas, unas arrugadas y otras carnosas y todavía en desarrollo, son su dulce favorito. Meses de práctica deben cristalizar en este juego de danza y captura perpetuado durante siglos. Dos cabezas gigantescas, una negra y blanca, roja y blanca la otra. Ojos de animal místico, hipnotizador. Boca abierta en un rictus burlón, que tanto puede ser amistoso como agresivo. Al poder siempre le gusta materializarse con símbolos ambiguos. El animal se contonea, avasalla, retrocede, salta aquí y allí bajo un ritmo de percusiones que son a la vez primitivas y elaboradas. Una vez recolectados los trofeos pecuniarios de entre el público presente, el león rendirá tributo ante las puertas laterales y los altares menores. Las numerosas guirnaldas y lámparas chinas se sacuden rítmicas ante el ajetreo de la criatura y su séquito musical. Finalmente, la entrada principal se abre solemne para que el león muestre toda su fuerza peligrosa y energía desatada. Tin Hau, La Diosa del Mar, observa impasible los contoneos y piruetas cercanos a la epilepsia, la boca enorme que pugna por desencajarse de la mandíbula en medio del frenesí. ¿Qué daño puede hacer un mero cánido crecido y melenudo salido de la tierra a la dueña eterna de las aguas, la que concede la gracia de la salvación a los pescadores desde tiempos inmemoriales? El animal no puede por menos que, agotado ya, bajar la testuz y rendir pleitesía a la patrona de los mares. El abad del templo le recompensará con un regalo final, y le dará permiso para que vuelva a las sombras de los bosques y la protección de las arenas. Adiós, majestuoso protector de reyes. Te veremos en otro día señalado del calendario, nuevamente. El ciclo ha de perpetuarse.
Más tarde, ya casi al anochecer, en el pabellón entre torres residenciales del complejo de viviendas de protección oficial, un grupo de mujeres vestidas de verde y amarillo se reunirá para entonar cánticos agudos e hipnóticos en una lengua extraña incluso para muchos habitantes locales llamada hakka, mientras ensayan un baile que remeda el contoneo de las palas hendiendo el espejo infinito de las aguas. El Festival de las Barcas de Dragón se deslizará en el horizonte hacia esa línea difusa que marca el inicio oficial del verano. Leones, diosas, peces extraños, hijas de marineros trágicos de hermosura mítica en su palor virginal, ofrendas pudriéndose bajo el sol cada vez más inmisericorde del estío, historias compartidas en geografías diversas -la dureza de la vida y de la mar es universal-. Quizá en un futuro aciago los propios pescadores no sean más que una leyenda brumosa surcando un océano muerto, limoso, sin redes ya que lanzar, sin vida que perseguir y capturar. La diosa de los mares llorará entonces sumida en la oscuridad de un templo cuya función ya nadie podrá recordar.
Thursday, June 18, 2026
Filos
El joven estudiante se subió al autobús con una mirada indiferente y abstraída. Cada día era lo mismo. Una larga cola de imbéciles demasiado pobres como para tener vehículo propio, arrastrando los pies hacia la puerta de entrada del mastodonte de dos pisos que les transportaría hasta sus cubículos de mierda. Toses, ruidos de gargajos, a veces contenidos y a veces no, eructos, discusiones de verdulería entre señoras chillonas y desaliñadas, miradas de frustración y odio. Y viejos, muchos viejos. Todo este detritus humano hacinándose para poner fin a otro día estéril de agonía y sinsentido. Y en el medio, él, obligado a formar parte de este mecano deslabazado y maloliente. "Esa escuela te conviene. Tiene buena fama. Los rankings online la colocan entre las cinco mejores de su distrito. Hay profesores extranjeros, y gente local de buenas universidades. Podrás hacer amistades útiles en el futuro. Es una buena elección para ti, ya verás." -había repetido su madre una y otra vez-. Él no quería ir a ese lugar. No conocía a nadie. Sus pocos amigos irían a otras escuelas de su distrito. Y el maldito viaje. Más de una hora en un autobús abarrotado por la mañana, y otra hora de vuelta. Una auténtica jodienda. Pero a los padres no se les discute; es la tradición, le replicaban. La tradición se merecía una sarta de navajazos, a ver si así dejaba de joder. Ya desde el principio, se sintió fuera de lugar en ese instituto. No entendía sus rituales, sus discursos hueros sobre responsabilidad social y el buen cristiano. Montañas de falsedades insignificantes. ¿Qué beneficio le iba a dar a él todo eso? Pero era fundamental fingir, mostrar interés y repetir las consignas. Eso lo aprendió rápido. No llames la atención, haz lo que se espera de ti, y quizá así te dejen en paz.
