La memoria te va a perseguir por mucho que te esfuerces en desarraigarte, en escapar. La memoria te ha hecho y hará a tus hijos pese a la falta de conciencia, pese al manto negro que la esconde. La memoria es un ángel de espaldas que conoce los desastres de la Historia, pero sabe ofrecértelos troceados y dulcificados. A veces vuelve súbita como el fogonazo de un fotógrafo pretérito, y anuncia que el presente y el pasado pueden ser la misma cosa cuando las visitas llegan a la puerta de nuestras pobres, absurdas vidas cotidianas. La memoria se deforma y se estira cuando habitamos en latitudes que son un jarrón vacío de recuerdos, y se comprime, es una pequeña caja ajada de madera rebosante de miedos y cuentas pendientes, cuando volvemos a la tierra original de nuestras raíces. ¿Quién tiene posesión de la memoria? ¿Puedo yo apropiarme de la memoria de estos personajes extraños que forman una selva tupida de vivencias ininteligibles, casi impenetrables? Escondemos la memoria, la enterramos, la disfrazamos, la aturdimos; y, sin embargo, no volver a ella es quemarse las yemas de los dedos a propósito, y pretender acariciar después. Vivimos para no recordar, al menos intentarlo. Recordamos para justificar lo vivido. Y, entremedias, pasa todo lo demás.
Saturday, July 25, 2026
Saturday, July 11, 2026
Anotaciones breves y veraniegas
Hong Kong, tanta riqueza material fluyendo en tus arterias, y tanta miseria humana envolviéndola. Quizá eso sea lo normal, y no una excepción; quizá, incluso, sea condición necesaria...
Wednesday, July 8, 2026
Geografías locales XIX
Salimos del metro, vomitados en hordas de familias coloridas, niños gritones cruzándose por todas partes, voces chillonas lanzando admoniciones en diversas variantes de la lengua china. El cielo es una enorme luz blanca de neón que rebota y se refleja por los numerosos pasillos y escaleras mecánicas del centro comercial. Visitantes llegados para bajarse del transporte, comprar y volverse a dondequiera que residan a la mayor velocidad posible, pululan frenéticos entre ancianos lentos de aspecto disgustado. Quizá alguno de ellos recuerde un tiempo en el que este distrito era diferente. Más tranquilo. Más humano. Más local. Había menos malls y más espacios públicos. Bienvenido a Sha Tin. Antigua ciudad satélite. Hoy punto señalado para el turismo de flash shopping. Joyerías, tiendas de bolsos, ropa femenina de alta costura, ropa deportiva de marcas internacionales, restaurantes de indiscutible sabor sínico. Los ya decrépitos habitantes de todas esas torres residenciales para ciudadanos desfavorecidos se mueven con un rictus amargo de descreimiento entre estas galerías de consumismo orgiástico y un punto pacato. Sus nuevos vecinos de las más estilizadas y elegantes torres privadas les resultan familiares y ajenos a la vez. Son aquel miembro lejano de la familia que se quedó al otro lado de la frontera, soportando penurias y miserias sin cuento, revoluciones, purgas, rectificaciones, expropiaciones, extorsiones, al que incluso dieron por muerto varias veces, y al que hoy observan con estupor llegar cargado de riquezas y ostentación, artificialmente fresco y vengativamente arrogante. Pero el flujo demoniaco de los pasillos no permitirá largas reflexiones. Es necesario moverse. Cambiar. Gastar o desaparecer. Un murmullo ensordecedor de frases inconexas e insustanciales martillea nuestros cerebros hasta la cefalea más monstruosa. ¿Alguien ha medido alguna vez la toxicidad emocional de estos engendros de la arquitectura moderna? Como en una maldición infernal y eterna, un corredor lleva a otro similar, una sucesión de tiendas internacionales a otra, el nombre grandilocuente de unos grandes almacenes a otro no menos chillón e hiriente. De ninguna manera esperes encontrar un asiento. Esos son secretos bien guardados por los condenados a no ver el sol bajo estos techos elevados. Fuera, entre explanadas de cemento y un calor inmisericorde, algún que otro pequeño refugio para los desheredados de esta tierra sobrevive. Un centro cívico con un interior muy poco civil y una biblioteca de baños escondidos e insuficientes quieren hacer las veces de clemencia para con los pobres. Las anchas escaleras de acceso que separan estos edificios de la parte comercial sirven de improvisado mosaico humano de empleadas domésticas buscando siquiera un rectángulo de huida de la opresión laboral en que su vida se convirtió al pisar las tierras de la prosperidad incalculable (al menos para ellas). Avanzamos hacia el río y los vestidos blancos y los trajes elegantes nos anuncian la aparición inesperada de un registro civil. Parejas cada vez menos jóvenes abrazan legalmente unos lazos que habrán de liberarles de la tutela paterna o asfixiarles de una manera no muy diferente. La felicidad que necesita consensuarse en contratos ha de acabar resultando tóxica al cabo. Unos pasos más, y frente al río se entrevén los arcos de entrada a un parque