Yo, yo, yo, yo, yo. Sí, ¿y qué? Me da igual lo que digan. Al cabo, yo soy más popular, tengo más amigos/-as. Nadie va a creer a esos perdedores. Ya me encargaré de ello. ¿Es un defecto cuidar de uno mismo/-a? Vete a saber dónde está la frontera entre ser bueno/-a y dejar que te tomen por gilipollas, y que te quiten el queso, y las fresas, y hasta el plato y el cubierto. Esto me lo he ganado yo. Por mis meritos. Porque lo valgo. Y punto. Y estas mierdecillas humanas se creen que van a llegar de primeras y pueden decidir en lo que a mí me compete. Seguro. Mucha titulación, mucho mérito, mucha roña, eso es lo que tienen. Seguro que se duchan en cubículos donde la pera está encima del retrete. Por Dios, qué asco de gente y de maneras. Cuando lleven años sumergiéndose en una bañera con sales perfumadas como yo, así porque me apetece y nada más, que se atrevan a acercárseme y a abrir sus bocas apestosas y purulentas. Joder, creo que tengo algo en los dientes. Contrólate. No es nada. Le daría una hostia de buen grado a ese personaje impertinente, pero para qué voy a mancharme... ya se la darán por mí. Yo no sé dónde vamos a llegar, a lo que se atreven últimamente. Tengo que buscar a alguien con quien descargarme. A ver, quién está por aquí... bah, qué aburrido es todo esto; si no fuera por mí. Poco me agradecen todo lo que he hecho por este lugar. Tantos años trabajando aquí, tantas caras que han pasado sin dejar huella, y encima con malos gestos y reproches, que si yo tengo la culpa, que si yo hice, que si dije...yo qué sé. Me cago en todo lo que dije e hice, peor para ellos si me hicieron caso. Qué bueno. A veces me doy miedo a mí mismo/-a. Pero que sepan que yo no olvido. Faltaría más. Te regalo una sonrisa, qué pícaro/-a, ¿eh?, y aprieta el culo, que por donde menos te lo esperes te viene doblada. Tengo experiencia. Sé cómo mover los hilos. Joder, qué listo/-a soy. Me pongo a cien sólo de pensar en montarla otra vez, ¿por qué no? El morbo es divertido. Y a mí nunca me cojen con los pantalones bajados. Más quisieran. Hubo quien incluso lo intentó con una grabadora, o una mierda de esas. Como para hacérsela comer a patadas. Bueno/-a soy yo. Tengo la magia, el toque, el don de gentes, el carisma, el físico y a tu puta madre comiéndome de la mano. Así que agacha la cabeza y díme que no hay problema, por la cuenta que te trae. Y si no tienes nada bueno que decir, esfúmate de mi vista, subnormal. Los que dicen que soy una persona tóxica sólo hablan desde su envidia. Si estuvieran en mi lugar, harían exactamente lo mismo. Porque todos somos iguales, ¿verdad? ¿O es que tú te crees mejor? Insolentes e hipócritas. Ya les daré medicina de humildad, hasta que les salga por las narices y las orejas. Y más luego. ¿Sadismo? No, práctica. Funciona así. O eso, o no funciona. Así que nunca te bajes de tus trece, y si aflojas la mano, que sea únicamente para humillar. El olvido es de imprudentes, y el perdón de débiles. Qué poco duran esos en estos puestos. Pobrecitos. Como aquel...ay, mejor ni me acuerdo, si me da hasta pena...ja, ja, ja. Soy un pedazo de pan, en el fondo, todo corazón. Voy a comprar más chocolatinas y galletitas para la próxima reunión para reforzar este punto. Eso es. Bien pensado. Soy la leche, no se me escapa nada. Lagartijas. Me divierto cazándoos, viendoos corretear desquiciadas sin cola, animalitos aterrados. Eso sois para mí. Porque yo tengo la última palabra sobre vuestra existencia cuando cruzáis la puerta de este edificio. Y fuera también, claro. Para eso están los teléfonos. La voz, además, no deja pruebas. Me encanta. Si Maquiavelo hubiera sido escultor, me hubiera esculpido a mí. Lo importante no es convencer, sino que te den la razón. ¿Consecuencias? Bah, eso no existe. No importan. Mira qué bien vivo. Y de los que se fueron, nadie se acuerda en este círculo. Porque yo no lo permito. Lo que hay que recordar es otra cosa: mi cumpleaños, las cosas que me gustan, los chistes que me hacen reír, los problemas de mis hijos... porque aquí somos como una familia, ¿eh? Suerte que tenéis de trabajar con alguien como yo. Queredme y os querré de vuelta. Contrariadme y... vale, ya está. Creo que estoy listo/-a. No necesito seguir mirándome al espejo. Todo en orden. Mi orden. Maravilloso. Voy a darme un paseo por estos habitáculos de mi reino, a ver si encuentro algo con lo que entretenerme hasta media mañana. Para eso me pagan, ¿o no? Ostia, que cachondo/a soy, si hasta sentido del humor tengo. Yo tengo de todo. Y tú nada, piltrafilla. Como tiene que ser. Como lo digo yo. Yo, yo, yo, yo y yo...