No le sirvió, sin embargo, para que le dejaran en paz a la salida del baño durante el descanso para la comida, a las pocas semanas de iniciado el curso. Un grupo de tres gilipollas se le había acercado a tocarle las narices, preguntándole quién hostias se creía que era y por qué no hablaba nunca con los otros, como si fuera superior a los demás. Unos cuantos empujones contra la esquina entre el baño y las escaleras secundarias, unas amenazas de agresión y varios insultos, y cuando respondió, instintivamente, al supuesto cabecilla del grupo, quien intentaba agarrarle de la camisa del uniforme, con un vigoroso empujón de vuelta, lo vio claro. Sólo su amigo metálico le sacaría indemne de allí. De hecho, lo había llevado en el bolsillo del pantalón escolar durante semanas, esperando un momento así. Con una velocidad y determinación que sorprendió a todos, incluido él mismo, sacó el cuchillo plegable, lo abrió y avanzó un paso hacia la cuadrilla de matones aficionados. Sus caras habían cambiado de una sonrisa de tarado cruel a la alarma de quien tiene frente a sí un peligro real. “¿Qué cojones es eso? ¿No sabes que es ilegal tener navajas en el interior del colegio?” -le espetó el cabecilla intentando mantener la compostura-. “Vuelve a intentar tocarme y te rajo aquí mismo” – fue su somera contestación, los ojos brillantes y un impulso ciego empezando a aureolar su figura-. “Déjale, este va a durar poco aquí” – contestó el chaval a la izquierda-. Y con un gesto de desprecio, los tres jóvenes cabrones recularon hacia su aula, manteniendo la mirada fija en la víctima transformada en potencial agresor. Varios estudiantes habían aparecido a través de las escaleras, pero ninguno quiso pararse a averiguar qué estaba pasando exactamente. Un círculo de soledad casi luminosa parecía rodear ahora al muchacho, sudoroso pero concentrado, casi engrandecido en su defensa descerebrada pero efectiva. Sintiendo que no debía exponer su arma secreta demasiado tiempo, cerró el cuchillo, lo volvió a meter en el bolsillo, y muy lentamente caminó a clase mientras el timbre infantilmente armónico del final del descanso envolvía la totalidad del pasillo. Esa noche, ya de vuelta en casa, en su habitación, observó largamente el cuchillo abierto, su hoja flameante, la rozó con la yema de sus dedos lenta y sensualmente, imaginó varios movimientos con los que alcanzar a su blanco con precisión de cirujano desquiciado, y dejó que la punta apretara su piel en varias partes de los brazos y el estómago, imaginando la sensación de penetrar en un cuerpo sólido, profunda e irremediablemente. Después, puso la hoja junto a su corazón, cerró los ojos, aspiró con fuerza, y dejó que una sensación de excitación primitiva le embargara. Fue un momento maravilloso, casi sexual. Cuando logró calmarse, guardó el arma, consideró la necesidad de llevarla con él a todas partes, especialmente a ese colegio de gilipollas alucinados, y sintió la angustia creciente de que alguien pudiera denunciarle después del episodio de hoy. El cuchillo debía permanecer oculto dentro de lo posible mientras estuviera en el horario escolar, pero también debía estar disponible para su uso en cualquier momento. Envuelto en esta bruma emocional de forma alargada, se durmió sintiéndose seguro y vulnerable a la vez.
