Hoy, mientras viajaba en el metro, una familia con un pequeño desesperado y convulso ha entrado en mi vagón. El niño lloraba y gritaba con la desesperación obtusa que solo puede tener un infante, ignorante de sus posibilidades de éxito o consolación. A su alrededor, otros niños reían y jugaban esperando el fin del viaje. Solo la infancia puede resistir tal intensidad emocional, pasar de la tragedia al juego sin apenas transición, me ha dado por pensar. Volvernos adultos nos hace más frágiles porque nuestras expectativas ya están formadas, y de alguna forma intuimos y aceptamos las limitaciones de nuestro entorno. Sabemos de dónde venimos, y creemos tener una idea suficiente de nuestro destino. El pasado y el futuro nos empujan, a veces contradictoriamente. Pero los niños carecen de futuro porque carecen, al mismo tiempo, de pasado. Su conciencia en blanco es un presente total, despreocupado y feliz, al que no le pesan las consecuencias ni le abruman las perspectivas. Quizá ambos, pasado y futuro, van extendiéndose como un hilo de dos direcciones en la bovina de nuestra vida, de forma simultánea pero opuesta. Y cuando esa distancia, ese equilibrio inestable es excesivo, nos rompemos por necesidad, por una tensión insufrible, y caemos en el abismo insondable de un pasado que nos parece infinito, abrumador, pero que no es más que el alejamiento definitivo y final de ese hilo del futuro que se nos ha agotado.
Sunday, October 4, 2026
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