El joven estudiante se subió al autobús con una mirada indiferente y abstraída. Cada día era lo mismo. Una larga cola de imbéciles demasiado pobres como para tener vehículo propio, arrastrando los pies hacia la puerta de entrada del mastodonte de dos pisos que les transportaría hasta sus cubículos de mierda. Toses, ruidos de gargajos, a veces contenidos y a veces no, eructos, discusiones de verdulería entre señoras chillonas y desaliñadas, miradas de frustración y odio. Y viejos, muchos viejos. Todo este detritus humano hacinándose para poner fin a otro día estéril de agonía y sinsentido. Y en el medio, él, obligado a formar parte de este mecano deslabazado y maloliente. "Esa escuela te conviene. Tiene buena fama. Los rankings online la colocan entre las cinco mejores de su distrito. Hay profesores extranjeros, y gente local de buenas universidades. Podrás hacer amistades útiles en el futuro. Es una buena elección para ti, ya verás." -había repetido su madre una y otra vez-. Él no quería ir a ese lugar. No conocía a nadie. Sus pocos amigos irían a otras escuelas de su distrito. Y el maldito viaje. Más de una hora en un autobús abarrotado por la mañana, y otra hora de vuelta. Una auténtica jodienda. Pero a los padres no se les discute; es la tradición, le replicaban. La tradición se merecía una sarta de navajazos, a ver si así dejaba de joder. Ya desde el principio, se sintió fuera de lugar en ese instituto. No entendía sus rituales, sus discursos hueros sobre responsabilidad social y el buen cristiano. Montañas de falsedades insignificantes. ¿Qué beneficio le iba a dar a él todo eso? Pero era fundamental fingir, mostrar interés y repetir las consignas. Eso lo aprendió rápido. No llames la atención, haz lo que se espera de ti, y quizá así te dejen en paz.
No le sirvió, sin embargo, para que le dejaran en paz a la salida del baño durante el descanso para la comida, a las pocas semanas de iniciado el curso. Un grupo de tres gilipollas se le había acercado a tocarle las narices, preguntándole quién hostias se creía que era y por qué no hablaba nunca con los otros, como si fuera superior a los demás. Unos cuantos empujones contra la esquina entre el baño y las escaleras secundarias, unas amenazas de agresión y varios insultos, y cuando respondió, instintivamente, al supuesto cabecilla del grupo, quien intentaba agarrarle de la camisa del uniforme, con un vigoroso empujón de vuelta, lo vio claro. Sólo su amigo metálico le sacaría indemne de allí. De hecho, lo había llevado en el bolsillo del pantalón escolar durante semanas, esperando un momento así. Con una velocidad y determinación que sorprendió a todos, incluido él mismo, sacó el cuchillo plegable, lo abrió y avanzó un paso hacia la cuadrilla de matones aficionados. Sus caras habían cambiado de una sonrisa de tarado cruel a la alarma de quien tiene frente a sí un peligro real. “¿Qué cojones es eso? ¿No sabes que es ilegal tener navajas en el interior del colegio?” -le espetó el cabecilla intentando mantener la compostura-. “Vuelve a intentar tocarme y te rajo aquí mismo” – fue su somera contestación, los ojos brillantes y un impulso ciego empezando a aureolar su figura-. “Déjale, este va a durar poco aquí” – contestó el chaval a la izquierda-. Y con un gesto de desprecio, los tres jóvenes cabrones recularon hacia su aula, manteniendo la mirada fija en la víctima transformada en potencial agresor. Varios estudiantes habían aparecido a través de las escaleras, pero ninguno quiso pararse a averiguar qué estaba pasando exactamente. Un círculo de soledad casi luminosa parecía rodear ahora al muchacho, sudoroso pero concentrado, casi engrandecido en su defensa descerebrada pero efectiva. Sintiendo que no debía exponer su arma secreta demasiado tiempo, cerró el cuchillo, lo volvió a meter en el bolsillo, y muy lentamente caminó a clase mientras el timbre infantilmente armónico del final del descanso envolvía la totalidad del pasillo. Esa noche, ya de vuelta en casa, en su habitación, observó largamente el cuchillo abierto, su hoja flameante, la rozó con la yema de sus dedos lenta y sensualmente, imaginó varios movimientos con los que alcanzar a su blanco con precisión de cirujano desquiciado, y dejó que la punta apretara su piel en varias partes de los brazos y el estómago, imaginando la sensación de penetrar en un cuerpo sólido, profunda e irremediablemente. Después, puso la hoja junto a su corazón, cerró los ojos, aspiró con fuerza, y dejó que una sensación de excitación primitiva le embargara. Fue un momento maravilloso, casi sexual. Cuando logró calmarse, guardó el arma, consideró la necesidad de llevarla con él a todas partes, especialmente a ese colegio de gilipollas alucinados, y sintió la angustia creciente de que alguien pudiera denunciarle después del episodio de hoy. El cuchillo debía permanecer oculto dentro de lo posible mientras estuviera en el horario escolar, pero también debía estar disponible para su uso en cualquier momento. Envuelto en esta bruma emocional de forma alargada, se durmió sintiéndose seguro y vulnerable a la vez.
