Día festivo. Marcado con tinta roja. En los ríos, las barcazas y sus remeros se preparan para las carreras anuales. Las ofrendas han sido adquiridas, y poco después se forman colas para entrar en el templo y postrarse ante la imagen principal. Hoy los dioses escucharán con más atención. Además, esas naranjas brillantes, ese pomelo de forma casi perfecta ayudarán a convencerles de que merecemos sus favores. Siquiera un día al año. El teatro de bambú ya ha sido erigido al otro lado de la carretera. Habrá sesiones de ópera china, y el concejal local distribuirá pequeños tentempiés y calendarios a los asistentes. Las puertas de la entrada principal están abiertas de par en par, los guardianes de aspecto fosco hoy parecen descansar escondidos a los lados de las jambas. Las varas de incienso aquí y allí producen serpenteantes columnas aromáticas que marean y estimulan a partes iguales. Los viejos intentan convencer a los jóvenes de la importancia de los rituales, pero estos prefieren abstraerse en el mundo insondable de sus teléfonos móviles, o en los momentos de caos sonoro y colorista que se suceden cual explosiones súbitas alrededor del reciento.
Varios individuos de aspecto musculado y poco amable piden paso, intentan crear un pasillo. La estridencia de los gongs y los tambores empieza a resonar en la distancia. Es el momento favorito de los niños. Los leones chinos se acercan curiosos y retozones, sacudiendo sus cuerpos como un dragón juvenil, y moviendo la cabeza a los lados para que nada ni nadie se les escape. Los sobres rojos en las manos temblorosas, unas arrugadas y otras carnosas y todavía en desarrollo, son su dulce favorito. Meses de práctica deben cristalizar en este juego de danza y captura perpetuado durante siglos. Dos cabezas gigantescas, una negra blanca, roja y blanca la otra. Ojos de animal místico, hipnotizador. Boca abierta en un rictus burlón, que tanto puede ser amistoso como agresivo. Al poder siempre le gusta materializarse con símbolos ambiguos. El animal se contonea, avasalla, retrocede, salta aquí y allí bajo un ritmo de percusiones que son a la vez primitivas y elaboradas. Una vez recolectados los trofeos pecuniarios de entre el público presente, el león rendirá tributo ante las puertas laterales y los altares menores. Las numerosas guirnaldas y lámparas chinas se sacuden rítmicas ante el ajetreo de la criatura y su séquito musical. Finalmente, la entrada principal se abre solemne para que el león muestre toda fuerza peligrosa y energía desatada. Tin Hau, La Diosa del Mar, observa impasible los contoneos y piruetas cercanos a la epilepsia, la boca enorme que pugna por desencajarse de la mandíbula en medio del frenesí. ¿Qué daño puede hacer un mero cánido crecido y melenudo salido de la tierra a la dueña eterna de las aguas, la que concede la gracia de la salvación a los pescadores desde tiempos inmemoriales? El animal no puede por menos que, agotado ya, bajar la testuz y rendir pleitesía a la patrona de los mares. El abad del templo le recompensará con un regalo final, y le dará permiso para que vuelva a las sombras de los bosques y la protección de las arenas. Adiós, majestuoso protector de reyes. Te veremos en otro día señalado del calendario, nuevamente. El ciclo ha de perpetuarse.
Más tarde, ya casi al anochecer, en el pabellón entre torres residenciales del complejo de viviendas de protección oficial, un grupo de mujeres vestidas de verde y amarillo se reunirá para entonar cánticos agudos e hipnóticos en una lengua extraña incluso para muchos habitantes locales llamada hakka, mientras ensayan un baile que remeda el contoneo de las palas hendiendo el espejo infinito de las aguas. El Festival de las Barcas de Dragón se deslizará en el horizonte hacia esa línea difusa que marca el inicio oficial del verano. Leones, diosas, peces extraños, hijas de marineros trágicos de hermosura mítica en su palor virginal, ofrendas pudriéndose bajo el sol cada vez más inmisericorde del estío, historias compartidas en geografías diversas -la dureza de la vida y de la mar es universal-. Quizá en un futuro aciago los propios pescadores no sean más que una leyenda brumosa surcando un océano muerto, limoso, sin redes ya que lanzar, sin vida que perseguir y capturar. La diosa de los mares llorará entonces sumida en la oscuridad de un templo cuya función ya nadie podrá recordar.

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