Monday, June 8, 2026

El/La arribista

-Yo, yo, yo. Primero yo, y luego, ya veremos. Lo que no me beneficia es malo, sin distinción. Y no me mires así, capullo irredento. Sé que, si estuvieras en mi lugar, harías lo mismo que yo. Exactamente lo mismo. Sencillamente te jode que yo esté en una posición de ventaja, ¿verdad? Algo habré hecho para ganármelo. Eso también son méritos, ¿o no? Soy libre de elegir mis amistades y preferencias. Exactamente igual que tú. Pero si tú no sabes lo que elijes, haya tú con las consecuencias de tus malas decisiones. ¿Qué le caigo bien a la jefa? ¿Y qué, es acaso culpa mía? Bueno, sí, quizá lo sea en buena medida. Jódete y aprende. Vete a la calle a criticar y mendigar. Yo hago lo que me da la gana y me meo en tus remilgos de pobre con hiper-conciencia de clase. Esto ha sido siempre así. Y siempre lo será, tonto de los cojones. En el fondo me caes un poco simpático, de tanta pena que me das. Una vez yo fui como tú, pero pasó el tren, yo me subí, tú no. Sencillo. Punto y final. Igual hasta un día de estos tengo un gesto condescendiente contigo y te suelto algún pequeño encargo como limosna, para que no digan que no soy generoso y sé perdonar. ¿Perdonar el qué? El que estés en medio de mi camino y no te apartes, caraculo. Gran error por tu parte. Aprende a leer los códigos no escritos, a hacer lo que hacen los demás, a no decir lo que piensas. A tener espíritu corporativo. Es bueno para la empresa. O no; pero mientras sea bueno para mí, el resto me da igual. Las jerarquías importan. Aquí y en todas partes; pero más aquí. Y, además, tan lejos de casa, si te empujo por el hueco de las escaleras, ¿quién me lo va a reprochar? Estúpido, que eres totalmente estúpido. Todo el mal que te venga te lo habrás ganado a pulso. ¿Por qué no puedes ser como el resto de la gente? ¿Por qué tienes que abrir la boca para quejarte y estropearlo todo? Ponte a la cola, agacha la cabeza y di que sí, y si eso te parece difícil, entonces di que no sabes nada, que no entiendes nada, que a ti mientras te lleven a comer menús de tres platos y te den palmaditas en el hombro en público te basta. Porque si no te basta, te quedaste sin nada. Gilipollas. ¿Quién te crees que eres: el bandido bueno del bosque que roba a los ricos y reparte entre los pobres; o el caballero blanco que salva a los desvalidos y recibe regalos del cielo? Hostias es lo que vas a recibir. Merecidas, por romper el orden establecido. Aquí se habla imitando a los jefes, y si se dirigen a ti les sonríes, aunque te quieras cagar en sus difuntos. Si llueve, un paraguas. Y el que no tenga, que se moje. Los que no entienden esto duran poco aquí. Pero a mí no me van a pillar en un renuncio, no me van a sacar en un falso movimiento. Haré lo que tengo que hacer para quedarme. Y, así, año a año, vamos subiendo escalones, hasta que un día…bueno, no me voy a emocionar. Control. Cinismo. No, bueno, solo control. La gente pasa y se va. Desaparece. La cuenta bancaria es lo único que permanece. Y yo quiero ese dinero para… ¿para qué? A veces se me olvida. Da igual, motivos sobran. Aprendes a olvidarte, a moldear el pasado, es algo de lo que estar orgulloso. Una habilidad laboral importante, ¿no?
-Sí, ya te lo he explicado varias veces. Resiliencia. Resistencia. Ductilidad. No se puede ser un buen empleado sin eso. 
-Eso es. Total, quién va a creer a esos muertos de hambre. Que nos crean mejor a los que todavía tenemos un contrato de trabajo, y la facultad de repartir unas migajas en forma de proyectos entre la patulea temporal. De hecho, he empezado a darme cuenta de que me voy olvidando poco a poco de episodios poco edificantes en la oficina, hay una bruma que los va como envolviendo y desdibujando, y eso me hace sentirme mejor. Tengo que preguntarle al director o a la jefa administrativa para poder recordar, y ellos me ayudan a recordar las cosas en una forma que me hace sentirme más liviano/-a, me aligera de…perdón, me hace sentirme mejor. Sí, así es. Qué bueno tener una familia en la que confiar dentro del trabajo, ¿eh? Porque ellos son buena gente. Por eso llevan tantos años en esa sección, ¿verdad? Son un ejemplo a seguir.
-Ya te lo he dicho, fíjate en los veteranos. Ellos te guiarán y te enseñarán las leyes ocultas de tu lugar de trabajo. Nunca les cuestiones. Jamás.