Había encontrado ese cuchillo unos meses antes, paseando tras la cena por el barrio. Al pasar por los soportales del mercado callejero, una anciana pequeña, gorda, de aspecto rugoso y cercano al colapso, le había interpelado: “Hijo, ¿no te interesa nada de lo que tengo aquí en venta? Necesito hacer dinero para comprar mi desayuno mañana”. Frente a ella, en el suelo, en varias mantas, había desperdigados la usual colección de objetos usados, muchos probablemente tomados de casas de otros viejos fallecidos recientemente: platos, vasos, cubiertos, teteras, abanicos, destornilladores y tenazas cercanas a la herrumbre, ropa ya desgastada, servilletas de tela, y piezas de quién sabe qué, otrora elementos de un hogar hoy devastado. Nada más que quincalla. Todo, excepto ese cuchillo plegable, de buen aspecto todavía, quizá apenas usado. El estudiante no sabría explicar por qué, pero esa pieza lo atraía como si hubiera sido siempre suya. Lo tomó, lo pesó en su mano, abrió la hoja, la observó con aprobación, y le dijo a la mujer: “¿Cuánto por esto?”. “Eso no es un juguete para un niño como tú, ¿por qué ibas a quererlo?” – le respondió la anciana -. “No es asunto tuyo, vieja, dime cuánto quieres o me voy de aquí sin comprarte nada”. Con un gesto de desagrado, la mujer le pidió doscientos dólares. “Es una pieza de gran calidad. Única. Tú no podrías apreciar sus virtudes” – añadió -. Él no acertó a explicárselo, podría haber regateado, pero no lo hizo. Algo le impelía a hacerse con ese cuchillo cuanto antes, a casi cualquier precio. Sacó los billetes, se los entregó a la señora, y se despidió con rudeza: “Buenas noches, vieja. Disfruta tu desayuno mañana”. La anciana negó con la cabeza, volvió despaciosamente a su taburete bajo junto a las mantas, y advirtió al joven: “No seas soberbio y ándate con mucho cuidado, o ese cuchillo te traerá un mal detrás de otro. No es un juguete para niños, recuérdalo”. Mientras caminaba ya de espaldas al improvisado puestecillo callejero, el estudiante musitó: “Ocúpate de tus asuntos, vieja zorra. El cuchillo y yo vamos a ser uña y carne”. De vuelta a su casa, caminando por unas calles en las que la escasa iluminación formaba un claroscuro con las luces brillantes de los comercios aún abiertos, no paraba de preguntarse por qué se había gastado ese dinero en algo que, antes de salir del apartamento, no hubiera creído necesitar. Una súbita idea le hizo sonreír feliz de haber descubierto, creía, una gran verdad de la existencia: las cosas afiladas son siempre las más interesantes.
Todos estos pensamientos se mezclaban de manera fugaz en su cabeza, los ojos entrecerrados, dormitando mecido por el traqueteo irregular de un autobús casi lleno, pero repleto de cuerpos agotados que parecían preferir un estado vegetativo solo interrumpido por alguna esporádica conversación carente de interés (siempre las mismas cuestiones: ¿dónde estás ahora?, ¿sabes cuánto cuesta el arroz con verduras picantes y cerdo en ese restaurante?, ¿no sabes que en el supermercado de aquí o allá los huevos están de oferta esta semana?, no, no he visto a un médico todavía ni quiero verlo, la consulta es demasiado cara, cuando me reviente me iré a urgencias y punto, ¿este fin de semana?, no, no tengo planes, pero no quiero ir a Shenzhen, ya he gastado demasiado dinero este mes…), los frenazos frecuentes del vehículo ante el embotellamiento en la carretera, algún regüeldo o flatulencia que todos pretendían ignorar, o el sonido estridente de un videojuego centelleando ante la mirada compulsiva de algún adolescente o adulto de tendencias obsesivas en su uso del teléfono móvil. El estudiante, en realidad, estaba esperando el momento en que el autobús empezara a vaciarse, y la persona a su lado en la fila de dos asientos se levantara y se fuera. Hasta entonces, su mano había estado acariciando con fruición el cuchillo en el bolsillo de su pantalón, casi de forma obscena. Para lo que tenía planeado, los mejores asientos eran los de la parte trasera superior del vehículo, pues ahí podría controlar todos los ángulos a su alrededor, y saber si le vigilaban o no. Las interminables hileras de torres residenciales, gris y azul vidrioso, una calle tras otra, adormecían a los pasajeros. Después, la roca oscura y musgosa de las colinas junto a la autopista acentuaba el sopor visual. Pero una vez de vuelta en la zona urbana, las paradas comenzaban a sucederse, y el autobús a vaciarse. Intentando controlar los latidos de su corazón, el estudiante sacó el cuchillo plegable y lo abrió discretamente a un lado de sus piernas, en el asiento ahora desocupado. ¿Qué extraño placer podría extraer de rajar el mobiliario del autobús? Era difícil de explicar con palabras. Se trataba más bien de una excitación mezcla del poder de modificar y destruir lo que le rodeaba, junto a la trepidación de adentrarse en el terreno desconocido del comportamiento prohibido, una venganza contra las interminables restricciones y obligaciones que habían conformado su vida hasta entonces. El afilado filo del cuchillo tardaba escasos segundos en rasgar la tela del asiento, y la espuma del relleno se ofrecía obscena para el enorme placer visual del joven vándalo. Una vez causado el daño, era fundamental guardar el arma, y bajarse con celeridad antes de que el autobús alcanzase su última parada y las limpiadoras entrasen a deshacerse de toda la basura abandonada por pasajeros poco civilizados. Para el estudiante, el asiento destripado era una marca indisoluble de su existencia en este mundo, así como de su poder incipiente de afectarlo. Que no le hablaran de civismo, ni de responsabilidad colectiva. El rasgón era su grito de angustia existencial en un universo de reglas absurdas y obsoletas.
