Con una rapidez forzada y antinatural, caminó por las calles del distrito industrial hasta el edificio dilapidado donde se encontraba la oficina de su pequeña empresa, un fabricante local de gomas y piezas de encaje para las duchas con las fábricas en Foshan, pero centro administrativo aquí, debido a las frecuentes exportaciones a otros lugares del mundo. El sol golpeaba inmisericorde a los múltiples viandantes, y multiplicaba la fetidez de los efluvios que décadas de uso industrial habían asentado en esta zona. Como tantas otras áreas industriales de Hong Kong, esta había visto mejores tiempos, y hoy muchas empresas habían movido sus operaciones al interior de China, quedando fundamentalmente aquellas dedicadas al mercado local o cuyos dueños pertenecían a la pequeña burguesía local de la urbe. La desocupación había dejado amplios espacios para que colonias de criaturas diversas se expandieran por los, a veces muy decrépitos, edificios, y Liu solía sentirse asqueada por la frecuente visión de cucarachas, hormigas y ratas en las calles y en los pasillos interiores del lugar. Parecía que ninguna campaña de erradicación pudiera surtir efecto a largo plazo, las hordas invertebradas volvían a aparecer a los pocos días, o, como mucho, semanas. Después de los desasosegantes episodios de esta mañana, era mejor correr a su escritorio, revisar que nada se moviera a su alrededor, y embotar el cerebro con las decenas de correos, albaranes y facturas que esperaban preparación. Así, y de forma sorprendente para ella misma, logró ignorar la visión de unos cuantos insectos que parecían abrirle paso tímidamente, ahora se diría que asustados de su voluntad reforzada.
En la oficina, como siempre, solo una porción de los empleados había llegado. El dueño solía ser el último de todos. Su cabeza afeitada y su panza descomunal le daban cierto aspecto de escarabajo sonriente, pensaba Liu con frecuencia. Saludo a la anciana mujer de la limpieza, llegó hasta su cubículo, se sentó en su silla y encendió la pantalla de su ordenador. El cristal oscuro que comenzaba a iluminarse, sin embargo, le devolvió un reflejo preocupante: un rostro desencajado y pálido, en el que destacaban varias manchas rojas, alarmante presagio de una erupción causada quizá por el estrés de los episodios acaecidos desde que iniciara el día. Con desagrado, Liu sacó su caja de maquillaje del bolso y se encaminó hacia el baño.
Este era un cubículo de escasas proporciones, con las paredes cubiertas por baldosines marrones en las que la suciedad parecía enquistarse con pasmosa facilidad. La luz de la mañana se filtraba por el ventanuco y ayudaba a aumentar la sensación de caparazón gelatinoso del lugar. Un diminuto lavabo y, sobre él, un espejo que comenzaba a ajarse en los bordes, y una taza de váter ya desgastada por el uso comunal pero, por lo general, aceptablemente limpia, constituían el mobiliario, completado con la escobilla oscurecida y varios botes de productos de desinfección usados por la limpiadora. Liu observó su reflejo difuminado por los haces amarillentos del sol e intentó calmarse. Quizá estaba siendo excesivamente aprehensiva con toda esta cuestión de los insectos, al cabo ninguno la había atacado directamente todavía. Era tan sólo que su mera presencia se le hacía tan ofensiva, tan intolerable… ¿Cómo podía ser que los demás no sintieran lo mismo que ella? ¿Sufría acaso de un exceso de celo en cuestiones higiénicas o era falta de educación en estos menesteres lo que cegaba a la mayoría de sus conciudadanos? El mundo está lleno de seres absolutamente incomprensibles, pensó entre la tristeza y la indignación. Tras recomponer un poco el maquillaje matinal, decidió usar el baño antes de volver a su escritorio. Necesitaba orinar para que los malos tragos de la mañana se escurrieran en el olvido.
