Thursday, June 18, 2026

Filos (I)

 El joven estudiante se subió al autobús con una mirada indiferente y abstraída. Cada día era lo mismo. Una larga cola de imbéciles demasiado pobres como para tener vehículo propio, arrastrando los pies hacia la puerta de entrada del mastodonte de dos pisos que les transportaría hasta sus cubículos de mierda. Toses, ruidos de gargajos, a veces contenidos y a veces no, eructos, discusiones de verdulería entre señoras chillonas y desaliñadas, miradas de frustración y odio. Y viejos, muchos viejos. Todo este detritus humano hacinándose para poner fin a otro día estéril de agonía y sinsentido. Y en el medio, él, obligado a formar parte de este mecano deslabazado y maloliente. "Esa escuela te conviene. Tiene buena fama. Los rankings online la colocan entre las cinco mejores de su distrito. Hay profesores extranjeros, y gente local de buenas universidades. Podrás hacer amistades útiles en el futuro. Es una buena elección para ti, ya verás." -había repetido su madre una y otra vez-. Él no quería ir a ese lugar. No conocía a nadie. Sus pocos amigos irían a otras escuelas de su distrito. Y el maldito viaje. Más de una hora en un autobús abarrotado por la mañana, y otra hora de vuelta. Una auténtica jodienda. Pero a los padres no se les discute; es la tradición, le replicaban. La tradición se merecía una sarta de navajazos, a ver si así dejaba de joder. Ya desde el principio, se sintió fuera de lugar en ese instituto. No entendía sus rituales, sus discursos hueros sobre responsabilidad social y el buen cristiano. Montañas de falsedades insignificantes. ¿Qué beneficio le iba a dar a él todo eso? Pero era fundamental fingir, mostrar interés y repetir las consignas. Eso lo aprendió rápido. No llames la atención, haz lo que se espera de ti, y quizá así te dejen en paz.

No le sirvió, sin embargo, para que le dejaran en paz a la salida del baño durante el descanso para la comida, a las pocas semanas de iniciado el curso. Un grupo de tres gilipollas se le había acercado a tocarle las narices, preguntándole quién hostias se creía que era y por qué no hablaba nunca con los otros, como si fuera superior a los demás. Unos cuantos empujones contra la esquina entre el baño y las escaleras secundarias, unas amenazas de agresión y varios insultos, y cuando respondió, instintivamente, al supuesto cabecilla del grupo, quien intentaba agarrarle de la camisa del uniforme, con un vigoroso empujón de vuelta, lo vio claro. Sólo su amigo metálico le sacaría indemne de allí. De hecho, lo había llevado en el bolsillo del pantalón escolar durante semanas, esperando un momento así. Con una velocidad y determinación que sorprendió a todos, incluido él mismo, sacó el cuchillo plegable, lo abrió y avanzó un paso hacia la cuadrilla de matones aficionados. Sus caras habían cambiado de una sonrisa de tarado cruel a la alarma de quien tiene frente a sí un peligro real. “¿Qué cojones es eso? ¿No sabes que es ilegal tener navajas en el interior del colegio?” -le espetó el cabecilla intentando mantener la compostura-. “Vuelve a intentar tocarme y te rajo aquí mismo” – fue su somera contestación, los ojos brillantes y un impulso ciego empezando a aureolar su figura-. “Déjale, este va a durar poco aquí” – contestó el chaval a la izquierda-. Y con un gesto de desprecio, los tres jóvenes cabrones recularon hacia su aula, manteniendo la mirada fija en la víctima transformada en potencial agresor. Varios estudiantes habían aparecido a través de las escaleras, pero ninguno quiso pararse a averiguar qué estaba pasando exactamente. Un círculo de soledad casi luminosa parecía rodear ahora al muchacho, sudoroso pero concentrado, casi engrandecido en su defensa descerebrada pero efectiva. Sintiendo que no debía exponer su arma secreta demasiado tiempo, cerró el cuchillo, lo volvió a meter en el bolsillo, y muy lentamente caminó a clase mientras el timbre infantilmente armónico del final del descanso envolvía la totalidad del pasillo. Esa noche, ya de vuelta en casa, en su habitación, observó largamente el cuchillo abierto, su hoja flameante, la rozó con la yema de sus dedos lenta y sensualmente, imaginó varios movimientos con los que alcanzar a su blanco con precisión de cirujano desquiciado, y dejó que la punta apretara su piel en varias partes de los brazos y el estómago, imaginando la sensación de penetrar en un cuerpo sólido, profunda e irremediablemente. Después, puso la hoja junto a su corazón, cerró los ojos, aspiró con fuerza, y dejó que una sensación de excitación primitiva le embargara. Fue un momento maravilloso, casi sexual. Cuando logró calmarse, guardó el arma, consideró la necesidad de llevarla con él a todas partes, especialmente a ese colegio de gilipollas alucinados, y sintió la angustia creciente de que alguien pudiera denunciarle después del episodio de hoy. El cuchillo debía permanecer oculto dentro de lo posible mientras estuviera en el horario escolar, pero también debía estar disponible para su uso en cualquier momento. Envuelto en esta bruma emocional de forma alargada, se durmió sintiéndose seguro y vulnerable a la vez.

