Saturday, April 25, 2026

Escaleras mecánicas

 Escaleras mecánicas. Ese runrún interminable, zumbido industrial que te recuerda tu pequeñez dentro de las entrañas de esta ciudad-monstruo, así como tu obligación de caminar con celeridad. Siempre. Hasta que caigas muerto. Hasta que ya no seas productivo. Dentro de la invención eléctrica, espacio para dos por peldaño. ¿Para qué? Algunos te dirán que para tener un carril rápido, en el que multiplicar con nuestro propio impulso la velocidad y el "ahorro" de tiempo (¿puede realmente ahorrarse el tiempo?). Otros te dirán que para sujetar la mano a niños, ancianos quebradizos y parejas más o menos eventuales. Habrá quién diga que no hay necesidad de hacerse a un lado, y que el peldaño entero le pertenece por contractualidad social. Así que cuidado con los roces. El espacio es aquí un mendrugo de pan arrojado a famélicos perros callejeros. Ladra y enseña los colmillos primero, piensa después. Escaleras mecánicas. Semejantes a cadenas de montaje verticales; no extrañaría ver un tubo o cualquier otra herramienta apareciendo a los lados, irrigando, taladrando, manipulando esas manchas con un punto negro en la parte superior que asemejan seres humanos. Suspensión. Nada. Espacio entre puntos. Vacío. Niveles. Tránsito. El movimiento es la imagen de Dios en estos templos plastificados. Ascenso o descenso. Vida como triunfo o derrota. Derrota siempre, al cabo. Conflictos en escorzo. Alguien no quiere mover su maleta, la bolsa de la compra, un saco cargado de quién sabe qué baratijas... una madre o una abuela que se niegan a colocar a la pequeña criatura dentro de la fila. ¿Esperar es un pecado o una obligación? Una chaqueta enganchada en un garfio saliente, un anzuelo, un cortador mal empacado. Prisas por adelantar, cambiar de carril. Caminar también es un ejercicio difícil entre muchedumbres ansiosas. Erupciones de dramas que se difuminan bajo el empuje de los que vienen detrás, y que suelen ser síntomas de frustraciones diarias acumuladas, a veces, durante años o décadas. Cuántas viejas madres mencionadas en estos escalones de goma negra. Visiones ascendentes o descendentes: una promesa neblinosa de un paraíso entre barrotes de luz que siempre parece quedar varios pisos más arriba, inaccesible, burlón, escondido tras un techo que conduce a una azotea vertiginosa por la que no debes asomarte y mirar abajo jamás, pues escucharás inmediatamente el susurro del diablo. Una pendiente hacia el subsuelo, submundos extraños, quizá un infierno supurante de cucarachas que apenas dejarán huesos limpios y viscosos. Pendiente. Declive. Todo el mundo parece más relajado, incluso sonriente, en el proceso de ascenso. Meras ilusiones entre gélidos aires artificiales e hilos musicales enervantes. Y esa pesadilla recurrente del calzado enganchado en un borde defectuoso que hace del transporte una trituradora horripilante. Mutilaciones absurdas, horror urbano. Y, siempre, odio al prójimo, especialmente al que no se mueve. Una avería o un corte de luz nos hace a todos más humanos, más humildes. Nos ralentiza. Ya sabemos que no hay escaleras mecánicas en las urbanizaciones de viviendas de protección oficial. La electricidad no se inventó para los pobres, parecen decirnos por aquí. Unas piernas duras hacen un buen trabajador. Que dejen las escaleras propulsadas para la carne mullida e inodora de ricos y turistas. ¿Qué sería de esta ciudad sin escaleras mecánicas?

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