-Es cierto. Qué buen consejo. Muy útil. Gracias. Estas sesiones son de gran utilidad. Me ayudan a sentirme mejor. No sé por qué luego me vienen, de repente, esos ataques de angustia tan estúpidos. Y luego los sueños. Tan desagradables. Tiene que haber una forma de controlar eso.
-Las pastillas que te recomendé deberían haberte ayudado. Si vuelven esos sueños pesadillescos, dímelo y te recetaré otras diferentes. Hay un remedio químico para cada desajuste interno del empleado. No te preocupes. Estoy aquí para ayudarte a desechar tus dudas y fortalecerte como…persona.
-Genial. Porque últimamente he tenido estos sueños tan desasosegantes. Muy sádicos. Estoy ahí, en el borde de la piscina, empujando la cabeza de aquella empleada que no sabía nadar bajo el agua, y viendo indolente las grandes burbujas que su respiración desesperada bajo el agua produce, y las ondas tan hermosas que su pataleo frenético genera… hasta que todo queda en paz. Vacío. Ya está. No hay que preocuparse más. Se acabó la lucha. He vencido. No necesito seguir apretando esa cabeza bajo el agua. Ese/a no soy yo. O esa otra pesadilla recurrente de la carnicería en la que trabajo, con aquel imbécil que duró un par de años tan solo, pese a ser tan prometedor y brillante, criatura. Pero ahora tengo que despiezarlo, y se han olvidado de anestesiar a este animal con el que tengo que trabajar. Me toca a mí sujetarlo y descuartizarlo, y hay sangre por todos lados, y cuando llegamos al tórax siempre se le salen las tripas y se esparcen por toda la mesa de trabajo y por la sala. El coordinador jefe me grita que sea más rápido/-a, que sea implacable. Y yo miro a esa cara boba que todavía tiene vida y me observa con ojos desorbitados, con fluidos blancos y amarillos saliéndosele por la boca y las narices. La mirada me dice que no lo haga. Pero es mi trabajo, ¿no? Si tengo que hacerlo lo hago, y ya está. Alguien decidió que tenía que estar en esa mesa, y será por alguna buena razón. Qué se yo. Entonces levanto la macheta con toda la convicción que me es posible, y… ahí suelo despertarme con sudores fríos. Porque sé que esa persona del sueño no soy yo, que en la realidad yo no soy así. ¿O sí?
-Por supuesto que no eres tú. Y aún si lo fueras, ¿qué? Estás haciendo tu trabajo. Obedeciendo órdenes. Punto. No dejes que los sueños y sus fantasías debilitantes se te enquisten. Pasa página. Disfruta los privilegios que te has merecido y entierra el pasado, o el pasado te enterrará a ti.
-Es verdad. ¿A quién le importa el pasado? Lo importante es lo que he conseguido y dónde estoy. Nadie me va a discutir eso. Por la cuenta que les trae. O haré que acaben como los otros que se me pusieron delante para estorbar y perturbar. No consentiré que nadie me quite lo que me he esforzado tanto en construir. Mi posición. Mi estatus. Yo. Y a quien intente mancillarme sacando cadáveres pútridos del armario le vomitaré encima toda la furia que ya tengo entrenada. Los muertos, calladitos. Aquí no tienen derecho a lápida. Bueno, a alguno le lloro de vez en cuando en público, para que vean el corazón tan grande que tengo. Y si me preguntan qué pasó, me encojo de hombros. Así, ¿ves qué movimiento tan hermoso? Lenguaje corporal dominante, como tú me recomiendas siempre.
-Sí, eres un buen discípulo/-a. Llegarás lejos. No serás un mero coordinador/-a de sección por mucho tiempo, créeme. Recuerda: lo importante no es lo que eres, sino cómo te perciban los demás. Y cómo les hagas tratarte. Estímulo, recompensa y miedo. No lo olvides. Pero la última parte, siempre en privado. En público, todo sonrisas. Cómprales regalos a los que consideres tus subordinados: galletas, chocolates, pasteles…en realidad, eres una buena persona. No toleres que nadie diga lo contrario.
-Por supuesto. Haz que te admiren en público y te teman en privado. Lo justo; nada más. En el entramado de relaciones, que cada cual sepa donde le toca estar. A mí me tocó así, y anda que no tragué quina. Me merezco lo que tengo ahora. Los que vienen detrás, que aprendan a hacer méritos. Es el sistema, ¿no? ¿Quién sería tan estúpido/-a como para ponerlo en cuestión? Bueno, alguno hay. Pero, pobrecitos, se les acaba la cuerda rebelde rápido. Eso sí, que no me culpen a mí. Yo me limito a fluir con la corriente. Si no sabes nadar, o quieres ir contra corriente, te ahogas. No haberte tirado al río. Pero a mí no me cuestiones. Que si yo dije, que si hice, que si firmé, que si por mi culpa despidieron a… no, no, no. Si no te renovaron, sus razones tendrán arriba. Yo pasaba por allí. Las cosas no son como las cuentas tú, son como…ah, no, ¿qué estaba diciendo? Otra vez ese relámpago blanco dentro de la cabeza. No sé de dónde puede venir.