alargado, sorprendente por momentos, tierra segura para el que no tiene una tarjeta de crédito, simpleza en los gritos de alegría infantiles, humildad desparramada en las escasas sombras disponibles pese a la longitud. ¿Por qué hay más niños dentro de los centros comerciales que aquí? ¿Es realmente el clima? Quizá es algo más, una visión retorcida de la vida que desprecia lo natural. Más allá, grandes puentes de patriótica decoración cruzan las aguas y conectan con barriadas nuevas o con urbanizaciones dilapidadas que una vez fueron el extrarradio. Puede que incluso, incrustado, insignificante entre tanto rascacielos venido a menos, nos topemos con algún pequeño pueblo que encontró la triquiñuela legal para esquivar la demolición. Buena suerte frente a la avaricia de los amos de la ciudad. La justicia, aquí, se imparte a los que puedan pagarla, mayormente. Como en todas partes, dirán; pero no de forma tan exacerbada. Volvamos al metro, al laberinto de galerías y destellos cegadores. En algún nivel, hemos escuchado, hay una salida a varios parques infantiles en las azoteas. Solución vertical a la falta de espacio. Las grandes marcas para niños nos sirven de flecha direccional. También esos grupúsculos de críos hiper-excitados y padres de aspecto agotado y malencarado. Ese suele ser el efecto último de pasar demasiado tiempo en esta zona. Como no podía ser de otro modo, varios animalitos esponsorizados por consorcios multinacionales vigilarán y regularán la diversión de los pequeños. Nada debe quedar fuera del proceso de mercantilización. Los niños menos que ninguna otra cosa. Escapemos de aquí. Habrá otros lugares menos enervantes, menos masificados, menos desalmados que este. Y, sin embargo, sabes que tendrás que volver a Sha Tin. La comodidad. La pereza. La estupidez. El agotamiento. En el fondo, cualquier excusa valdrá. Los malos hábitos son difíciles de romper.
Sunday, July 5, 2026
La muchacha silenciosa
-Siu, ¿te pondrías estas mallas de cuero, este liguero y estas botas altas, y me azotarías un poco? No muy fuerte, al menos al principio. Luego, si no te importa, yo podría hacer lo mismo contigo…
-Váyase a tomar por el culo, jefe.
-Si es contigo, voy a donde sea. Si tú quisieras…
-¿Siu? ¿Sí, el último cheque, devuelto por el banco a tu compañía? Vaya, que despiste mío más tonto. Soy tan inútil… ¿Podrías pasarte tú por nuestra oficina a recogerlo? Mejor después de las seis. Sí, habrá alguien, yo te estaré esperando. Y, luego, si te apetece, conozco un restaurante coreano con un menú bien regado de vino que es una maravilla, ¿sabes? Eres una chica de tanto talento, estás perdiendo el tiempo en ese cuchitril con el puerco que tienes por jefe. Sí, yo sé cómo es, te entiendo, de verdad que sí…
-Métase el cheque y la cena por el agujero asqueroso de su ano peludo, estimado mandril-cliente…
-Siu, ¿te pondrías estas ropas de colegiala de primaria y te sentarías en esta banqueta? Me apetece echarte una buena bronca, hoy he tenido un mal día. Ah, y no se te ocurra replicarme, no seas mala hija…
-Váyase a la mierda, madre…
-Siu, después de fregar los cacharros de la cena, ¿te sentarías aquí conmigo y podríamos ver juntos el concurso de la tele, o el partido de la liga inglesa? Me gustaría abrazarte como cuando eras una niña y querías pasar todo el tiempo junto a tu viejo. Me recuerdas tanto a tu madre, de joven. Pero, ahora, esa vieja gárgola…ah, y tráeme otra cerveza, haz el favor.
-Friegue, beba, y magree el sofá usted solo, padre. Ah, y procure darse una ducha, porque no sé si se ha dado cuenta de lo mucho que apesta…
-Siu, ¿me podrías dedicar más sonrisas y atención? Hoy me han jodido bien en la oficina, estoy muy quemado. Quizá luego pueda darte unos cachetes en las nalgas, y se te ocurra algo para calmarme. Sé una buena chica y una buena novia…
-Vete a pudrirte al infierno, impotente de mierda.
-Siu, este mes me queda muy poquito dinero. ¿Podrías ayudarme y dar un poco más a papá y mamá en nombre de los dos? La vida se me está poniendo muy cuesta arriba, pero seguro que pronto mi suerte va a cambiar, hermanita. Ya verás…
-¿En qué puñetero vicio te has ventilado el sueldo esta vez, puto niñato malcriado? ¿Por qué siempre te tengo que tapar frente a la familia? Vete a…
-Siu…
La muchacha respiró hondo e intentó ocupar su cabeza con algún pensamiento positivo, tal como le habían insistido en la escuela que debía hacer. ¿Para qué servía ser buena persona en un mundo como este? ¿Toda esa diligencia y eficiencia, todos esos esfuerzos, resultaban al cabo en qué? Tantas respuestas que se tenía que tragar a lo largo de cada jornada… algún día, tarde o temprano, reventaría, estaba segura, y entonces podría ocurrir cualquier cosa, y todos lo lamentarían. Vaya que sí. ¿Pero dónde demonios estaba esa caja de caramelos japoneses que había comprado en la hora de la comida? Respirar hondo. Otra vez. Silencio. Otra hoja del calendario que caía en una espera vacía.
