A Liu le horrorizaban los insectos. Su carácter de saco invertebrado de líquidos le repugnaba sin límite. Su multiplicidad, capacidad de esconderse y reproducirse le causaban una verdadera agonía mental. Con frecuencia sufría de pesadillas en las que insectos diversos penetraban en su cuerpo mientras dormía a través de diversos orificios, y al despertarse necesitaba correr frente al espejo del baño y palparse con angustia para comprobar que las repugnantes criaturas no estaban moviéndose aviesas entre sus entrañas. Secretamente, había rezado y hecho ofrendas a diversos dioses, tanto locales como occidentales, para que algo así nunca llegara a ocurrirle.
Ese día, desde el primer momento, algo desazonador parecía acompañar cada uno de sus movimientos. Un cosquilleo inquietante recorría su piel, y a veces parecía querer introducirse a través de sus poros. Diminutas manchas oscuras aparecían y desaparecían en su campo de visión, juguetonas sombras a las que Liu no sabía si su imaginación ponía patas o no. Ya en el baño tuvo que utilizar un fragmento de papel higiénico para capturar a una pequeña cucaracha bebé que escalaba frenética la llanura interminable de baldosines de la pared aledaña a la ducha, probablemente intentando escapar de las nubes de vapor formadas recientemente. La inexperiencia del joven insecto habría de costarle la existencia, pensó una sanguinaria Liu. Mala señal, de todos modos. Luego, tras el rápido desayuno de bollo dulce y té rojo, y en el frenesí preparatorio de inicio del viaje al trabajo, otro de estos diminutos seres, hermana quizá de la anterior finada. pudo ser avistada entre las migajas caídas al suelo, quizá queriendo hacerse pasar por un pedacito más del pan devorado. Escoba, recogedor y bolsa de basura dieron buena cuenta de la atrevida criatura. "Dios mío" -pensó Liu entre la ligereza y la alarma- "¿Tendré una colonia de cucarachas oculta en algún rincón o grieta de mi casa? No puede ser. Esta misma noche debo revisar a conciencia y esparcir suficiente veneno". Y tomando nota mental de la nueva obligación asumida, recogió su bolso negro, se calzó los zapatos de oficina, y salió de la casa. En el pasillo al ascensor, bajo los fluorescentes amarillentos, le pareció ver corretear varios bultos marrones de tamaño considerable, huidizos y repugnantes, pero cómo pararse a comprobarlo, con el tiempo justo para llegar al trabajo.
Una vez en la calle, el verano hongkonés parecía conspirar para construir un verdadero paraíso para el mundo de los artrópodos. El calor asfixiante y la humedad extrema, reforzada por las frecuentes lluvias, más las montañas de basura generadas por la acumulación humana en la ciudad, ofrecían posibilidades infinitas para la proliferación y refuerzo de las ya milenarias especies. Mosquitos insaciables, abejorros mareantes y aterradores, mariposas engañosas en su aleteo hipnótico, hormigas numéricamente interminables y no siempre exentas de ferocidad, y cucarachas de todos los tamaños, aladas o trepadoras, recibían a Liu con una sinfonía desquiciada y chirriante. "Esas hormigas saliendo del pavimento roto" -se decía ella-, "¿de dónde salen en tan gran cantidad hoy? ¿Soy yo o hay muchas más de lo habitual? ¿Huyen del calor aplanante, de las obras, o han iniciado un ataque final contra la Humanidad?" -y, por si acaso, aceleraba el paso en dirección a la boca de metro, tratando de no reducir su cadencia al caminar para que los mosquitos no pudieran alcanzarla. Era agradable vivir en un barrio con más árboles e hierba de lo habitual, por algo estos eran los Nuevos Territorios, pero el precio a pagar en convivencia con insectos y otras pestes hacía que Liu suspirara por un apartamento elevado en un buen barrio de la Isla.
La entrada al metro, como de costumbre, resultaba ser un vórtice bullicioso de personas, unas veloces y elásticas y otras despaciosas y frágiles. El engullimiento y vómito incesante de humanos dinamizaba la calle y el paisaje de ventanas y aires acondicionados que rodeaban esta entrada y bloqueaban la vista del cielo. Sin embargo, algo extraño parecía ocurrir, de manera simultánea al incremento en el picor cutáneo que Liu sentía desde que se levantara. ¿Qué era exactamente? Al acercarse a las escaleras de bajada al metro, pudo comprobarlo. Esquivando milagrosamente las decenas de pies que martilleaban los escalones, un nutrido grupo de enormes cucarachas ascendía zigzagueante, pareciera que en busca de la libertad prometida por la luz solar arriba, algo extrañamente antinatural en estos animales. No pudo reprimir un grito de horror al ver avanzar hacia ella esa escuadra repugnante, y a punto estuvo de perder el equilibrio, aunque la barandilla metálica de separación en las dos direcciones (ascendente y descendente) ayudó a evitar una caída de funestas consecuencias. Las cucarachas se movían a una velocidad escalofriante, trepando por escalones y pared, salvo cuando decidían detenerse súbitamente, bajo un instinto preternatural de conservación que evitaba el aplastamiento bajo esa avalancha de gigantes con suelas asesinas. El pequeño grupo de insectos tardó sólo unos segundos en sobrepasar el escalón de Liu y llegar a esa tierra prometida de la superficie, donde siguieron su frenética huida de quién sabe qué monstruosidad moderna. Ella se percató de que estaba completamente paralizada, sus dos manos aferradas fuertemente a la barandilla y un rictus de terror en su cara. Sin embargo, la muchedumbre de dos patas seguía pasando a su lado como si nada hubiera pasado, y las miradas reprobatorias por obstaculizar el descenso comenzaban a caer sobre su cuerpo empapado en sudor. Las lágrimas estaban a punto de brotar descontroladas de sus ojos empequeñecidos por el terror. "Pero, no han visto..." -un hilillo de voz salía tembloroso de sus labios-. "Sí, hija, sí, anda, camina" - le contestó sonriente una mujer mayor con aspecto de contable que bajaba los escalones cuidadosamente-. Haciendo un enorme esfuerzo, Liu logró mover sus piernas y caminar de forma poco menos que maquinal hasta el andén.
