Las puertas abiertas de par en par del almacén semejaban la entrada vejada de un paritorio. De las muchas cajas de productos secos, hierbas y carcasas de animales de facultades insospechadas que se apilaban a los lados formando un pasillo, brotaban interminables hileras de insectos de variados colores, aunque el ocre de las cucarachas y el rojo y el negro de las hormigas predominaba. Las filas en movimiento avanzaban en libertad por el pasillo, hacia el ascensor y las escaleras, en una sordina bisbiseante que, sin embargo, anegaba el cerebro de Liu y la impelía a la parálisis. Aún peor, tumbada en una silla reclinable, fofa y gelatinosa, con la parte inferior del abdomen rezumando un líquido verduzco y fosforescente, una descomunal cucaracha madre retorcía boca arriba sus patas mientras no paraba de dar a luz una y otra vez a decenas de pequeños insectos, los cuales una vez escupidos a este mundo correteaban desesperados en círculos buscando a su colonia, o un lugar oscuro y húmedo como aquel del que acababan de salir donde ocultarse y esperar. Un pensamiento de estúpida practicidad cruzó la cabeza de Liu: esto es imposible, las cucarachas son ovíparas. ¿Qué animal horrendo es este que tengo enfrente? Sin embargo, las hileras de insectos en fuga devoraron toda posible continuidad en el pensamiento de la mujer. Además, con un terror cerval, Liu adquirió la súbita certeza de que el animal en la silla la observaba concentrada, y la llamaba por su nombre, cual si fuera un familiar cuyo contacto se hubiera perdido mucho tiempo atrás. Abrumada por la mezcla de sensaciones, Liu gritó con todas las fuerzas que le quedaban y empezó a correr en dirección a las escaleras, sin importarle que le acompañaran en esa dirección miles de pequeñas criaturas.
Con respiración entrecortada y desigual, bajó los escalones de los doce pisos que separaban su oficina de la calle, adelantando en su apremio a todos sus rivales de más pero menos largas patas. En su cabeza se mezclaban una sensación de realidad absoluta y desoladora junto con la imposibilidad total, insuperable, de que lo que estuviera viviendo fuera cierto.
La calle registraba ahora un nivel de bullicio ligeramente superior al que tuviera hace un rato, cuando Liu salió de la boca del metro y se dirigió a su oficina. Sin embargo, para ella algo había cambiado radicalmente la esencia del lugar. No se sentía ya segura, integrada, entre estas moles de cemento, puesto que había descubierto quienes eran los verdaderos dueños del lugar. La verdad se ofrecía descarnada a sus ojos hinchados: insectos negruzcos, marrones, verdes, con alas, con antenas, larvas, gusanos, pululaban por todas partes; se subían a los vehículos que circulaban en la carretera por los huecos del chasis; formaban juguetones los nombres de los negocios marcados en los letreros; generaban bultos movientes dentro de las ropas de toda la gente que caminaba maquinalmente a su trabajo sin que esto pareciera molestarles lo más mínimo. Es más, se alimentaban de la cera de sus oídos, del flujo nasal solidificado en sus fosas; del agua viscosa que escondían sus cuencas ahora amarillentas. La simbiosis entre el paisaje y los insectos parecía monstruosa, enfermizamente perfecta. Y Liu no podía escapar a este escenario, a este sino que a su alrededor todos aceptaban como natural.
El picor cutáneo que le llegaba por oleadas desde que se despertara se había transformado en un ardor doloroso. Observó su piel, trabajosamente mantenida en un tono lechoso y en una textura tersa durante años, y vio cómo por momentos se oscurecía, o incluso llegaba a tonos cárdenos, y pequeñas hinchazones aparecían por sus cuatro extremidades. Tenía el convencimiento de que todo su cuerpo estaba sufriendo el mismo proceso. Varias hormigas habían comenzado a escalar sus tobillos, diríase que con un cuidado y una delicadeza morbosos, una cucaracha de considerable tamaño se acercaba tímida hacia ella como si fuera un perro en busca de dueño, y Liu comprendió que los insectos de la calle iban a cubrirla y devorarla. Calló al suelo vencida por el miedo, y sus chillidos acallaron el resto del ruido matutino a su alrededor. Varias personas se acercaron, aunque manteniendo una distancia prudencial por si el pánico de la mujer derivaba en algún escorzo violento.