Al bajarse del autobús, la excitación le acompañaba, y caminaba rápidamente apretando con fuerza el cuchillo en su pantalón, a duras penas conteniendo los deseos de sacarlo y empezar a cortar cosas a su alrededor con él. En ocasiones, cuando creía que nadie le observaba en las zonas más tranquilas de las calles o parquecillos que atravesaba, cercenaba hierbas altas, flores, plantas o ramas de arbustos. Y fantaseaba con degollar a algún animal callejero: un gato o un perro perdidos o desprevenidos; o quizá algún pájaro impedido para alzar el vuelo y escapar. Se imaginaba la sensación de la sangre caliente regando y afilando su cuchillo, extendiéndose por sus manos, su muñeca, imbuyéndolo de un carácter de dios destructor en este mundo. Pero los peligros de atacar algo vivo e imprevisible le acobardaban y le hacían reprimir tales pensamientos, por el momento. Alguna que otra vez se sentó en un banco con tablones de madera para probar curioso la resistencia del material al metal de su herramienta ya inseparable. Incluso, se planteaba con la practicidad de un sádico el comprar cuchillas de afeitar, o agujas de coser, e intentar colocarlas en los asientos del autobús, a través de ínfimos cortes hechos quirúrgicamente para ocultar el instrumento de una venganza contra algo que no podía acabar de definir ni contornear, pero que percibía como algo existente y justificado, aunque con argumentos viciados y un tanto egoístas. Eso le llevaba indefectiblemente a la enumeración mental de objetos punzantes a su alrededor: las aristas frías y amenazadoras empezaban a obsesionarle. Quizá su propia fisonomía, pensaba, le ayudaba a desarrollar estos pensamientos. Era un muchacho de apariencia neutral, pero delgado y fibroso, sin apenas elementos romos en su cuerpo. Su pelo parecía peinado con una navaja, erizado y filoso. Su perfil anguloso, sus brazos y manos un tanto arácnidos, sus ojos que podían cerrarse en una estrecha rendija que igual podía denotar concentración como odio; todo él parecía hecho a través de cortes decididos y violentos. ¿Era acaso una persona violenta? Nunca había buscado una confrontación directa con nadie, pero los insultos y las amenazas hacían que la vista se le encharcara en un rojo intenso y todo su cuerpo se tensara en preparación para un ataque. Despreciaba la violencia física más infantil y primitiva, pero le excitaba y obsesionaba el juego un tanto suicida con la muerte y la mutilación. Cortar antes de ser cortado. Marcar fronteras de sangre. Y ese poder que aparecía y desaparecía fulgurante en la hoja del cuchillo. “La vida es una presión constante, inacabable. Aprende a cabalgarla antes de que te haga caer” -solía decirle su padre -. “La escuela. El trabajo. Las relaciones” -pensaba él -. “Sí, todo igual. La vida es presión. Y la presión es aguda, punzante, te afila o te mata. La vida era un cuchillo de filo interminable que te atravesaba de lado a lado, y todo era cuestión de ver cómo aguantábamos ese dolor”. Embebido en estos pensamientos, había perdido la noción de por dónde caminaba. Se detuvo y miro a su alrededor. Un muro de piedra y cemento que conducía a uno de los túneles peatonales en dirección a su urbanización de viviendas. Maleza, hierbas y algún árbol diseminado por parterres aquí y allí. Ruido de insectos, saltamontes, alguna rana probablemente moviéndose por el alcantarillado que discurría en las esquinas. Nadie alrededor. Luz mortecina de atardecer casi acabado. Sacó el cuchillo del bolsillo, lo abrió, puso su palma izquierda abierta junto a la mano que empuñaba el cuchillo, y, entonces, con un rictus de resignación inapelable, tomó la decisión…