Había encontrado ese cuchillo unos meses antes, paseando tras la cena por el barrio. Al pasar por los soportales del mercado callejero, una anciana pequeña, gorda, de aspecto rugoso y cercano al colapso, le había interpelado: “Hijo, ¿no te interesa nada de lo que tengo aquí en venta? Necesito hacer dinero para comprar mi desayuno mañana”. Frente a ella, en el suelo, en varias mantas, había desperdigados la usual colección de objetos usados, muchos probablemente tomados de casas de otros viejos fallecidos recientemente: platos, vasos, cubiertos, teteras, abanicos, destornilladores y tenazas cercanas a la herrumbre, ropa ya desgastada, servilletas de tela, y piezas de quién sabe qué, otrora elementos de un hogar hoy devastado. Nada más que quincalla. Todo, excepto ese cuchillo plegable, de buen aspecto todavía, quizá apenas usado. El estudiante no sabría explicar por qué, pero esa pieza lo atraía como si hubiera sido siempre suya. Lo tomó, lo pesó en su mano, abrió la hoja, la observó con aprobación, y le dijo a la mujer: “¿Cuánto por esto?”. “Eso no es un juguete para un niño como tú, ¿por qué ibas a quererlo?” – le respondió la anciana. “No es asunto tuyo, vieja, dime cuánto quieres o me voy de aquí sin comprarte nada”. Con un gesto de desagrado, la mujer le pidió doscientos dólares. “Es una pieza de gran calidad. Única. Tú no podrías apreciar sus virtudes” – añadió -. Él no acertó a explicárselo, podría haber regateado, pero no lo hizo. Algo le impelía a hacerse con ese cuchillo cuanto antes, a casi cualquier precio. Sacó los billetes, se los entregó a la señora, y se despidió con rudeza: “Buenas noches, vieja. Disfruta tu desayuno mañana”. La anciana negó con la cabeza, volvió despaciosamente a su taburete bajo junto a las mantas, y advirtió al joven: “No seas soberbio y ándate con mucho cuidado, o ese cuchillo te traerá un mal detrás de otro. No es un juguete para niños, recuérdalo”. Mientras caminaba ya de espaldas al improvisado puestecillo callejero, el estudiante musitó: “Ocúpate de tus asuntos, vieja zorra. El cuchillo y yo vamos a ser uña y carne”. De vuelta a su casa caminando por unas calles en las que la escasa iluminación formaba un claroscuro con las luces brillantes de los comercios aún abiertos, no paraba de preguntarse por qué se había gastado ese dinero en algo que, antes de salir del apartamento, no hubiera creído necesitar. Una súbita idea le hizo sonreír feliz de haber descubierto, creía, una gran verdad de la existencia: las cosas afiladas son siempre las más interesantes. 

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