Esos rostros. Por todas partes. En las calles, en el metro, en los pasillos fluorescentes de los centros comerciales. Denotan sufrimiento, resentimiento, repulsión. Odio. Algo patológico. Una enfermedad colectiva. Un daño asumido, absorbido, exacerbado. El prójimo como un enemigo, como una molestia. Es el precio a pagar por ser competitivo, mienten los que se benefician, rastreros, de estos bajos impulsos entrenados. No; es el lubricante de la injusticia, de la desigualdad, del abuso. Es el espejo fragmentado en el que nunca podremos vernos como seres completos, ni reconocernos colectivamente. Esos rostros que interpretan una sonrisa como una amenaza, la empatía como un signo de debilidad, la inocencia como un estadio de la estupidez. Rostros adustos, severos, despreciativos, casi sádicos. Rostros ajados y oscuros que imitan la putrefacción moral de los amos. Rostros serviles, quizá secretamente avergonzados de sí mismos. Rostros amargados, asustados de las risas francas y abiertas. Rostros enfermos, agotados, derrotados, pero en constante fricción con los estímulos visuales que los han moldeado durante años, sin descanso, en esas pantallas deletéreas, en esos muros cubiertos de lemas hueros y martilleantes, en esos desfiles de números deshumanizantes. Rostros sangrantes cuando revientan bajo los puños apretados del compañero en desgracia que no soporta más lo que le rodea. Rostros supurantes de bilis, de humores oscuros y relucientes que se mueven diríase que con vida propia. Rostros que cifran el Mal omnipresente, y sin embargo lo ocultan bajo una pátina de caridad mascullada. Tantos hombres apiñados aquí; y, pese a ello, tan difícil reconocer esa belleza indescifrable de la bondad humana.
Saturday, August 1, 2026
Subscribe to:
Posts (Atom)
