Algunos, pocos, hombres logran alcanzar un conocimiento propio. No totalizador, pero suficientemente satisfactorio en sí. Ese conocimiento justifica el hecho de estar vivo, de existir. Muy importante, no es un conocimiento heredado, sino construido trabajosamente a lo largo de los años, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Es un conocimiento de apariencia insignificante para la mayoría de sus congéneres, pero fundamental y autosuficiente para su poseedor. Como tal, es intransferible. Es un fragmento de luz congelado en la eternidad, y efímero a la vez; por tanto, de naturaleza totalmente humana. No suele tener gran utilidad instrumental, más allá de ser guía vital para su creador. Es subjetivo, volátil, y difícilmente cuantificable. No es numérico, aunque en ocasiones puede hacerse un esbozo con números. Tampoco es totalmente silábico. De cualquier forma, necesita una estructura para desplegarse en el mundo. La imperfección de ese despliegue es inevitable. La transmisión de ese conocimiento es un anatema ridículo, y fácilmente derivable en obsesión dogmática. Su función es pacificar, equilibrar, en ocasiones incluso sanar daños internos. Puede ser explicativo en ocasiones, pero con las graves limitaciones de la separación entre individuos. En otras, puede ser narrativo, y serpentear juguetonamente de manera casi infinita, o cerrarse circularmente; en estos casos la forma suele imponerse al contenido, aunque tienden a hacerse indistinguibles a medida que ambos se expanden. De todas estas diferencias se derivan diferentes disciplinas, pero al poseedor del conocimiento le suelen importar muy poco esas taxonomías. Es más bien a los ladrones, representantes espurios o lánguidos sacerdotes de conocimientos ajenos a quienes la compartimentalización y usufructo irresponsable del conocimiento ajeno les interesa como apropiación egoísta de un bien que no han sabido alcanzar por méritos personales. A los dueños de un conocimiento propio se les suele ridiculizar en vida. A veces, se les asalta, detiene y agrede con venenos y castigos psicológicos profundamente sádicos. La separación del resto de la sociedad es recomendable en casi todos los lugares, puesto que el ejemplo de pensamiento propio puede perturbar el gregarismo inherente a las civilizaciones que promueven las relaciones hueras y el automatismo servil (casi todas, al cabo). Los conocimientos propios han sido motivo de linchamientos, piras humanas, empalamientos, ahorcamientos, trepanaciones, destierros, torturas médicas, despidos, otras muertes sociales, y más recientemente, burlas y acoso en el mundo virtual de las Redes Sociales. Son peligrosos para los fingidores de sabiduría, autoritarios e intolerantes. Son inquietantes para quien vive cómodo en la superficie de las cosas. Son un antídoto contra la mentira y la crueldad que contamina nuestras ciudades. Son un tesoro intransferible, el único duradero, y por ende, completamente carente de valor.
Tuesday, May 26, 2026
Tuesday, May 19, 2026
Apuntes volanderos sobre el mundo del trabajo y sus implicaciones socioculturales
Es manifiesta globalmente una tendencia hacia la disolución de códigos deontológicos para romper y arrasar con la conciencia de pertenencia a un grupo profesional, con el sindicalismo y con la conciencia de clase en general. Así como también es marcadamente manifiesta la sustitución de dichos códigos deontológicos por elementos corporativistas o puramente arribistas e individualistas (el supuesto espíritu emprendedor o la ausencia de ética profesional por espúrios motivos coyunturales de escasa duración temporal).
Wednesday, May 13, 2026
Antro neoliberal
"Triunfar" a base de méritos propios es algo muy difícil, costoso y cansado. Por eso, la mayoría de los arribistas que pululan por esta ciudad (y son legión) buscan sus "triunfos" laborales a base de zancadillas, maledicencia y empujones. La vía rápida al éxito (siquiera moderado) laboral. Así se forman los ambientes de trabajo tóxicos. Así construyen sus reinos de taifas en la oficina los sociópatas. Se glorifica no la eficiencia, sino la sumisión, la hipocresía y el corporativismo. Lo peor del ser humano se transforma en virtud grupal. Así se envenena una sociedad. Veneno neoliberal. Mentalidad de amo y esclavo. Y eso permea también la educación, la familia, todas la relaciones sociales en general. Ya habrá instituciones moralistas y rituales hueros para lavar la mala conciencia más tarde, cuando sobre un poco de tiempo, y disfrazarnos de buenos ciudadanos piadosos. Antro de ciudad...
