Sunday, January 18, 2026

La Ciudad de la Violencia (XXV)

El loco corría desgañitándose por la calle, y todos huían despavoridos de su dedo acusador. Este era un loco viejo, pero de demencia reciente. Toda su vida vivió de pequeños hurtos, estafas y coacciones, hasta que un día se lo llevaron a la comisaría y tardó más de lo habitual en volver de allí. Nadie sabe lo que pasó exactamente, pero, tras su retorno, el loco había perdido el habla, miraba constantemente a los lados, con miedo y furor animal, y se apretaba contra las paredes cuando la gente pasaba cerca de él. Su higiene se hizo aún más deficiente de lo que había sido, su figura era un muñeco desmañado y nervioso, de resortes invisibles, y sus balbuceos recordaban el brillo lóbrego de la senilidad. Nadie le dio demasiada importancia. Estos no eran tiempos de preguntar a los caídos en desgracia por la fuente de su sufrimiento, mucho menos de intentar aliviarlo. Lo que el Estado rompe, los ciudadanos no deben reconstruirlo.

Pere hete aquí que un día el loco cambió su actitud por completo; y de esconderse y huir de la gente en las calles, pasó a perseguir y encañonar con su dedo negro, roñoso, a quienes le rodeaban. ¿Por qué? No hubo quién diera una respuesta clara tampoco, estos eran tiempos turbios. Lo peor fue que la policía decidió que sería una manera ejemplarizante de impartir justicia y educar en sumisión si detuvieran y castigaran a todos aquellos a los que el loco se empeñara en señalar. Al fin y al cabo, nadie hay completamente inocente, de algo serían culpables, más tarde o más temprano. Las risotadas con las que las fuerzas de seguridad ejecutaban la captura de víctimas del dedo acusador comenzaron a resonar por todas las plazas y calles de los barrios populares. Y así nació la figura del loco que señala e insulta a los que deben ser aprehendidos y castigados, terror callejero de sus conciudadanos. Pero algo distinguía a este loco tan peligroso en su sinsentido de sadismo infantil: nunca, nunca apuntaba su dedo hacía los policías. ¿Casualidad? ¿Miedo? ¿Entrenamiento adecuado? Cuando algún infeliz le increpaba y se declaraba libre de culpa, y preguntaba por qué no señalaba más bien a los agentes del orden, entonces, el loco, en ese caso, siempre reía obscenamente y escupía al suelo. Los policías solían encogerse de hombros y cargar con el nuevo reo. Parte de su buen quehacer profesional era actuar y no juzgar. Hay quien dice que el loco estaba tomando venganza sobre sus congéneres, por haberle abandonado y aislado en el pasado. Otros mencionaban su naturaleza oscura y criminal, aún antes de perder el común raciocinio.  No faltó quién especulara sobre el carácter divino del dedo llagado y primitivo del ya no tan pobre diablo. Las autoridades consideraban el asunto innecesario de aclarado, y una flagrante falta de lealtad si se negaba la capacidad de este sujeto de detectar insurrectos y quintacolumnistas. En la Ciudad de la Violencia, los locos dictaban sentencia y los prudentes la acataban con fatalidad.


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