Shenzhen, ciudad espejo, protuberancia económico-industrial que amenaza ya con fagocitar al cuerpo original. Lugar de transición entre la impenetrabilidad del viejo imperio y las avanzadillas sangrientas de la piratería occidental. Tierra de nadie, al cabo. ¿Qué significa pertenecer a Shenzhen? La identidad se construye de manera más despaciosa que los rascacielos. Pero el dinero sigue fluyendo. Eslabón inevitable en una cadena logística de doble dirección que apabulla con su volumen y potencialidad. Te constituyen multitud de rostros con decenas de fisonomías desiguales, acentos diversos, pero una única lengua que se impone calle a calle sobre las viejas tradiciones familiares. Esta es la gran China, la nueva, refulgente; la vieja bandeja de arena por fin contenida y apelmazada en un destino luminoso. Ciudad-lanzadera de sueños individuales que pueden acabar estrellados contra realidades demasiado sórdidas. Me sorprende la cantidad de policías por las calles, en el metro, todos con aire adusto, hablando un mandarín lacerante en su silabeo para los que no pertenecemos. Y esos tornos a la entrada de las urbanizaciones residenciales, vigiladas por guardias de seguridad poco dados a levantar la barrera para mostrar la cotidianeidad de su sector. Más allá del centro comercial junto a la salida de metro y de esas avenidas interminables, monótonas, enemigas del viandante, más allá de tu comunidad y tu torre, nada. Horizontalidad frente a la verticalidad abigarrada de esa hermana mayor al sur que parece haberse empequeñecido, asustada. Cómprate una moto o una bici eléctrica, o resígnate a no salir de tu distrito. Aquí y allá, separadas, muy separadas, zonas comerciales creadas con celeridad para atraer a los jóvenes y las familias, cartón piedra para sustituir a unas ruinas históricas largamente perdidas. Parques temáticos falsos que contienen el mundo para que conozcas lo ajeno sin salir de tu cultura. Grandes marcas sinificadas para intentar vender lo mismo con otro envoltorio. Todo me resulta familiar, y sin embargo me siento terriblemente confuso y ajeno en estos barrios. Aún peor, me siento observado. Lai wai. Diferente. ¿A qué has venido? Tú lugar está al otro lado, gusano endemoniado y traicionero. Aquí no se habla inglés porque ni lo queremos ni lo necesitamos. Vuélvete por donde viniste antes de que alguien se sienta demasiado indignado con tu presencia y tu ignorancia… los viejos y los desposeídos te lo recuerdan antes de escupir sonoramente al suelo que te rodea. Si la lucha de clases se ha declarado terminada hace tiempo, al fin y al cabo algún enemigo habrá que construir para depositar en él todos nuestros malos sentimientos, el rencor de no haber prosperado al mismo ritmo que la nación. Nada importante, es de suponer. El dinamismo no se detiene por estas menudencias. Shenzhen, puerta de entrada, pero, ¿en qué dirección?
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