-Pobre, ¿qué le pasará?
-¿Qué te duele, hija, necesitas ayuda?
-Por favor, que alguien llame a una ambulancia o a la policía.
Tan solo los insectos seguían llegando hasta ella, y parecían querer abrazarla con todo su cuerpo, para que dejara de sentirse aislada y se calmara.
Liu no supo cuánto tiempo estuvo gritando y retorciéndose boca abajo en la calle hasta que alguien o algo la levanto y, sujetándola por brazos y piernas, la subieron a un vehículo con una cama dentro. Una ambulancia, suponía ella, aunque apenas podía concatenar recuerdos, puesto que la conciencia de decenas de insectos pululando, ahora sí, de forma real, por su cuerpo, y la visión vomitiva de esas personas con hormigas, gusanos y similares criaturas invadiendo sus rostros como si fuera lo más natural, impedían ninguna construcción temporal lógica dentro de su cerebro. Recuerda incluso a un hombre con un uniforme azul que no hacía más que vomitar lombrices cada vez que abría la boca, y a un supuesto enfermero cuyo brazo era una oruga enorme que la apretujaba contra la cama de la ambulancia, pese al esfuerzo de Liu por levantarse y escapar de allí. Todo, absolutamente todo, a su alrededor, estaba cubierto de una herrumbre viscosa, y de manchurrones gruesos que en cualquier momento podrían abrirse y dar salida a una nueva bola de criaturas invertebradas. Y, mientras todo esto pasaba, Liu sabía que una transformación demencial se gestaba dentro de su organismo, sin que ella pudiera impedirlo de ninguna manera. Era imposible seguir resistiendo. Sólo le quedaba cerrar los ojos, exhalar el aire tóxico que circulaba por su garganta, y esperar la muerte, esa purificación última prometida que nunca llegaba.
Pero no fue la muerte, sino sueños absurdos y perversos, lo que vino a su encuentro. Seres de talle humano pero con cabeza de cucaracha que se paseaban orgullosos frente a ella; niños cubiertos por chinches, garrapatas y termitas que querían abrazarla y, para su horror, llevarla a jugar con ellos a pequeñas ciénagas instaladas frente los edificios residenciales; polillas que devoraban primero el pelo, luego el cuero cabelludo, y finalmente la piel y el músculo de las cabezas de mujeres de aire indolente que se dejaban hacer con una sonrisa casi sacrificial; hombres de negro cubiertos por sotanas de las que sobresalían patas delgadas y peludas, y en cuyas bocas mandíbulas dentadas musitaban una plegaria descompuesta y mareante. Todos la saludaban, y parecían felicitarla por algo, Liu no acababa de entender muy bien el qué. Ella sonreía y agradecía los cumplidos, pero no había felicidad ninguna en su proceder, sino una tristeza inconsolable por algo que ella recordaba haber perdido irremediablemente, aunque no supiera a ciencia cierta qué podría ser. Una sensación de pertenencia forzada la embargaba, y la angustia de algo muy importante que se hubiera quebrado la acompañaba en este paseo por una ciudad reconocible y distinta a la vez. Hubiera querido llorar, pero tenía miedo de estos insectos humanos, pese a sentirse plenamente aceptada entre ellos. Mejor fingir por ahora.