Había encontrado ese cuchillo unos meses antes, paseando tras la cena por el barrio. Al pasar por los soportales del mercado callejero, una anciana pequeña, gorda, de aspecto rugoso y cercano al colapso, le había interpelado: “Hijo, ¿no te interesa nada de lo que tengo aquí en venta? Necesito hacer dinero para comprar mi desayuno mañana”. Frente a ella, en el suelo, en varias mantas, había desperdigados la usual colección de objetos usados, muchos probablemente tomados de casas de otros viejos fallecidos recientemente: platos, vasos, cubiertos, teteras, abanicos, destornilladores y tenazas cercanas a la herrumbre, ropa ya desgastada, servilletas de tela, y piezas de quién sabe qué, otrora elementos de un hogar hoy devastado. Nada más que quincalla. Todo, excepto ese cuchillo plegable, de buen aspecto todavía, quizá apenas usado. El estudiante no sabría explicar por qué, pero esa pieza lo atraía como si hubiera sido siempre suya. Lo tomó, lo pesó en su mano, abrió la hoja, la observó con aprobación, y le dijo a la mujer: “¿Cuánto por esto?”. “Eso no es un juguete para un niño como tú, ¿por qué ibas a quererlo?” – le respondió la anciana -. “No es asunto tuyo, vieja, dime cuánto quieres o me voy de aquí sin comprarte nada”. Con un gesto de desagrado, la mujer le pidió doscientos dólares. “Es una pieza de gran calidad. Única. Tú no podrías apreciar sus virtudes” – añadió -. Él no acertó a explicárselo, podría haber regateado, pero no lo hizo. Algo le impelía a hacerse con ese cuchillo cuanto antes, a casi cualquier precio. Sacó los billetes, se los entregó a la señora, y se despidió con rudeza: “Buenas noches, vieja. Disfruta tu desayuno mañana”. La anciana negó con la cabeza, volvió despaciosamente a su taburete bajo junto a las mantas, y advirtió al joven: “No seas soberbio y ándate con mucho cuidado, o ese cuchillo te traerá un mal detrás de otro. No es un juguete para niños, recuérdalo”. Mientras caminaba ya de espaldas al improvisado puestecillo callejero, el estudiante musitó: “Ocúpate de tus asuntos, vieja zorra. El cuchillo y yo vamos a ser uña y carne”. De vuelta a su casa, caminando por unas calles en las que la escasa iluminación formaba un claroscuro con las luces brillantes de los comercios aún abiertos, no paraba de preguntarse por qué se había gastado ese dinero en algo que, antes de salir del apartamento, no hubiera creído necesitar. Una súbita idea le hizo sonreír feliz de haber descubierto, creía, una gran verdad de la existencia: las cosas afiladas son siempre las más interesantes.
Todos estos pensamientos se mezclaban de manera fugaz en su cabeza, los ojos entrecerrados, dormitando mecido por el traqueteo irregular de un autobús casi lleno, pero repleto de cuerpos agotados que parecían preferir un estado vegetativo solo interrumpido por alguna esporádica conversación carente de interés (siempre las mismas cuestiones: ¿dónde estás ahora?, ¿sabes cuánto cuesta el arroz con verduras picantes y cerdo en ese restaurante?, ¿no sabes que en el supermercado de aquí o allá los huevos están de oferta esta semana?, no, no he visto a un médico todavía ni quiero verlo, la consulta es demasiado cara, cuando me reviente me iré a urgencias y punto, ¿este fin de semana?, no, no tengo planes, pero no quiero ir a Shenzhen, ya he gastado demasiado dinero este mes…), los frenazos frecuentes del vehículo ante el embotellamiento en la carretera, algún regüeldo o flatulencia que todos pretendían ignorar, o el sonido estridente de un videojuego centelleando ante la mirada compulsiva de algún adolescente o adulto de tendencias obsesivas en su uso del teléfono móvil. El estudiante, en realidad, estaba esperando el momento en que el autobús empezara a vaciarse, y la persona a su lado en la fila de dos asientos se levantara y se fuera. Hasta entonces, su mano había estado acariciando con fruición el cuchillo en el bolsillo de su pantalón, casi de forma obscena. Para lo que tenía planeado, los mejores asientos eran los de la parte trasera superior del vehículo, pues ahí podría controlar todos los ángulos a su alrededor, y saber si le vigilaban o no. Las interminables hileras de torres residenciales, gris y azul vidrioso, una calle tras otra, adormecían a los pasajeros. Después, la roca oscura y musgosa de las colinas junto a la autopista acentuaba el sopor visual. Pero una vez de vuelta en la zona urbana, las paradas comenzaban a sucederse, y el autobús a vaciarse. Intentando controlar los latidos de su corazón, el estudiante sacó el cuchillo plegable y lo abrió discretamente a un lado de sus piernas, en el asiento ahora desocupado. ¿Qué extraño placer podría extraer de rajar el mobiliario del autobús? Era difícil de explicar con palabras. Se trataba más bien de una excitación mezcla del poder de modificar y destruir lo que le rodeaba, junto a la trepidación de adentrarse en el terreno desconocido del comportamiento prohibido, una venganza contra las interminables restricciones y obligaciones que habían conformado su vida hasta entonces. El afilado filo del cuchillo tardaba escasos segundos en rasgar la tela del asiento, y la espuma del relleno se ofrecía obscena para el enorme placer visual del joven vándalo. Una vez causado el daño, era fundamental guardar el arma, y bajarse con celeridad antes de que el autobús alcanzase su última parada y las limpiadoras entrasen a deshacerse de toda la basura abandonada por pasajeros poco civilizados. Para el estudiante, el asiento destripado era una marca indisoluble de su existencia en este mundo, así como de su poder incipiente de afectarlo. Que no le hablaran de civismo, ni de responsabilidad colectiva. El rasgón era su grito de angustia existencial en un universo de reglas absurdas y obsoletas.
