Friday, October 16, 2026

Oración a la bondad

 La maldad es natural, te dirán. Un instinto. Es un impulso primitivo, el del depredador que ha detectado a su presa. Pero es más, diferente; es el impulso de un estómago ahíto que no quiere sentirse satisfecho. Es el afán de crecer, de superar a los demás. Es el triunfo de las vísceras, las tripas como modelo de conducta. Es el animal que se ríe de la civilización y sus ínfulas alambicadas. Es una boca con dientes sucios masticando carne, sangre y saliva mezclándose. Esa sangre en exceso, innecesaria, que llega a las narices, a los ojos, al cerebro, que se desparrama por las aberturas del cuerpo y nos rebosa, como lo ha hecho durante miles de años antes. Sin importancia, porque no es nuestra. La maldad tiene límites claros y definidos, y fuera de ellos la oscuridad y el vacío lo cubren todo. No debemos preocuparnos entonces. Pero la maldad puede refinarse, entrenarse, volverse un objeto de veneración cultural; especialmente en tiempos decadentes. Puede disfrazarse de necesidad, de contradicción aparente. Puede volverse trampantojo o truco de prestidigitación que demanda el aplauso de una muchedumbre amorfa y desensibilizada. Puede oscilar hipnótica como las piernas del ahorcado, perfumando su hedor con la recompensa del ascenso social. Puede convertirse en objeto de estudio y examen; en argumento depravado, pero cubierto de afeites sugerentes. Puede ser un veneno legal, recomendado incluso bajo la mesa del doctor. Puede empapar una ciudad, y dejar que se mueran sus habitantes, mientras los altos cargos observan con desdén y ríen desde las almenas y azoteas de sus palacios y mansiones. Pero, puede ser objetivo perseguido, de forma metódica y compulsiva. Por eso sólo la bondad debe merecer el esfuerzo del cultivo y el reconocimiento. Por eso, sólo la bondad debe dejar de ser un misterio que nos azora para convertirse en una vía obligada de trascendencia. La maldad es una propiedad privada, necesitada de leyes y legisladores que la protejan. Pero la bondad es un bien común, un caldo colectivo que se consume con humildad, sin necesidad de dar gracias, sin absolución ni eucaristía, porque es todo esto en sí y mucho más. Sólo la bondad puede salvarnos, aún cuando la espada, el fuego y el látigo la dobleguen. Quede la maldad para los que ocultan su sarna moral en oropeles y llenan su vacío vital con el cadáver del prójimo. Que la cultura enferma y sus sicofantes no nos engañen, sólo las buenas acciones merecen levantar la vista y llevarnos la mano al corazón. Así sea.


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