No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero al despertarse la realidad le pareció mucho más tenue y difuminada que el mundo onírico del que había vuelto. Estaba sola en una pequeña habitación de paredes grises, con una cama, una mesilla y varias sillas redondeadas de metal a un lado. Por la ventana a su derecha se filtraba un haz de luz rojizo que parecía anunciar un atardecer terroso, caliginoso. Al poco, una enfermera abrió la puerta y, viendo los ojos abiertos y casi suplicantes de Liu, sonrió e hizo un gesto pidiéndola que esperara. Cerró la puerta y sus pasos se perdieron repiqueteando en el exterior, quizá en un largo pasillo de ventanales melancólicos. Si hubiera podido, se habría levantado de la cama, pero una banda no muy tensa cubría su vientre y la mantenía en una forzada posición de decúbito dorsal. Tampoco se sentía con fuerzas suficientes para ir mucho más allá, así que una paradójica resignación evitaba cualquier amago de fuga. Liu se preguntó se le habrían dado algún sedante o alguna droga para que se sintiera así, liviana y satisfecha con la situación resultante. Sus disquisiciones fueron interrumpidas por la llegada de un doctor de apariencia joven, probablemente uno de esos cristianos amables pero estrictos que pueblan la novelería popular, que quiso iniciar una conversación casual con la paciente:
-Bueno, ya ha despertado, ¿cómo se siente? ¿Algún signo de malestar? ¿Mareos?
-No, nada de eso – dijo Liu-. Me siento mucho mejor ahora. Creo que ya ha pasado todo. No sé qué ha podido ocurrir exactamente…
-Excelente. El episodio de crisis se ha extinguido. ¿Qué puede haberlo causado?, nos gustaría saber. ¿Alguna idea al respecto?
-No, yo, bueno, siento mucha repulsión por… -una contracción en el vientre de Liu le hizo interrumpir su discurso-.
-Tranquila, seguro que está muy cansada – replicó rápidamente el doctor-. En su estado, debe descansar y cuidarse todo lo posible. Procure estar lo más calmada posible.
-Sí, es cierto -sonrió Liu, y de manera casi mecánica se llevó las palmas de ambas manos a la barriga-. Esto es lo que yo había deseado siempre. Sería tan estúpido perderlo por un incidente aislado. Jamás me lo perdonaría.
Las antenas en la cabeza del doctor vibraron con empatía. Las miles de diminutas lentes de sus ojos compuestos se centraron en la figura de Liu: -Sí, eso es cierto. Sería algo terrible, señorita. Nuestra misión es ayudarla a que todo el proceso se desarrolle sin problemas y pueda usted traer a un nuevo y maravilloso ser a nuestro mundo.
Liu presionó con delicadeza firme su vientre y asintió en silencio. Allí dentro estaba el nuevo sentido de su vida. No iba a permitir que ninguna neurosis le arrebatara a su criatura, tuviera esta la forma que tuviera. -Gracias, doctor -musitó distraída.
Este anotó algo en un papel sujeto a una tabla fina, observó a la mujer por unos segundos, y comenzó a dirigirse a la puerta. Agarró el pomo, y antes de abandonar la habitación, se giró y dirigió estas palabras a Liu: -Muy bien. Muy pronto le daremos el alta, si no hay ningún episodio o crisis más en las próximas horas. Es una gran noticia verla tan animada. Descanse, es su deber, ahora. Y recuerde… -unos segundos de duda entre irónica y admonitoria separaron la última parte de su frase-, señorita Liu, que es un exceso de vanidad el querer caminar por la vida sin llagas ni insectos dentro. -Y dicho esto, salió de la habitación y cerró suavemente la puerta tras de sí. Liu comenzó a frotar por debajo de la banda su estómago para intentar producir una sensación de calidez, y a la vez dirigió su vista hacia la ventana. No podía vislumbrar el exterior, pero el haz de luz que se expandía despacioso comenzaba a dar a la habitación un tinte de hoguera primigenia. Arder si los demás se lanzan al fuego -pensó Liu-; ser uno con la colonia. Todo va a estar bien. Vamos a estar bien.
Cerró los ojos y, apaciblemente, dejó que los sueños volvieran a ella.