Levantó la tapa de la taza, limpió el asiento con un poco de papel higiénico, se sentó y, casi mecánicamente, abrió la pantalla de su móvil para distraerse unos instantes. Sin embargo, apenas hecho todo esto, una sensación de peligro y desagrado se extendió por su cuerpo, a la vez que el picor cutáneo en toda su piel se intensificaba. Algo parecía moverse desde el fondo de la taza hacia la superficie, o eso creía Liu. Alarmada, se levantó con brusquedad y bajó la mirada. Reptando por la superficie blanquecina, escapando al líquido ahora amarillo del fondo, una maraña de gusanos rosados ascendía de manera nerviosa, casi frenética. Algunos parecían ya a punto de alcanzar el asiento que pocos segundos antes ocupara la mujer. La visión de Liu se emborronó por unos instantes, la habitación pareció girar varias veces a su alrededor, y un grito ahogado se deshizo entre su garganta y su boca. Para su horror, un par de gusanos de la bola viscosa había logrado estirarse y alcanzar la parte interna de sus muslos. Uno en cada uno. Su ascenso en el cuerpo de Liu era si cabe más enconado. Desesperada, la mujer comprendió que los gusanos en sus piernas avanzaban buscando una apertura en su cuerpo. Un instinto ciego los guiaba hacia su sexo. La respiración de la mujer se volvió pesada como el cemento y sus músculos parecieron reblandecerse y perder toda fuerza súbitamente. Gritando ahora sí a pleno pulmón, comenzó a golpearse con las palmas abiertas en los muslos, con toda la violencia desaforada que ese día había acumulado en ella. No sabría decir cuántos segundos estuvo golpeándose, pero sólo cuando la sensación de movimiento ajeno en sus extremidades desapareció pudo adquirir conciencia plena de la situación, mirar con asco infinito sus palmas enrojecidas y cubiertas de un líquido ámbar en el que todavía se retorcían los pocos fragmentos de los animales que no habían explotado bajo los golpes, colocar rápidamente las manos bajo el grifo del lavabo y abrir con fuerza el agua. Mientras tanto, el resto de gusanos pugnaba ya por lanzarse al vacío desde la vertiginosa altura del asiento del váter. Los ojos monstruosamente agrandados por el horror de Liu observaban esta operación, mientras el agua purificaba sus manos e intentaba lavar torpemente sus cárdenos músculos. Corría peligro en esa habitación. Necesitaba escapar de allí. Con desesperación se subió unas bragas que habían perdido su condición inmaculada en el frenesí, recompuso como pudo su falda, y salió corriendo del baño. La poca presencia de empleados en estas horas todavía tempranas de la mañana dio cierta privacidad a la salida extemporánea de Liu. Tan sólo la mujer de la limpieza se percató de que algo ocurría. Con la calma fatalista de muchos años de trabajo invisible, se acercó a preguntar:
-¿Estás bien, hija? ¿Te ha pasado algo ahí dentro? -dijo con una voz que denotaba a la vez amabilidad y dureza amarga, una voz que sólo las vidas anegadas en el desprecio y el desastre pueden alcanzar.
-Sí, los gusanos, están ahí, saliendo a borbotones de la taza. Es horrible, ¿por qué…? -la frase se congeló en la boca de Liu. Nada tenía sentido. El mundo se había convertido en un gigantesco huevo podrido.
Los cabellos lacios y escasos de la anciana se retorcían en contracciones vermiculares y espasmódicas, como les correspondía a los gruesos gusanos que constituían el que antes fuera pelo de la mujer. Era como si estas lombrices monstruosas estuvieran enquistadas al cuero cabelludo de la limpiadora y pugnaran desesperadamente por escaparse y buscar otras cabezas que habitar. Diminutos insectos se movían por su cara, entrando y saliendo de las fosas nasales y la boca, cual si habitaran la corteza de un viejo tronco y no la piel cuarteada de un ser humano.
Liu gritó y comenzó a dar pasos hacia atrás, defensiva, desesperadamente.
-¿Qué te pasa, joven hermana? -la anciana avanzaba y tendía su mano, en cuya palma un agujero cauterizado rebosaba de diminutas hormigas que correteaban por el brazo en direcciones caóticas.
Liu gritaba y pedía ayuda, alguien debía ser capaz de ver y sentir lo que ella estaba sufriendo en ese momento. Era todo demasiado intenso y continuado para ser una alucinación. Era monstruosamente real.
-¿Qué pasa ahí? -una voz vagamente familiar, alguien que trabajaba allí, aunque Liu no podía identificar quién, se acercaba entre las mesas, ficheros, ordenadores y separaciones-. Liu miró con la desesperación del ahogado que quiere ver tierra para mantenerse en la superficie unos segundos más. Sí, era su compañero, era… una cara reventada por el vómito de gusanos cayendo incesantes por la boca, los globos oculares reventados por las lombrices que luchaban por desgajarse del cuerpo. El mundo entero buscaba infectarla, destruirla, deshumanizarla sin remedio.
Escapar. Correr. Pura supervivencia. Liu se lanzó hacia la puerta de entrada a la oficina, con los dos engendros de sus antiguos compañeros de trabajo detrás, vociferando incoherencias contaminantes. La puerta, la salida, pesada, lenta, dios mío, iban a agarrarla, ¿qué podrían hacerle entonces? Logró abrir un hueco suficiente, salió al pasillo aséptico de paredes naranjas. Correr hacia las escaleras, mejor que el ascensor. Nadie aparecía frente a ella. Era como si el mundo hubiera sido ya devorado. Y, entonces, al pasar frente a la puerta del almacén de productos secos medicinales chinos que tan bien creía conocer, lo vio...

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