Tuesday, May 12, 2026
La Ciudad de la Violencia (XXVI)
En los despachos grises pero centelleantes de la sección de Vigilancia y Castigos, la actividad era incesante. Nuevos y viejos miembros, altos cargos con charreras ostentosas y jóvenes recién trasladados ansiosos por aprender las numerosas normas no escritas, todos se afanaban, o fingían con ahínco hacerlo, en una danza macabra de funcionalidad administrativa teñida de sangre. Los informes debían producirse sin descanso. Las listas de sospechosos debían renovarse constantemente. Y las ejecuciones de culpables demandaban expedición inmediata. El movimiento lubricaba las convicciones y hacía de los chillidos de los torturados un himno purificador. El hedor a heces y carne abrasada que emanaba de los sótanos servía de recordatorio de la gran fortuna que acompañaba a los servidores de la Administración. Dudar era bajar peldaños en esa dirección, socavar el destino de una comunidad, de un pueblo. En los descansos entre turnos se recomendaba participar en desfiles o en lecturas colectivas del Gran Código Renovado de Buena Conducta. Una de las actividades más gozosas era la quema de panfletos subversivos en alguno de los patios interiores. Las pequeñas montañas de papel se transformaban en pavesas danzarinas, inocuas, mero reflejo del olvido al que el Poder condenaba a sus críticos.
En esas estaba un pequeño grupo de funcionarios, viendo danzar las llamas alrededor de los libelos repugnantes, cuando un pequeño fragmento de papel socarrado voló hasta el tronco de un imberbe oficial en prácticas, amenazando el carácter impoluto de su uniforme:
-Señor, ¿dónde está la Ciudad de la Violencia de la que hablan estos planfletos? -preguntó el auxiliar-.
La alarma y la incredulidad empezó a dibujarse en las miradas de los allí presentes. Algo había mancillado la pureza del ritual exterminador; algo debía ser reparado con violencia suficiente, parecía decirles su instinto social largamente entrenado en años de educación selecta.
-Pobre idiota -pensó el supervisor-. Tendré que recomendar que le multen y le envíen a un centro de aislamiento y reeducación -y sonrió entre melancólico y exitado para sus adentros-.
Por su parte, el desdichado autor de la pregunta comenzaba a sudar copiosamente, a perder el color en su tez, y a intuir la magnitud de su error.
-Es necesario -continuaba ponderando silencioso el supervisor-. Debemos enseñar la imposibilidad de la duda y el respeto absoluto a nuestra tarea. El Camino es una línea recta pavimentada de huesos astillados, no hay otra manera. No debemos permitir jamás que la haya, o...
Wednesday, May 6, 2026
Taladros
Taladro. Vibración impenitente que imposibilita la intimidad, el recogimiento, el descanso. Recordatorio de un lugar, unas coordenadas y unas circunstancias exactas, crueles. Carcoma final de lo que aún no es viejo para que llegue algo igual, ni siquiera nuevo; mero cálculo especulativo. Báculo de esa niña condenada a no alcanzar nunca la edad adulta que es la Impermanencia, diosa brumosa y huidiza de esta ciudad. Violencia móvil, castigo de ancianos con dificultades motrices y bebés inocentes. Signo de dinamismo, motor en acción que nunca debe apagarse. Paleta que desarraiga los bienes raíces y los transforma en número multiplicados en cuentas opulentas. Herramienta manual para los pobres, para el obrero; pero financiera para el propietario, el especulador, el taumaturgo de la numerología moderna. Gran amiga de la farmacéutica productora de analgésicos. Símbolo casi infantil, regresivo, de virilidad. Y, sin embargo, símbolo de impotencia para el que quiso hacer de su hogar un refugio contra la locura exterior. Taladro, lamento metalizado que nos habla de una humanidad minusvalorada, mancillada por la velocidad y la tecnología. Monstruo gris envuelto en polvo que se nos cuela por los oídos primero, luego los ojos, la nariz, la garganta, atraviesa nuestras tripas, se funde con el latido desacompasado de nuestro débil corazón, y nos ulula pesadillas agónicas de moribundos desechados ya como inútiles, no productivos, por la sociedad. Obra orquestal acompañada de martillos y sierras, oda inarmónica a una economía resplendente, vertiginosa, donde los escombros generan riqueza y las rentas, las hipotecas danzan febriles bajo el fuego eterno de la bonanza que envuelve a los grandes paraísos fiscales del planeta. Recordatorio excedido en decibelios de que ser parte de la urbe que nunca descansa demanda sacrificios, ofrendas, renuncias. Demanda, en resumen, todo aquello que equivocadamente creíste ser tu posesión, más todo lo que puedas poseer en un futuro sempiternamente incierto. Epítome de la indefensión inquilina y la desesperación propietaria. Taladro, espía invisible, pero profundamente dañino, que nos interpela agresivo por no estar trabajando en una oficina, en algún lugar fuera de casa. Este dolor que te inflijo lo mereces por indolente, por parásito. Mira como vibro, como destruyo, transformo, aumento, impasible, eficiente, el valor de lo que era; aprende de mí. Sé como yo o márchate a alguna esquina en las calles a enmohecerte, pudrirte, desaparecer. Si no tienes una segunda vivienda, no mereces escapar al derrumbamiento, a la renovación y reevaluación del entorno. No obstaculices el progreso. No ralentices el ciclo de producción de valor. Tú no eres importante. Yo sí. Hasta el día que pierda mi agudeza, mi capacidad de horadar. Ambos somos reemplazables. Todo lo es, mero polvo del tiempo. Todo, excepto el ciclo…