Al bajarse del autobús, la excitación le acompañaba, y caminaba rápidamente apretando con fuerza el cuchillo en su pantalón, a duras penas conteniendo los deseos de sacarlo y empezar a cortar cosas a su alrededor con él. En ocasiones, cuando creía que nadie le observaba en las zonas más tranquilas de las calles o parquecillos que atravesaba, cercenaba hierbas altas, flores, plantas o ramas de arbustos. Y fantaseaba con degollar a algún animal callejero: un gato o un perro perdidos o desprevenidos; o quizá algún pájaro impedido para alzar el vuelo y escapar. Se imaginaba la sensación de la sangre caliente regando y afilando su cuchillo, extendiéndose por sus manos, su muñeca, imbuyéndolo de un carácter de dios destructor en este mundo. Pero los peligros de atacar algo vivo e imprevisible le acobardaban y le hacían reprimir tales pensamientos, por el momento. Alguna que otra vez se sentó en un banco con tablones de madera para probar curioso la resistencia del material al metal de su herramienta ya inseparable. Incluso, se planteaba con la practicidad de un sádico el comprar cuchillas de afeitar, o agujas de coser, e intentar colocarlas en los asientos del autobús, a través de ínfimos cortes hechos quirúrgicamente para ocultar el instrumento de una venganza contra algo que no podía acabar de definir ni contornear, pero que percibía como algo existente y justificado, aunque con argumentos viciados y un tanto egoístas. Eso le llevaba indefectiblemente a la enumeración mental de objetos punzantes a su alrededor: las aristas frías y amenazadoras empezaban a obsesionarle. Quizá su propia fisonomía, pensaba, le ayudaba a desarrollar estos pensamientos. Era un muchacho de apariencia neutral, pero delgado y fibroso, sin apenas elementos romos en su cuerpo. Su pelo parecía peinado con una navaja, erizado y filoso. Su perfil anguloso, sus brazos y manos un tanto arácnidos, sus ojos que podían cerrarse en una estrecha rendija que igual podía denotar concentración como odio; todo él parecía hecho a través de cortes decididos y violentos. ¿Era acaso una persona violenta? Nunca había buscado una confrontación directa con nadie, pero los insultos y las amenazas hacían que la vista se le encharcara en un rojo intenso y todo su cuerpo se tensara en preparación para un ataque. Despreciaba la violencia física más infantil y primitiva, pero le excitaba y obsesionaba el juego un tanto suicida con la muerte y la mutilación. Cortar antes de ser cortado. Marcar fronteras de sangre. Y ese poder que aparecía y desaparecía fulgurante en la hoja del cuchillo. “La vida es una presión constante, inacabable. Aprende a cabalgarla antes de que te haga caer” -solía decirle su padre -. “La escuela. El trabajo. Las relaciones” -pensaba él -. “Sí, todo igual. La vida es presión. Y la presión es aguda, punzante, te afila o te mata. La vida era un cuchillo de filo interminable que te atravesaba de lado a lado, y todo era cuestión de ver cómo aguantábamos ese dolor”. Embebido en estos pensamientos, había perdido la noción de por dónde caminaba. Se detuvo y miro a su alrededor. Un muro de piedra y cemento que conducía a uno de los túneles peatonales en dirección a su urbanización de viviendas. Maleza, hierbas y algún árbol diseminado por parterres aquí y allí. Ruido de insectos, saltamontes, alguna rana probablemente moviéndose por el alcantarillado que discurría en las esquinas. Nadie alrededor. Luz mortecina de atardecer casi acabado. Sacó el cuchillo del bolsillo, lo abrió, puso su palma izquierda abierta junto a la mano que empuñaba el cuchillo, y, entonces, con un rictus de resignación inapelable, tomó la decisión…