Monday, October 19, 2026
Friday, October 16, 2026
Oración a la bondad
La maldad es natural, te dirán. Un instinto. Es un impulso primitivo, el del depredador que ha detectado a su presa. Pero es más, diferente; es el impulso de un estómago ahíto que no quiere sentirse satisfecho. Es el afán de crecer, de superar a los demás. Es el triunfo de las vísceras, las tripas como modelo de conducta. Es el animal que se ríe de la civilización y sus ínfulas alambicadas. Es una boca con dientes sucios masticando carne, sangre y saliva mezclándose. Esa sangre en exceso, innecesaria, que llega a las narices, a los ojos, al cerebro, que se desparrama por las aberturas del cuerpo y nos rebosa, como lo ha hecho durante miles de años antes. Sin importancia, porque no es nuestra. La maldad tiene límites claros y definidos, y fuera de ellos la oscuridad y el vacío lo cubren todo. Más allá del yo no existe el dolor. No debemos preocuparnos entonces. Incluso más obsceno, la maldad puede refinarse, entrenarse, volverse un objeto de veneración cultural; especialmente en tiempos decadentes. Puede disfrazarse de necesidad, de contradicción aparente. Puede volverse trampantojo o truco de prestidigitación que demanda el aplauso de una muchedumbre amorfa y desensibilizada. Puede oscilar hipnótica como las piernas del ahorcado, perfumando su hedor con la recompensa del ascenso social. Puede convertirse en objeto de estudio y examen; en argumento depravado, pero cubierto de afeites sugerentes. Puede ser un veneno legal, recomendado bajo la mesa del doctor. Puede empapar una ciudad, y dejar que se mueran sus habitantes, mientras los altos cargos observan con desdén y ríen desde las almenas y azoteas de sus palacios y mansiones. Peor, puede ser objetivo perseguido, de forma metódica y compulsiva. Por eso sólo la bondad debe merecer el esfuerzo del cultivo y el reconocimiento. Por eso, sólo la bondad debe dejar de ser un misterio que nos azora para convertirse en una vía obligada de trascendencia. La maldad es una propiedad privada, necesitada de leyes y legisladores que la protejan. Pero la bondad es un bien común, un caldo colectivo que se consume con humildad, sin necesidad de dar gracias, sin absolución ni eucaristía, porque es todo esto en sí y mucho más. Sólo la bondad puede salvarnos; aún cuando la espada, el fuego y el látigo la dobleguen. Quede la maldad para los que ocultan su sarna moral en oropeles y llenan su vacío vital con el cadáver del prójimo. Que la cultura enferma y sus sicofantes no nos engañen, sólo las buenas acciones merecen levantar la vista y llevarnos la mano al corazón. Así sea.
Sunday, October 4, 2026
La bovina y los hilos
Hoy, mientras viajaba en el metro, una familia con un pequeño desesperado y convulso ha entrado en mi vagón. El niño lloraba y gritaba con la desesperación obtusa que solo puede tener un infante, ignorante de sus posibilidades de éxito o consolación. A su alrededor, otros niños reían y jugaban esperando el fin del viaje. Solo la infancia puede resistir tal intensidad emocional, pasar de la tragedia al juego sin apenas transición, me ha dado por pensar. Volvernos adultos nos hace más frágiles porque nuestras expectativas ya están formadas, y de alguna forma intuimos y aceptamos las limitaciones de nuestro entorno. Sabemos de dónde venimos, y creemos tener una idea suficiente de nuestro destino. El pasado y el futuro nos empujan, a veces contradictoriamente. Pero los niños carecen de futuro porque carecen, al mismo tiempo, de pasado. Su conciencia en blanco es un presente total, despreocupado y feliz, al que no le pesan las consecuencias ni le abruman las perspectivas. Quizá ambos, pasado y futuro, van extendiéndose como un hilo de dos direcciones en la bovina de nuestra vida, de forma simultánea pero opuesta. Y cuando esa distancia, ese equilibrio inestable es excesivo, nos rompemos por necesidad, por una tensión insufrible, y caemos en el abismo insondable de un pasado que nos parece infinito, abrumador, pero que no es más que el alejamiento definitivo y final de ese hilo del futuro que se nos ha agotado.
