Esa abertura. Recuerdo obsesivo. Hueco magnético que es principio y fin en sí. Casi oculta, en la esquina derecha del patio central. Es tan fácil no saber que existe. Pero, una vez descubierta, la fascinación es insoportable. Columna superior dorada, y papeles de tinta amarilla sobre fondo rojo a los lados, cuatro caracteres recordando las bondades del corazón, o quizá advirtiendo de la cercanía del infierno a nuestro mundo. Ramajes y rocas abombadas anunciando el abandono casual. Y al otro lado, la nada, piedra escarpada y arbustos, caída al abismo de otra vida. Absurdo sin función. Quizá como nuestro existir. Un jeroglífico sencillo e imposible a la vez. Sería fácil cruzar el dintel...¿o no? La ausencia de suelo produce un vértigo demoníaco. Y eso, en la paz del templo, es inadmisible. ¿O quizá no tanto? Tras el pabellón central, las escaleras ascienden a un pequeño cementerio vertical. Si hubiera algún nexo o punto de unión, probablemente no estaría lejos de aquí. No puede ser casualidad. Cada fragmento del escaso espacio tiene una utilidad. La zona de descanso, liviana. El pabellón de la madre misericordiosa, raíz reconfortante. Las espirales colgantes de incienso, la respiración de los muertos en su ensoñación eterna. La estatua del sabio en el patio central, guardada por el inmenso árbol cuyo tronco se bifurca en dos direcciones. El tenderete de parafernalia funeraria, para que los que partieron no nos olviden, a nosotros que todavía vivimos entre brumas. El camino a los aposentos privados de las monjas celadoras, flanqueado de macetas con plantas hermosas, escondido en la parte trasera. El templo entero juega al escondite con nuestros sentidos, ya desde esas escaleras de entrada que mezclan la insignificancia y la solemnidad, y en las que un monje panzón y sonriente nos pregunta desde el suelo: "¿Para qué?". Incapaces de responder, la mayoría dejará unas cuantas monedas junto a su descascarillada figura. Ay, si supieran lo poco que le suele importar el dinero. Pero los óbolos, en todas partes, siempre los óbolos... Y ya en el interior, sorprendidos de que las casas del pueblo escondan silenciosas, cortinas cerradas, semejante estructura, encontramos esa puerta, atisbada justo cuando estábamos a punto de irnos. Su mera presencia nos ofende y angustia. Atravesarla es anatema. Es abandonar el cuerpo, traicionar las leyes de nuestra existencia. El castigo es casi inconcebible. Y sin embargo, la atracción, la tentación de hacerlo, se intensifica. ¿Será el acto en sí o su consecuencia lo que más debemos temer? Esas sombras al otro lado. Alguien tendrá que atreverse, tarde o temprano. O quizá no. Levanta la vista y observa esas torres inmensas al otro lado del río, viviendas de protección oficial, repetidas, onerosas, anti estéticas. La realidad, tu realidad, te llama. Es compacta, aplastante, demasiado grávida para alzar el vuelo. Sal del templo, vuelve a tu mundo y no quieras atisbar otros estadios de conciencia. Confórmate con la pobre simiente de ceniza que eres y serás.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

No comments:
Post a Comment