-Aprende a controlar la gesticulación. Pensamiento y cuerpo, impertérritos al unísono. Es como una empresa, un organismo complejo en el que todo tiene que funcionar del mismo modo. Esos espasmos que acabas de tener, te pueden delatar. Domina eso. Ataraxia.
-¿Qué acabo de qué? No soy consciente. Perdón. Realmente lo intento. Lo prometo. Yo sé que todos queréis ayudarme, que no hay ninguna razón para tener ningún remordimiento. Estoy seguro al cien por cien. De verdad. Es sólo que, a veces, por la noche, me despierto y… llevo años haciendo un gran esfuerzo, lo sabéis.
-Claro que lo sabemos. Y lo apreciamos. Por eso estás aquí hablando conmigo. Porque eres parte de la familia. No hay nada malo en ti. Has hecho siempre lo que debías, lo lógico. Que nadie te intente convencer de lo contrario. No eres una mala persona. Al contrario. Has aportado mucho a tu lugar de trabajo. Las oficinas tienen unas reglas de comportamiento diferentes al resto de la sociedad. Quien no lo sepa es un ingenuo. Se merece lo que le pase. Y tú te mereces todo lo bueno que tienes, y más que te vendrá. Seguro. Solo tienes que permanecer firme. De una pieza. Y negar cualquier acusación perversa. Es más, acúsales tú primero, para machacarles, para que no se atrevan a replicar siquiera. Demuestra tu convicción, tu poder. No hay nada malo en lo que haces. Cumplir órdenes, incluso adelantarse a su formulación para sorprender a tus superiores. No hay nada malo en eso. Al contrario, es algo bueno.
-Y entonces, ¿por qué me levanto llorando algunos días? ¿Por qué con frecuencia vomito antes de entrar al trabajo?
-Eso es culpa de todos los hijos de puta que te han querido hacer sentir culpable. En realidad, tú eres la víctima de sus visiones desequilibradas y sus neurosis. Arráncalos de tu pensamiento. Sepúltalos en el olvido para siempre. No existen ya. Solo existes tú, tu valía, y la nómina a fin de mes, tu recompensa. Te la mereces. Enhorabuena por ser uno de nosotros.
-Gracias. Gracias. Perdón por estas lágrimas. No es nada. Voy a controlarlo. Voy a ser más fuerte. Vais a estar orgullosos de mí. No me cuesta nada. En serio. Gracias. Estas sesiones contigo me hacen mucho bien.
-Lo sé, hijo/-a, lo sé. No te preocupes. Nos preocupamos por ti, ¿verdad? Ahora, voy a recetarte una caja más de las pastillas para dormir. Seguro que te ayudarán a poner fin a esos sueños ridículos. Confía en mí, soy un profesional. Estoy titulado. Sé muy bien lo que hago.
-Gracias por tu ayuda. Gracias por todo.
-Sí, lo sé. Se nos ha terminado el tiempo. Ahora tienes que irte para que pueda atender a la siguiente cita. Pero si tienes alguna recaída, algún cuadro de angustia, o necesitas más medicación, házmelo saber. Sabes dónde estoy. Adiós, hijo/-a.
-Adiós, adiós.
La puerta de la sala de consulta se cerró suavemente. El consejero se quedó solo en una semi penumbra agradable que hacía oscilar los contornos del mobiliario. La sonrisa franca, de oreja a oreja, se fue descomponiendo en una mueca entre despreciativa y hastiada. Su garganta empezó a sentirse como un estropajo apretujado. Aquí venía otra vez. Se acercó a un pequeño balde situado detrás de su mesa, oculto bajo los cajones laterales, y escupió sonora y trabajosamente un gran esputo amarillo fluorescente, mezclado con puntos rojos y un centro de costra negra, casi endurecida. Aguantó las arcadas, y volvió a pensar resignado: -Joder, algo me está comiendo por dentro. ¿Qué cojones puede ser? No sé, quizá es algo simplemente psicosomático. Igual debería buscar ayuda profesional.- Este pensamiento le produjo una hilaridad incontenible y, a la vez, triste. El producto fue una risa asquerosamente desencajada que rebotó sonora e hiriente por las paredes de la habitación. Después, permaneció el alivio del silencio.

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