Allí, la inercia de la multitud la empujó dentro del vagón cuando las puertas del tren se abrieron. El aire acondicionado, excesivo hasta lo helador, mezclado con la impresión borrosa de lo que acababa de suceder, formaba un caldo verduzco y burbujeante en el estómago de la pobre mujer, de tal forma que tuvo que sujetar su estómago con una mano y el asidero con la otra y hacer un esfuerzo por no vomitar sobre todos los que la rodeaban. Lo mejor sería entrecerrar los ojos y adormecerse hasta llegar a su parada, todavía a mucha distancia., pensó ella. Fijó su mirada hasta entonces distraída en los marcadores luminosos de las diferentes paradas de la línea, y una sacudida eléctrica de asco puso todo su magro cuerpo en tensión. Una gruesa oruga de un rojo translúcido se contorsionaba cadenciosamente para avanzar a través del marcador, diríase que a la par que los nombres de paradas que iban quedando atrás. Los puntos azules traspasaban el cuerpo semitransparente del animal, aunque en gran medida se mezclaban con el escarlata atenuado que fluía por su interior. La mente de Liu repetía obsesiva una frase que había escuchado varias veces: "Rojo, color del veneno". Arcadas violentas comenzaron a anunciarse desde su vientre hacia su garganta. No pudo reprimir un gesto de incredulidad, llevándose una mano a la boca y torciendo esta en un espanto irrefrenable. La gente a su alrededor la comenzaba a observar con alarma, y un círculo de distanciamiento comenzó a hacerse a su alrededor. Incapaz de dar una explicación calmada, Liu señaló con su dedo hacia el marcador de paradas, pero toda la atención parecía ser absorbida por su gesticulación exagerada y el copioso sudor que añadía dramatismo a su rostro descompuesto. Nadie miraba a esa oruga que inexplicablemente viajaba con ellos. Con un esfuerzo descomunal, Liu logró articular una tenue concatenación de frases: "¿No la ven? En el marcador, ahí...". "¿Está usted bien, señorita? ¿Necesita atención médica?" -acertó a preguntar un hombre con aspecto de obrero de la construcción con aire preocupado. Con una repulsión que jamás hubiera creído llegar a experimentar, Liu reconoció una oruga similar, sólo que más pequeña y mucho más delgada, quizás hija de la anterior, agarrada a la parte trasera del cuello del hombre que la había interpelado. Empezaba a dudar de si la pregunta se la había hecho él o el rojizo animal que parecía cabalgar y dominar a su montura. Un llanto casi infantil de indefensión anegó a Liu, y el círculo de aislamiento a su alrededor se ensanchó dramáticamente. Durante varias paradas, la pobre mujer fue incapaz de levantar su mirada del suelo, y los sollozos salían entrecortados de su garganta con espasmos de regurgitación que no acababan de alcanzar una salida. El silencio a su alrededor era tal vez más espantoso que su propia imagen.
De alguna manera, una conciencia adquirida con la práctica repetida durante años hizo saber a Liu que su parada era la siguiente. Recomponiéndose como pudo, y sin atreverse todavía a mirar al marcador o a los otros pasajeros, salió del vagón y encaminó sus pasos hacia las escaleras mecánicas que la llevaran a la superficie. Una última y furtiva, rápida mirada al marcador de líneas en aquel maldito tren sólo le devolvió un brillo rojizo y difuminado bajo nombres y letras que bailaban una danza macabra. Quién sabe dónde estarían ahora las orugas. A su alrededor, indiferentes cual autómatas, el resto de viajeros se movía formando y rompiendo líneas, ajenos a nada que no fuera su tórpida rutina diaria. Controlando a duras penas los temblores que sacudían su cuerpo, Liu logró unirse a una de estas líneas de avance en dirección a su salida. Sus ojos ahora abiertos exageradamente en busca de criaturas reptantes o trepadoras se movían en todas direcciones, pero siempre evitando el contacto directo con otros humanos.

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