Tuesday, May 12, 2026

La Ciudad de la Violencia (XXVI)

 En los despachos grises pero centelleantes de la sección de Vigilancia y Castigos, la actividad era incesante. Nuevos y viejos miembros, altos cargos con charreras ostentosas y jóvenes recién trasladados ansiosos por aprender las numerosas normas no escritas, todos se afanaban, o fingían con ahínco hacerlo, en una danza macabra de funcionalidad administrativa teñida de sangre. Los informes debían producirse sin descanso. Las listas de sospechosos debían renovarse constantemente. Y las ejecuciones de culpables demandaban expedición inmediata. El movimiento lubricaba las convicciones y hacía de los chillidos de los torturados un himno purificador. El hedor a heces y carne abrasada que emanaba de los sótanos servía de recordatorio de la gran fortuna que acompañaba a los servidores de la Administración. Dudar era bajar peldaños en esa dirección, socavar el destino de una comunidad, de un pueblo. En los descansos entre turnos se recomendaba participar en desfiles o en lecturas colectivas del Gran Código Renovado de Buena Conducta. Una de las actividades más gozosas era la quema de panfletos subversivos en alguno de los patios interiores. Las pequeñas montañas de papel se transformaban en pavesas danzarinas, inocuas, mero reflejo del olvido al que el Poder condenaba a sus críticos. 

En esas estaba un pequeño grupo de funcionarios, viendo danzar las llamas alrededor de los libelos repugnantes, cuando un pequeño fragmento de papel socarrado voló hasta el tronco de un imberbe oficial en prácticas, amenazando el carácter impoluto de su uniforme:

-Señor, ¿dónde está la Ciudad de la Violencia de la que hablan estos planfletos? -preguntó el auxiliar-.

La alarma y la incredulidad empezó a dibujarse en las miradas de los allí presentes. Algo había mancillado la pureza del ritual exterminador; algo debía ser reparado con violencia suficiente, parecía decirles su instinto social largamente entrenado en años de educación selecta.

-Pobre idiota -pensó el supervisor-. Tendré que recomendar que le multen y le envíen a un centro de aislamiento y reeducación -y sonrió entre melancólico y exitado para sus adentros-.

Por su parte, el desdichado autor de la pregunta comenzaba a sudar copiosamente, a perder el color en su tez, y a intuir la magnitud de su error.

-Es necesario -continuaba ponderando silencioso el supervisor-. Debemos enseñar la imposibilidad de la duda y el respeto absoluto a nuestra tarea. El Camino es una línea recta pavimentada de huesos astillados, no hay otra manera. No debemos permitir jamás que la haya, o...


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