La sala de reuniones, amplia, refulgente, estilizada, había sido preparada de forma impecable. La larga mesa rectangular y las cómodas sillas giratorias de cuero estaban ya dispuestas para la llegada del panel de altos consejeros y asociados. Pequeñas botellas plásticas de agua extraída en las montañas de Fiji acompañaban cada asiento. Equidistantes del centro, marcando una partición invisible, dos cestas plateadas reposaban, repletas de frutas: plátanos, higos, uvas y bayas variadas. El encargado del catering en el edificio sonrió: con un poco de suerte, el derramamiento de sangre se podría evitar en esta ocasión. Estas reuniones de directores y ejecutivos, mal diseñadas, podían acabar siendo apocalípticas. El orden debía prevalecer sobre los instintos animales.
La secretaria encargada de ejercer de copista y transcribir la reunión se encogía temblorosa, sentada en un sillón bajo al que habían añadido una mesita ligeramente inferior, casi a la altura de sus rodillas, de forma que se veía obligada a inclinar su cuerpo hacia el frente para tomar notas o usar el pequeño ordenador portátil sobre la mesita, adoptando así una posición casi de ruego. Corrían rumores sobre la triste suerte de la secretaria en la última reunión general, y los esfuerzos por congelar la expresión en una sonrisa dócil y diligente se hacían obvios en el rostro de la presente. Si no fuera porque necesitaba el dinero...
Una algarabía descontrolada en la que se mezclaban chillidos estridentes con fuertes palmadas arrítmicas y pisotones retumbantes anunció la llegada del panel de directivos. El encargado tragó saliva, dirigió una mirada entre cómplice y compasiva a la secretaria, y se lanzó a abrir las puertas de la sala antes de que el ímpetu habitual de los participantes las echara abajo. Su intento, un tanto torpe y desmadejado, fue inútil. Las puertas se abrieron de par en par, y un tropel desordenado pero decidido de cuerpos voluminosos, duros, imponentes, le empujó a un lado mientras un zumbido ronco de gruñidos, jocosos unos y admonitorios muchos otros, envolvía imparable el lugar. Tras varios balanceos grotescos para evitar perder el equilibrio (la presencia de tan insignes miembros siempre causaba este efecto en los movimientos de los empleados), el fallido maestro de ceremonias pudo recuperar la verticalidad, y por ende una parte de la dignidad arrebatada. Pese al caos aparente de la entrada, todos se habían colocado ya en sus posiciones habituales, empujándose y golpeándose el pecho y la cabeza para hacerse notar. Alguno intentó subirse a la silla y empezar a girarla (práctica favorita de muchos durante los momentos de estancamiento y distensión en estas reuniones), pero un manotazo brutal en la mesa hizo que todos redujeran abruptamente sus soniquetes de vocales repetidas y dirigieran la mirada, con una solemnidad sorprendente, al centro de la mesa. El presidente, descomunal en su tamaño y en la longitud de sus brazos y hombros (contrastada con la pequeñez de una cabeza casi diríase que reptiliana, de no ser por el abundante cabello crespo y negro) había dado la señal de inicio para la sesión de hoy.
Pálido, haciendo un esfuerzo profundo para controlar el miedo que viajaba de sus tripas hacia su sistema excretor, el encargado intentó avizorar humilde un gesto del líder que le indicara la falta de necesidad de su presencia, para así poder dirigirse a la puerta y abandonar este lugar que ahora semejaba electrizado, hechizado, maldito. Los ojos fulgurantes e implacables del presidente recorrieron la sala lenta, pausadamente, asegurándose de que nadie se atrevía a sostenerle la mirada. Cuando se fijaron en la figura del hombre casi lloriqueante situado a varios metros de la entrada, sonrieron con delectación. Nada más placentero que la sumisión para quien personifica el poder en la tropa. Tras haberse asegurado de haber atravesado de miedo el cerebro de este ser insignificante, condescendió con un ligero gesto del cuello y un gruñido ininteligible a autorizar su partida. El encargado, embargado por olas crecientes de alivio, aumentó el gradiente de su reverencia, miró al suelo, y se encaminó hacia el pasillo. Mientras iniciaba los pasos hacia sus liberación temporal, sin embargo, cometió el error de levantar la vista y mirar al fondo del pasillo, donde el ascensor permanecía extrañamente abierto. En su interior, sentado en el suelo semi inconsciente, el ascensorista gemía y hacía vanos esfuerzos por levantarse. Su rostro y sus manos eran poco menos que una protuberancia deformada, púrpura, negra y roja, y pequeñas gotas de sangre caían en su destrozada camisa como las goteras tras la lluvia en un tejado semiderruido. "Mierda, otra vez" -pensó inmediatamente el encargado-, "A este paso no vamos a ser capaces de encontrar reemplazos para los botones en este puto edificio". De alguna forma, el disgusto se tradujo y escenificó en su cara por unos instantes, deslealtad intolerable, y el presidente pudo verlo antes de que el infeliz alcanzara las puertas. Con un chillido agudísimo y seco, señaló al hombre con su dedo índice. De forma inmediata, varios de los participantes en la reunión se abalanzaron sobre el pobre personaje, sujetándolo por los brazos y forzándole a darse la vuelta y encararse con un rictus de horror al grupo reunido. Las puertas se cerraron tras él sonoramente, y todos los presentes alrededor de la mesa comenzaron a expresarse en forma excitada y estridente, incluso golpeando sus sillas o el escaso mobiliario alrededor. La sesión acababa de iniciarse. Enmudecida y con los ojos desencajados, la secretaria escribía en su ordenador compulsiva, velozmente, incapaz de mirar a ninguna otra parte...

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